Aquello de ser serbio en España y español en Serbia

Manila

Desde Belgrado me imagino a los españoles más pequeños y chillones de lo que realmente son; como esas jubiladas de metro y medio que se reúnen en las cafeterías a beber mosto y vermut, hablando de enfermedades que no han contraído y nietos que no han sido paridos. El silencio en España, al revés que en los Balcanes, parece ser incómodo. Los españoles devoran las palabras, los serbios saborean los silencios. Curiosamente nuestras digestiones duran lo mismo. Ambos acabamos por tener largas horas de sobremesa, como horas en el wáter cagando frustraciones. Sin embargo, los serbios son más listos en estos menesteres: sus cocinas no tienen horarios, tampoco nuestras digresiones. Nosotros, más relajados con el mundo que nos rodea, terminamos por darle menos importancia a todo lo que decimos con tal de que nos lo dejen seguir diciendo.

¿Cómo nos verán los serbios? ¿Será como yo los veo?, bajando eufóricos la cuenca del río Ibar en bañador gritando “¡Španjoooool!”; sentados en la terraza del restaurante Vuk levantándole la ceja al que viene fanfarrón de la diáspora; enseñándole en la pantalla del móvil las vacaciones en Rodas a la mejor amiga del colegio; o paseando en zapatillas de un lado a otro del korzo con un trozo de pizza en la boca. Son reflejos en un cristal demasiado grande, pero también demasiado plano, las rutinas del día, que se adhieren a nuestros parpados sin dejarnos ver la complejidad de las cosas. La torre de Genex ofrece toda una panorámica de Belgrado: ¿neoclásico serbio o brutalismo socialista? Los dos.

Los serbios miran con indecisión nuestros desayunos a base de azúcar, sin un buen trozo de pan, de kačamak, yogurt y tocino que llevarse a la boca; nos ven tirando servilletas al suelo, pisando huesos de aceituna, saltando de bar en bar sin saber cómo despedirnos de una vez por todas. Observan al camarero soltando alcohol sobre los hielos hasta que la saciedad del cliente dice basta, un dechado de excesos frente al vertido milimétrico y solemne de la rakija. Mientras tanto, las bellezas estilizadas con acento eslavo soliviantan al personal de la meseta bebiendo Coca-Cola y café al mismo tiempo. Los españoles no deberían viajar a Belgrado a tomar gin tonic, como los serbios no deberían viajar a España pensando en inyectarse cafeína en vena. Además de que ya no se fume, en un garito español no pasa nada diferente a lo que pasa en las kafanas. Bueno, que los españoles nos relacionamos de pie y los serbios lo hacen sentados. Es decir, todo es diferente.

España y Serbia digieren sus vida entre recuerdos. La cafetería Manila de Callao fue sustituida por una tienda de Benetton y la cafetería Ruski Car por la franquicia alemana Vapiano, como si dos poetas fueran expulsados a gritos de un plató de televisión por dos animadoras de los Lakers. Cuestión de imaginación. Los españoles para la picaresca, los serbios para las conspiraciones. Son ejercicios de testosterona histórica: una escritora serbia simpatizando con el franquismo porque mantuvo unido a España, un escritor español simpatizando con el socialismo autogestionado porque entonces se podía leer a Sartre. Envidiamos dictaduras ajenas, porque aquello que deseábamos para la nuestra lo tenía la otra. Unos aclaman el cine de Gracita Morales y otros la metralleta de Bata Živojinović, unos la vida de pandereta y otros el antifascismo autoritario y, al final, una nacionalista serbia venera la foto del Che Guevara, y un comunista español lleva la camiseta de Josep Broz Tito ¿Quién es el dictador con los testículos más grandes? Yo lo sé, profesora, yo, yo…

Y es que en esa confusión se cruzan los caracteres y la memoria de dos mundos que apenas se conocen, históricamente tan alejados, que las referencias parecen ser solo brigadistas internacionales y poco más (que es mucho). Ahora, sin embargo, los serbios y los españoles discuten por demostrar quién consiguió un vuelo más barato a España. Y en esa dinámica de tender puentes, el coleguilla de barrio de toda la vida se siente impaciente por presentar a dos serbios que no se conocen, sin que nadie le haya advertido antes que en los serbios entran en ignición más prejuicios que los que bullen entre hispanos y balcánicos: los difíciles equilibrios iniciales de ser de Belgrado o no serlo, de que le guste Bad Copy o Dj Shone, de celebrar la slava o no hacerlo, de haber estudiado en la Electrotécnica o en Megatrend, de ir a Exit o a Guča, de llevar un año en España o quince, de saber si en los años de la transición comía proja o vasina torta, y no vaya a ser que surjan asuntos delicados de la política de los años 90 cuando todavía no han llegado las patatas bravas a la mesa. Si los españoles meten las pezuñas en todos los platos, los serbios huelen el suyo propio antes de comérselo.

Los españoles y los serbios no tienen el mismo temperamento, ni falta que les hace a ninguno de los dos. Nada puede adelantar qué va a pasar cuando dos desconocidos se encuentran, porque la química surge entre personas y no entre naciones. Si surge la química antes es porque otros la han provocado, y eso es basarse en prejuicios. Las ideas que inspiran este texto también son prejuicios, aunque los asuma para mi desgracia como verdaderos. Una más de mis debilidades, incluso sabiendo que no hay dos personas iguales, como no hay dos naciones iguales. Lo natural es que los españoles se parezcan a aquellos con los que más convivieron, como los serbios se parecen a aquellos con los que más convivieron, aunque esta afirmación duela más en Serbia que en España —otro prejuicio—. En mi caso cada vez me parezco más a los que están junto a mí: que son los que son, en su mayoría serbios. De hecho cada vez me molestan más las personas que gritan, como también me molestan los que se quejan por no poder tomarse un buen gin tonic en Serbia. Lo de cambiar la cafetería Ruski Car por el Vapiano me sigue pareciendo una canallada, siendo español y viviendo en Serbia. Me consta que a otros serbios también les molesta. Sobre la desaparición de la cafetería Manila, decir que me lo contó un serbio que vive en Madrid. Mejor dicho, discúlpenme, me lo contó Saša, un buen amigo.

Imagen: Cafetería Manila (antiguoscafesdemadrid.blogspot.com)

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Acerca de Miguel Rodríguez Andreu

Editor de Balkania y autor de Anatomía serbia. Twitter: @miguelroan1

3 comentarios para “Aquello de ser serbio en España y español en Serbia

  1. Jose

    Cuando volví a Europa, no importa que fue a Francia primero y ahora en España el país donde nací, me di cuente que no era Frances ni tampoco Español. Realice que el ser humano se moldea al entorno en el que vivió y se convierte en un producto del dicho entorno, aunque no quiere decir que tenga mas orgullo ser Canadiense que Español, porque la verdad odio y me gustan cosas de los dos pueblos. Pero comparto contigo lo que interpreto de tus escritos que vivir y ser del pueblo que eres o te sientes esta bien pero dejar a un lado el nacionalismo que por lo menos a mi, me parece una enfermedad mental de la humanidad que un día acabara con todo nosotros!

    Un saludo desde 42°14′N 1°53′W

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  2. Ajvareño

    Enhorabuena por tu artículo Miguel. Completamente de acuerdo en todo.
    Frases muy buenas por cierto, en pocas palabras defines a la perfección ambos mundos.
    Te seguiré!

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