Azra Aksamija: “La diversidad puede ser el cimiento de grandes naciones”

aksamija

¿Pueden la arquitectura y el arte ayudar a unir culturas? Y si pueden… ¿Cómo se hace? “Creando espacios compartidos”. Esta es la respuesta de Azra Aksamija, artista nacida en Sarajevo y profesora de Arquitectura en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) que estos días expone parte de su obra en el mismo centro universitario con el título Solidarity Works: Politics of Cultural Memory.

La parte más relevante de su exposición y que, a su vez, resume su tesis es el cementerio musulmán construido en Altach (Austria), tres años atrás. La construcción responde a las peticiones de una comunidad musulmana que representa el 10% de la población en esta localidad austriaca. La edificación fue galardonada con el premio arquitectónico Aga Khan 2013, un galardón que sería como los Oscar de la arquitectura, según nos confiesa la artista.

La colaboración de Azra Aksamija se centró en el diseño de la sala de rezos y fue concebida como un espacio que habla “arquitecturalmente a varias culturas”. Una enorme cortina de tiras metálicas y piezas de madera artesanales, muy características de esta zona de Austria, tapan parcialmente un enorme ventanal que mira a La Meca. La artista describe la ventana como “una puerta al más allá” en la que según refleja el sol en la cortina, se pueden leer las palabras Alá y Mohamed.

Hasta aquí parecería un edificio que sacia las reivindicaciones musulmanas y poco más. Pero la arquitecta me obliga a detenerme en el valor de haber usado material autóctono -como las piezas artesanales de madera- como pretexto para integrar culturas en un mismo espacio. Este mezcla cultural se dio también en la construcción del cementerio ya que varias nacionalidades -no sin alguna aspereza, reconoce la autora- contribuyeron a la edificación de la totalidad del proyecto.

El resultado final es que la obra, según la arquitecta y artista, es de “inmenso interés” hasta el punto que mucho público acude al cementerio de Altach para conocer de cerca “la cultura musulmana, su historia, tradición y costumbres”. De este modo, se consigue crear un espacio compartido a través de la arquitectura. Ahora bien, la obra de esta artista y la integración de culturas se plasma también en otros campos.

Mientras paseamos por su obra, me ahorro debates sobre los símbolos que requiere cualquier comunidad para manifestar su identidad. El debate surge sólo… Primero de un modo algo cómico. Es el caso de su obra conocida como “Cultural Transfers” (2012). No son más que señales de tráfico originalmente modificadas para alertar de presencia musulmana. En lo que parece una señal de paso de cebra, si nos acercamos más, vemos un tipo arrodillado en lo que sería una plegaria sobre una alfombra. Otro caso es la señal de una fábrica en la que un minarete hace las veces de chimenea humeante.

cultural transfers

Esto es un poco la parte cómica del asunto, pero en un terreno más convencional y en el campo del diseño textil, la artista ha creado un vestido para mujer que aparentemente, no oculta nada más… pero si se desglosa pieza por pieza: falda y pantalón se transforman en una alfombra para rezar, un cuello vuelto se convierte en capucha y un collar completa la liturgia de la plegaria musulmana. Es lo que la autora llama “Nomadic Mosque” (2005) y permite llevar encima e improvisar un espacio de rezo en la rutina del día a día.

Una vuelta de tuerca se da a esto anterior con el “Dirndlmoschee” (2005). Esta pieza es también una mezquita móvil que se oculta entre las piezas de un vestido tradicional austriaco. De nuevo, alfombra, velo y collar hacen las veces de mezquita.

Dirndlmoschee

Como dice la artista, toda cultura “tiene derecho a mostrar sus símbolos siempre y cuando sean legítimos y estén reconocidos en el marco legal”. Además, toda sociedad tiene derecho a su libre expresión. “La democracia sólo funciona si se le da voz”, añade. Así, concibe la unión entre comunidades como una esfuerzo de ambas partes y se muestra muy crítica “con los inmigrantes que no quieren integrarse en su sociedad de acogida y con la sociedad dominante que asume que todo debe ser igual”.

En el fragor del debate, y tras pasar obviamente por la guerra de los Balcanes, la conversación lleva al ejemplo americano. Según la profesora del MIT, -a la que hago llegar tarde a su clase- “la diversidad puede ser el cimiento de grandes naciones como es el caso de los EE.UU. donde, por ejemplo, uno puede encontrar un restaurante de cada nacionalidad. Es espectacular. Este país está repleto de distintas etnias sin tener problema alguno de convivencia”, concluye. Con su permiso, me decanto por una sopa Campbell’s para comer.

Por último, la exposición de Azra Aksamija va acompañada de una serie de obras que cuestionan el patrimonio cultural. La artista denuncia que ningún gobierno puede hacerse poseedor de la cultura e historia de un país. En este sentido, me cita la campaña que lanzó el año pasado bajo el nombre de “Cultural Shutdown” y que consiguió involucrar a organizaciones de todo el mundo en protesta por el cierre de museos y centros culturales de Bosnia por motivos de presupuesto.

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Acerca de Carlos Betriu

Periodista freelance en Cambridge (MA - USA) que cubre ciencia y tecnología a partir de freaks, nerds y gente maja. Twitter: @nikotchan

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