360 grados en Trg Republike

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T-R-G (plaza). Tres letras, tres consonantes que al pretender ser pronunciadas una detrás de otra sintetizan fielmente las dificultades con las que nos encontraremos si por alguna razón, más emocional que racional, decidimos que lo nuestro es el serbio. Uno ni tan solo está seguro de qué es realmente lo que estudia cuando cae en el molesto debate lingüístico sobre la torre de babel que surgió de las cenizas del serbo-croata, ahora llamado serbio, croata, bosnio o montenegrino en función de los intereses. Por suerte, mal que les pese a algunos acomplejados transeúntes cuando se entrometen en conversaciones privadas de inmigrantes ex yugoslavos residentes en la ciudad, los subdialectos principales ekavian (Serbia) e ijekavian (Croacia, Bosnia y Montenegro) han aprendido a difuminarse entre las ondas sonoras emitidas por los Yugo GV que, cual glóbulos rojos, circulan incansables por las arterias belgradenses.

Los datos objetivos parecen no acompañarme mientras abro mi ejemplar de Colloquial Serbian: The Complete Course for Beginners dedicado a estudiantes anglosajones, al que tuve que recurrir después de comprobar que encontrar uno para hispanohablantes sería más difícil que andar cien metros por la capital serbia sin encontrarse, otra vez, con Novak Djoković posando para un anuncio. Las poblaciones de los países donde el serbo-croata es idioma mayoritario suman aproximadamente 16 millones de personas, según los censos más recientes. Millones de personas poco rentables a ojos del tan admirado businessman occidental, conocido por exprimir el provecho a obtener después del esfuerzo monumental que supone adentrarse en tal filología. El mercado europeo sudoriental, aunque en tímido auge en los últimos años, no atrae a la Unión Europea para establecer negocios lícitos, por lo que en general, si no es que se vive allí, no existirá provecho ni profesional ni económico. Todo eso lo sabía ya cuando empecé a aprender los números mediante Youtube, no obstante el ímpetu del “quiero” llega mucho más lejos que la razón del “no debo” en estas tierras. Y con ese ímpetu, a veces catastrófico, pasé de la página 1 a la 297, de uvod (introducción) a kralj (fin), de la monotonía de la sala de estudio a la variedad de la Trg Republike de Belgrado, captada desde sus circulares bancos un atardecer de primavera cualquiera. Situación lo suficientemente autóctona como para que un pequeño eslavo, de pelo rubio y piel pálida, se siente a su lado para pedirle si quiere jugar al veo veo con él.

A primera vista uno puede pensar que la partida será muy aburrida, pues el tándem formado por arquitectura comunista y polución reduce el abanico cromático a las distintas tonalidades de grises. Sin embargo, la cantidad de colores visibles es proporcional a las ganas con las que se mire; una rápida vuelta sobre uno mismo, ojos a media altura, permite reconocer los elementos con los que entretenerse. Al local jovencillo ya ni le hace falta revolverse a mirar, pues cada tarde a esa hora encuentra a un compañero de juego u otro, mientras espera junto a su madre a que el padre de familia acabe su turno en el kiosk de la esquina.

Su objeto favorito queda claro después de escoger el primer color: crvena (rojo). A su corta edad, poco puede saber él del significado de semejante pigmento en la historia de su nación, y todavía menos en la memoria de la plaza. Por el contrario, ahora que empiezo a tener una mínima base cultural de la ciudad, cualquier palabra es suficiente para llenar mi mente de batallitas. Sé que si bien el nombre de la plaza nunca ha sido pintado de ningún color, a diferencia de la Plaza Roja de Moscú, el rojo es tan protagonista en este lugar como lo es en la bandera comunista o en la otomana. Precisamente de las ruinas de la Puerta de Stambol (a través de la cual pasó la carretera a Constantinopla desde 1739 hasta 1866, cuando las últimas tropas militares otomanas se retiraron) nació la entonces Plaza del Teatro. El responsable histórico de la recuperación de la ciudad por parte de los serbios, el príncipe Mihailo, preside la zona desde finales del siglo XIX subido a su caballo en una escultura de bronce enverdecido, convertida por los ciudadanos en meeting point municipal. Justo a su espalda se encuentra el también rojo edificio que acoge al Museo Nacional de Serbia, el cual mucha gente descubrió pocos meses atrás cuando fue retirado el andamio que lo cubría desde tiempos remotos. Hasta rojas eran las estrellas grabadas en las banderas yugoslavas que ondeaban en la plaza después de la victoria de los partisanos en la Segunda Guerra Mundial, en defensa del estado comunista.

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Mucho menos significativa, aunque mucho más visible, es la respuesta al acertijo. Tras hacerme el despistado señalando algunas flores rojizas, generando la aparición de risas infantiles, desvío la mirada hacia el viejo autobús del instituto de transfusiones sanguíneas, mayormente rojo por su parte exterior. Se encuentra detenido allí la mayoría de los días del año, como se hace en tantos otros lugares de Europa, en busca de captar a un reducido porcentaje de los miles de litros de sangre que caminan a diario por la plaza. Al oír la respuesta, el pequeño eslavo contesta con un “Jeste!” confirmando que es la correcta.

Es mi turno y temo que el paso de los años ha mermado la imaginación que poseía cuando me divertí por última vez con este juego. Me decido por bela boja (color blanco), despertando así un nuevo aluvión de conceptos. Pese a que el nombre de la capital serbia significa “Ciudad Blanca”, la denominación fue designada hace más de un milenio en referencia al pálido tono de los muros de la fortaleza de Kalemegdan, por mucho que pueda parecer en la actualidad que la referencia fue a los gigantescos bloques de pisos “comunistas” de Novi Beograd o al esplendoroso Templo de San Sava. De la misma forma, los dos edificios que encajonan al Museo Nacional toman este color justamente. Uno de ellos es el majestuoso Teatro Nacional construido en 1869, cuando la zona se asemejaba más a un prado que a una plaza. Inicialmente se levantó de estilo renacentista con La Scala de Milán como modelo, aunque varias restauraciones modificaron el diseño por completo. Su importancia en la plaza queda patente al comprobar que, durante gran parte de sus años de vida, hasta la llegada del comunismo, fue llamada Plaza del Teatro en lugar de Plaza de la República. Ópera, danza y representaciones teatrales conforman la oferta cultural de uno de los símbolos de la ciudad, que resistió en funcionamiento incluso durante las largas semanas de ataques aéreos en 1999. El otro inmueble, más moderno, no tiene gran peso específico comparado con los que tiene a su alrededor pero su ordenada estructura, con ventanas verticalmente alargadas, le permite actuar de fondo en numerosas instantáneas de turistas.

De hecho tampoco hacía falta levantar tanto la vista para dar con la respuesta acertada, algo que el astuto eslavo ha tenido presente en todo momento. No titubea para exclamar que el mismo banco sobre el que se encuentran es del color escogido y que por lo tanto debe de ser la solución, por lo que me veo obligado a asentir.

Justo en ese momento se nos acerca un hombre de mediana edad, expresión cansada y rasgos semejantes a los que uno podría suponerle al pequeño eslavo si este se convirtiera, con los años, en uno de los miles de valientes que sustentan a toda su familia en los suburbios de la ciudad. Al verle, el jovencillo se pone a correr en su dirección, mientras la mujer también se levanta y se junta con ellos. No me queda más que un fugaz “ćao”, y ese particular olor a Belgrado que rememoro cada vez que llego en avión, mezclado esta vez con un fuerte aroma a tabaco negro proveniente de los pulmones del quiosquero. Negro como el reflejo de la noche en las ventanas del edificio de prensa, el mayor de la plaza, la primera planta del cual absorbe una gran concentración de moderna juventud en el centro cultural Kulturni Centar Beograda. Negro, también, como las agujas del reloj que marca ya las siete y cinco de la tarde, desde la elevada posición que le da su metálica estructura. Y negro, por último, como el pavimento asfaltado que tengo que cruzar para llegar al otro lado de la calle, donde por apenas un euro me llevo mi palačinke (crepe) favorito, el dulce número 7, antes de ir a prepararme la maleta con la que vuelvo mañana a mi invariante vida de país avanzado.

Imágenes: W***, Nicola e Pina.

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Acerca de Marc Casanovas

Estudiante de Ingeniería Industrial en la UPC (ETSEIB).

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