Bosnia en furgoneta I: Hay esperanza para lo salvaje

Ilustración 1 Bienvenido a Bosnia (1)

Las no-normas

El policía bosnio continuaba pidiéndonos el seguro internacional de la furgoneta con gestos y alguna palabra suelta en inglés y francés. Nosotros, en inglés, intentábamos explicarle que no lo teníamos, pero que estábamos dispuestos a pagar uno allí mismo. En nuestra apresurada preparación del viaje, habíamos comprado mapas de carretera, libros sobre la zona, varias guías, sabíamos qué festivales de música se celebraban, pero… Se nos había escapado algo básico: Pedir la carta verde del seguro (necesaria para circular por Bosnia). En internet, donde todo tiene respuesta, habíamos leído que se podía pagar uno en la frontera con validez para la estancia en el país y que salía por unos 30 euros. Pero no parecía ser una opción para el policía que revisaba nuestra documentación. O no éramos capaces de explicárselo.

Tras comprender que no llevábamos seguro válido en Bosnia, el policía hizo una mueca indiferente, nos devolvió los pasaportes y nos hizo un gesto con la mano para que avanzáramos mientras nos despedía con un “no problem, bon voyage”.  Nos miramos dudando de que fuera una buena idea eso de circular sin carta verde por un país extranjero de idioma inabarcable. Pero, ¿quiénes éramos nosotros para llevar la contraria a la policía?

Entramos en el país por el norte, desde Croacia. Habíamos despertado en Zagreb y, apenas hora y media después, conducíamos por las serpenteantes carreteras del norte de Bosnia y Herzegovina (donde no hay autovías) deslizándonos entre montañas plagadas de árboles y de un verde que casi asustaba en medio del calor de julio. A nuestra derecha discurría el río Vrbas, uno de los muchos que saetean el país, abriendo zanjas, formando rápidos y creando lagos. El tráfico era escaso, el firme bueno y nosotros avanzábamos tranquilos, parando y admirando las imponentes vistas, preguntándonos cómo habíamos tardado tanto en conocer aquella maravilla natural.

La paz del paisaje sólo se veía interrumpida por las marcas de metralla que salpicaban las paredes de las pocas casas que encontramos en el camino. Las huellas de la guerra reciente relataban que nadie estuvo a salvo, ni siquiera construcciones aisladas, en mitad del bosque, lejos de cualquier núcleo urbano.

¿Inglés?, apenas. ¿Alfabeto latino?, depende.

Carteles en cirílico nos recordaban que estábamos en la zona serbia del país. Después del conflicto armado, mediante el Tratado de Dayton, el país quedó dividido en dos entidades “étnicamente limpias”, por un lado la República Srpska (mayoría serbia) y por otro la Federación de Bosnia y Herzegovina (mayoría bosnia musulmana y croata), a lo que se añadió una tercera zona neutra en el año 2000, el Distrito de Brcko. Hoy en día esa división administrativa es prácticamente invisible a ojos de un visitante, más allá de pequeños detalles como la señalización de las carreteras.

Sin embargo, la más pobre de las grandes federaciones de la antigua Yugoslavia no ha sido capaz de ocultar sus heridas para las visitas en las zonas que no recibieron fondos para ser reconstruidas tras la guerra. No dispone del empuje turístico de su vecina Croacia ni del poder industrial de Eslovenia, pero sueña con entrar en la Unión Europea, un objetivo que les ayuda a trabajar por la unificación total del país.

Bosnia es, también, un país más económico para el turismo que sus vecinos. La gasolina, la comida o el alojamiento son bastante más baratos que en Croacia, por ejemplo. El trato del extranjero con la gente también está menos contaminado por el ánimo de lucro de otros destinos más habituados al turismo. Empezando por el policía de la frontera, en nuestro trayecto por Bosnia, sobre todo en las zonas rurales, nos encontramos con una población extremadamente amable, curiosa ante el visitante y siempre dispuesta a ayudarnos a pesar de no hablar inglés casi nadie fuera de Sarajevo o Mostar. Los responsables de los establecimientos se esforzaban por explicarnos los platos escritos cirílico y nunca nos intentaron cobrar un marco de más, algo que hubiera sido fácil dado nuestro nulo conocimiento del idioma y el lío que supone cualquier cambio de moneda al principio. Bosnia es un país humilde que acoge al viajero con calidez y sin grandes fiestas. Ni eres el rey por llevar euros, ni eres tonto por no enterarte.

Su belleza inmediata nos cautivó, su historia reciente nos conmovió y, felices y cautos, avanzamos por sus carreteras dispuestos a conocer lo bueno y lo malo de una tierra que todo el mundo debería visitar para comprender mejor Europa.

Dormir frente a un lago

Tras un breve receso en Banja Luka para comer y acuciados por los cerca de 40 grados que caían sobre nuestras cabezas, decidimos dirigirnos directamente a los lagos de Pliva, con la intención de pasar la noche allí, refrescarnos y conocer uno de los puntos turísticos de la zona.

La región de Pliva, situada en la parte central del país está conformada por tres provincias y tres ríos que modelan su geografía. Las principales atracciones turísticas en esta zona son sus dos lagos y la fortaleza de Cejca, morada de los últimos reyes de Bosnia. Aunque la costumbre de los viajeros es hacer noche en la ciudad y, desde allí, realizar una excursión de 5 km hasta los lagos, nosotros lo hicimos al revés, más interesados en el paraje natural que prometían las fotos que habíamos visto que en la vieja fortaleza.

Pero los lagos resultaron ser algo distintos a lo que esperábamos…  Siguiendo las indicaciones, llegamos a una especie de parque en el lugar donde los dos lagos se unían. Estaba repleto de familias bosnias comiendo o pasando el rato entre las explanadas de césped y las orillas de una piscina artificial o pantano construido mediante una presa. El cemento asomaba a trozos entre la exuberante naturaleza y el costumbrismo campaba a sus anchas en un lugar, aparentemente, predilecto para los lugareños a la hora de pasar los días festivos.

ilustración 2Neveras llenas de cerveza, rakija, barbacoas, sillas para tomar el sol, caminos marcados y, en medio de todo aquello, los 20 molinos de agua que se han convertido en uno de los símbolos turísticos de la zona. Estos molinos datan de la Edad Media y están construidos sobre piedra, formando una barrera entre los dos lagos y aprovechando la corriente de agua que circula en ese tramo. En su origen, pertenecían a terratenientes que cedían su uso a familias de la zona a cambio de quedarse con el 10% del grano molido por éstas, en 2009 fueron restaurados y declarados patrimonio cultural de Bosnia y, en la actualidad, cinco de ellos son capaces de moler grano de nuevo.

No nos dimos por vencidos en nuestra búsqueda del paraíso natural prometido en cada nueva curva de la carretera y, volviendo por el camino que nos había llevado hasta el parque, no tardamos en encontrar un rincón tranquilo y apartado en el que estacionar nuestra casita rodante. Frente a la furgoneta, un embarcadero nos invitaba a asomarnos a aquella piscina natural rodeada de montañas verdes que se reflejaban en el agua. Un par de barcas viejas en la orilla cerraban una vista idílica donde decidimos plantar nuestro centro de operaciones en la región. Cenar en ese embarcadero, viendo atardecer sobre el lago, y abrir los ojos desde nuestra “habitación” para ver el paisaje, hundido en la niebla del amanecer, son dos instantáneas que convierten a ese lugar en uno de los mejores alojamientos en los que he estado. Eso sí, para bañarnos acudíamos a la zona artificial,  siguiendo las costumbres locales.

Ducharse en una cascada

Para volver a disfrutar de un lago, tuvimos que esperar hasta después de la visita obligada a Sarajevo y Mostar, dosis urbana de nuestro paseo por Bosnia, y fue en las cataratas de Kravice. Estas cataratas están bastante concurridas gracias a su situación geográfica, cerca de varias ciudades turísticas (Mostar, Medjugorje y Dubrovnik). No nos sorprendió, por tanto, encontrarnos con un lugar lleno de gente e infraestructuras para pasar el día. Había varios chiringuitos a la orilla del lago donde beber y comer, familias y más familias, caminos, puentes, incluso una zona de camping.

Ilustración 3

No nos animamos a emular a los bosnios en eso de ducharnos con jabón, así que pedimos un par de cervezas en uno de los bares y nos sentamos a ver cómo la espuma de los últimos bañistas se iba deslizando río abajo mientras la zona se vaciaba y los chiringuitos cerraban. Tan sólo teníamos que esperar nuestro momento para disfrutar de aquella maravilla natural y no teníamos prisa. Ese momento llegó al amanecer, tras pasar la noche allí. En la poza ya no quedaban restos de jabón, los bares aún no habían abierto, ni un coche en el aparcamiento, ni un turista a la vista y nosotros flotando en el lago helado, disfrutando del ruido del agua cayendo  desde 25 metros de altura y del olor a tierra mojada, empapándonos del verde Bosnia por última vez antes de partir hacia Croacia, esta vez por el sur.

Leer Bosnia en furgoneta II

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Acerca de Ámina Pallarès Calvi

Periodista y artista gráfica. Twitter: @aminapallares Tumblr: La Pallarès

8 comentarios para “Bosnia en furgoneta I: Hay esperanza para lo salvaje

  1. Javier Amador

    Cuántos recuerdos me ha despertado este artículo. Genial que haya gente apasionada por los Balcanes como yo. Tengo ganas de volver, seguramente este verano, a ser posible a Bosnia, que me tiene cautivado…aunque siempre quise ir a Albania, creo que puede ser interesante.

    Enhorabuena por el artículo!!

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    • Marija Jovanovska

      Hola Amina,

      Eres una artista!!! Me he gustado mucho tú artículo y tú manera de escribir y de contar cosas! Me he quedado con ganas de visitar Bosnia. Soy de Macedonia pero si te lo crees nunca he estado por allí. A lo mejor porque pensaba que es muy parecida a mi país. Y antes si que la tenía mas cerca. ahora me da un poco de envidia:-). pero es así. uno se tiene que venir de afuera para enseñarle a los que viven por allí que hay que apreciar las cosas que tienen. Ver las cosas de la perspectiva de un extranjero te hace a pensar y te ayuda de ver cosas que no sabías que estaban allí. espero que sigues viajando por los países Balcanes y que escribas mucho más artículos como este.
      Marija Jovanovska

      Responder
      • Ámina

        Gracias Marija! :-)
        Es bastante común eso de no conocer lo que tienes más cerca. A mí me pasa dentro de mi propio país ;-) Como lo tenemos más a mano, siempre pensamos que en cualquier momento podemos verlo…
        Y es cierto también eso de que la mirada de un extranjero hace que nos fijemos en cosas de que, por cotidianas, hemos ignorado. Por eso me gusta tanto conocer a gente de fuera. Me río mucho con las impresiones que se llevan de las costumbres españolas.

        Un abrazo!

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  2. Victor Rodriguez

    Buenas

    Quería comentar algo acerca de la ilustración de Un día de fiesta en los Lagos de Pliva.
    Soy español y vivo en Bosnia desde hace un tiempo, tengo familia y amigos bosnios ( muchos de ellos musulmanes) y ni yo ni ninguno de ellos ha visto a dos hombres de la mano nunca aquí, a todos les mostré la imagen y quedaron sorprendidos.
    El hecho de darse la mano no tiene que ver con la influencia otomana, es tradicional verlo en Arabia Saudí e India, quizás en algunos países más, pero desde luego que en Bosnia no.
    Eso que dices de los países musulmanes y influencia otomana…es muy…arriesgado.
    Enhorabuena por el articulo pero creo que la ilustración es un grave error.

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    • Ginés Alarcón

      Yo en Kosovo sí que he visto a hombres agarrados del brazo y en actitud más propia de parejas, paseando, y en la puerta de la mezquita, pero cogidos de la mano, no. Y solo lo he visto varias veces, pero no recuerdo cogidos de la mano. Y creo que está más relacionado con que provienen de un entorno rural que por ser musulmanes, aunque el origen sí pueda ser de influencia otomana. Si nadie dice lo contrario, podemos cambiar la ilustración de Ámina.

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    • Isa Leal

      Hola Víctor, yo también vivo en Bosnia y sí he visto a hombres del brazo, y también en Albania, por lo que al principio pensé, como Ámina, en la influencia oriental, otomana. Pero también los he visto en Croacia. ¿Será que lo de darse la mano o el brazo tiene que ver con costumbres de otros tiempos, más que con religiones? porque casi siempre son viejetes. Y si se da entre gente no tan mayor, puede ser un rollo “katunar” (palabra albanesa, despectiva, como “paleto” en español), o sea, que sea una costumbre viejuna para los de ciudad pero que en los pueblos (o entre la gente “de pueblo” que vive en la ciudad) todavía no se ha perdido.
      De todos modos, como dice la autora, su texto y su dibujo están basados en sus impresiones y en lo que vio, y en las impresiones no puede haber “graves errores”. Interpretar esas impresiones ya es otra cosa.

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  3. Ámina

    Hola Víctor,

    Ante todo gracias por la apreciación, viviendo en Bosnia conoces la cultura mucho mejor que yo seguro. Al ser una crónica de viajes, está basada en mis impresiones durante un breve paso por el país, por lo que es totalmente subjetiva y, por lo que veo, en este caso interpreté mal lo que vi (porque yo sí vi a hombres de la mano en los Lagos de Pliva).

    Hay multitud de países musulmanes donde no es raro que dos hombres se den la mano más allá de India o Arabia Saudí y Turquía es uno de ellos http://www.wittistanbul.com/magazine/turkish-customs-and-etiquette/. En otros aspectos sí percibí la influencia musulmana en Bosnia (una influencia que me encanta) e incluí éste dentro del saco, de manera errónea, según me comentas.

    Añadiré una matización en el texto de la ilustración para subsanar ese “grave error” y dejar claro que se trata de mi percepción, no quiero confundir a aquéllos que no conocen el país ;-)

    Gracias por la corrección!

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