Bosnia en furgoneta (II): Islam, historia, deporte y turismo de guerra

Puente de Mostar

Lo justo, después de hablar de la Bosnia más desconocida en un artículo anterior, es completar el relato de nuestro viaje con las ciudades más turísticas de esta joya balcánica: Sarajevo y Mostar. Estas dos paradas merecen un artículo aparte porque tienen poco que ver con la experiencia rural y porque, por sí solas, dan mucho de que escribir.

Asentada en el valle de Sarajevo y rodeada por los Alpes Dináricos la ciudad más poblada de Bosnia y Herzegovina late alargada a orillas del río Miljacka. La entrada a Sarajevo por carretera transcurre entre edificios grises cada vez más grandes, de porte comunista, algunos de ellos vacíos y muchos aún marcados por la guerra. En una emisora el locutor habla un idioma indescifrable, en otra suena una música árabe. Pasas al lado del famoso hotel Holiday Inn, hogar de los corresponsales durante el conflicto, y sigues avanzando hacia una Sarajevo cada vez más apretada, hasta llegar al puente Latino, donde asesinaron al Archiduque Francisco Fernando, y topar con su pasado austrohúngaro. Mientras, los minaretes agujerean el cielo y perfilan su horizonte. La ciudad, sin salir del coche, ya te explica mucho de su historia.

Llegamos a Sarajevo un día de julio en el que los termómetros superaban los 40 grados. Nuestro periplo por Bosnia coincidió con una ola de calor en toda Europa y la furgoneta, aunque es una gran aliada a la hora de pernoctar, no es tan buena a la hora de la siesta (con esas temperaturas). Así que a falta de lago, en la capital optamos por alojarnos en un hostal un par de noches para retomar fuerza, “civilizarnos” y disfrutar de la ciudad como dos turistas más.

Por suerte para nosotros, Sarajevo cuenta con bastantes opciones para turistas con presupuesto limitado, tanto a la hora de alojarse (30 euros una habitación doble, más barato si alquilas alguna de las habitaciones que ofrecen lugareños), como a la hora de comer (entre 5 y 8 euros dos personas) y beber (poco más de 1 euro la cerveza). Más complicado es lo de aparcar, en eso no difiere de otras capitales europeas.

Ciudad de cafés, minaretes y Sarajevsko

Nuestro hostal estaba cerca del antiguo barrio turco, Bascarsija, meollo turístico de la Sarajevo más exótica. Bascarsija es un embrollo de calles peatonales donde se mezclan pequeñas tiendas, cafés y restaurantes y donde se localizan algunos de los edificios religiosos más interesantes de la ciudad. Un paseo sin prisas por este barrio ayuda a acercarse a la Sarajevo con mayor influencia oriental y al Islam que se vive en Bosnia. Las mujeres musulmanas que llevan pañuelo se mezclan con las que no lo hacen (sean musulmanas o no), los restaurantes que no sirven alcohol se alternan con los que sí lo hacen mientras las campanas de iglesia y la llamada a la oración resuenan sobre el barullo de la gente en la calle. En el corazón de Europa hay Islam y es un Islam muy distinto al que tiene protagonismo en los medios.

Sarajevo siempre ha sido una ciudad famosa por unir oriente y occidente. Al lado del barrio otomano, la calle Fehadija, cerca de la catedral, ofrece una zona peatonal llena de terrazas y bares repletas de chicos y chicas bien enfundados en modelos (modelazos) donde casi te sientes mal por entrar sin tacones. La versión más occidental del destino y demasiado glamour para nosotros que siempre terminamos en el barrio turco, cenando en alguno de sus restaurantes de comida rápida o bebiendo una Sarajevsko (la rica cerveza local) en alguno de sus bares.

De los bares que visitamos aquellos días, me quedo con el Zlatna Ribica y con el Babylon (ambos aparecen en las guías, no son descubrimientos). El primero es un local lleno de espejos y cachivaches antiguos, con uno de los baños más divertidos que he visto nunca y con mesas cubiertas de cristal donde la gente deja billetes de su países o mensajes (yo dejé un dibujito que supongo que no estará ya). El Babylon es un barecito en el barrio otomano donde pinchan los clásicos del rock internacional y de la antigua Yugoslavia y donde los jóvenes tienen menos glamour (como nos gusta a nosotros). En las mesitas de fuera, con una cerveza, se está de escándalo en verano.

Ciudad Olímpica

Merece la pena darse un paseo hasta el Estadio Kosevo, campo del FK Sarajevo que acogió en 1984 la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno, los primeros de este tipo celebrados en un país socialista. Situado encima de un monte, el camino hasta allí discurre desde la mítica Plaza de las Palomas, en el barrio otomano, a través de empinadas cuestas y calles sin asfaltar donde se descubre otra Sarajevo, de humildes casas con tejados rojos.

En el estadio, un cartel con el zorro que fue mascota de las olimpiadas, sonriente, descolorido y tiroteado, simboliza el cruel destino de aquella Yugoslavia. En una torre cercana, los aros de colores envejecidos se mantienen firmes sobre el valle y, a su alrededor, varias extensiones de hierba están cubiertas de lápidas de mármol blanco.

tumbas sarajevoLas lápidas blancas de hecho son un elemento bastante frecuente en los paisajes bosnios y en especial en Sarajevo, unas con forma plana y otras con forma de obelisco, unas mirando a La Meca, otras con inscripciones en cirílico y otras en alfabeto latino. Cementerios improvisados de mayor o menor tamaño fueron creados para acoger a las numerosas víctimas de la guerra. Puede haber tumbas en un parque, en un claro al lado de la carretera o en grandes espacios como el que hay junto al estadio. Impacta acercarse a una de estas explanadas y observar una a una las inscripciones que atestiguan que todos tienen en común una cosa: los años de fallecimiento. Muchos de estos cementerios hoy son memoriales de paz, monumentos a la convivencia entre culturas fríos y ordenados.

Algunos de los niños que nacieron en los años inmediatamente posteriores a aquellas Olimpiadas defenderán, en 2014, la camiseta de la selección bosnia de fútbol, que jugará por primera vez un mundial. Treinta años después de las Olimpiadas, el deporte vuelve a dar relevancia internacional a Bosnia e ilusión a sus ciudadanos.

Ciudad castigada

Hay una parte complicada de ser turista en Bosnia y especialmente en Sarajevo y ésta reside en su historia reciente. Es imposible ignorarla (más si eres periodista), de hecho sería de mal gusto hacerlo, sin embargo vas siempre con el freno puesto, con cautela, intentando no traspasar la barrera que separa lo interesante de lo morboso y, sobre todo, no caer en la superficialidad con un drama humano que han vivido todos los bosnios con los que te estás cruzando en el camino. Hay una parte complicada de ser turista en Bosnia, precisamente porque su historia reciente es demasiado reciente para ser historia.

La multiculturalidad es una realidad en Sarajevo, eso no ha cambiado. Y hoy se esfuerza por mirar al futuro y seguir siéndolo, evitando enfatizar las diferencias étnicas que tanto dolor le han causado. Sin embargo, el turismo es una pieza importante en ese futuro y de algún modo está asumido que al visitante le interesa saber qué pasó allí. Por ello, es relativamente fácil encontrar a personas dispuestas a contarte su experiencia y algunas atracciones turísticas que te permiten acercarte algo a esa historia. Como el Túnel de la Esperanza.

Supimos de este museo mientras visitábamos otro, el Museo de Historia de Sarajevo. En la puerta un hombre de unos 40 años nos preguntó si queríamos que nos llevara hasta allí. Hablaba bien italiano, porque había estado viviendo en aquél país tras la guerra, y aseguraba que él mismo había pasado el túnel varias veces durante los años del asedio. Ahora se dedicaba a llevar y traer a turistas al Museo del Túnel mientras les contaba sus experiencias en primera persona. Cinco minutos después encontró a una familia que estaba interesada en sus servicios y se despidió amablemente de nosotros, explicándonos cómo ir en autobús.

Siguiendo las indicaciones de nuestro amigo, comenzamos nuestra excursión hasta la zona del aeropuerto, donde se ubica el Museo del Túnel. Había que coger un tranvía hasta la última parada y luego un bus amarillo hasta un lugar indefinido en una carretera y tomar un camino de tierra hasta dar con la casa. El Túnel de la Esperanza (también conocido como túnel humanitario o túnel de Sarajevo) es un pasadizo subterráneo de unos 800 metros excavado desde una casa cercana al aeropuerto y por debajo del mismo, que sirvió durante los años más duros de asedio de Sarajevo (el más largo de la historia) para unir el territorio cercado con la zona que aún permanecía bajo control bosnio. Hoy, esta casa se ha convertido en un museo sobre aquellos días, con un pequeño tramo de túnel aún en pie y documentos audiovisuales sobre su papel en la guerra y sobre los estragos de la misma en la capital de Bosnia.

Tras aquella impactante visita, volvimos al barrio turco y nos sentamos a tomar un café en la Plaza de las Palomas, observando el Sebilj, la fuente más famosa de la Sarajevo, y la vida de la ciudad. Niños asustando a las palomas, un anciano vendiendo frutos secos, un hombre con un abrigo de plumas (recordad que estábamos a más de 40 grados), abuelos que pasaban el rato y turistas haciéndose fotos junto a la fuente. Después del pequeño viaje al pasado que habíamos hecho, la normalidad de aquella plaza nos pareció lo más bonito de la ciudad y aquel café uno de nuestro mejores recuerdos de Sarajevo.

El viejo puente de Mostar

Tras dos noches en Sarajevo retomamos el camino con dirección Mostar, ciudad situada en Herzegovina, la parte croata de Bosnia y una de las más conocidas del país. Mostar podría ser la Florencia de Bosnia, sin tanto museo como la ciudad italiana pero con un puente igual de famoso e igualmente “vecchio”. Y con un buen número de turistas paseando por sus calles.

puente mostar 2No tardamos mucho en darnos cuenta de dónde estábamos, porque tan sólo aparcar se convirtió en una odisea en la que terminamos pagando cerca de 5 euros dejar el coche en un parking al aire libre, a las afueras del casco histórico, en el que un cartel dejaba bien claro que las furgonetas no podían pasar la noche allí. Con aquel cartel empujándonos a marcharnos, entramos en el paso absurdo de los cientos de turistas que recorrían las calles de esta mítica ciudad.

La cercanía a Dubrovnik hace que  sean muy común las excursiones de un solo día desde Croacia hasta Mostar para conocerla y volver. Gracias a esto, la ciudad comparte el boom turístico del país vecino y supone una incursión a una realidad muy distinta al resto de Bosnia. La parte medieval de la ciudad ha sido totalmente restaurada tras la guerra, también el Puente Viejo, derribado y reconstruido en varias ocasiones a lo largo de su historia.

Cruzar el Puente Viejo y pararse a ver cómo los jóvenes se lanzan al agua del río Neretva desde las rocas cercanas u observar esta construcción turca desde algunos de los puntos que ofrecen vistas de este histórico monumento, son dos de las cosas que harás seguro si visitas Mostar. No es fácil conseguir una foto de las vistas sin que se cuele alguna cabeza, pero hay que tomárselo con calma.

Otra de las actividades obligadas es la de pasear por las calles peatonales de la antigua ciudad otomana entre las pequeñas tiendas de artesanía y los restaurantes que te ofrecen sus menús. Entre los souvenirs de la ciudad,  casquillos de balas con caligrafías árabes talladas… el turismo de guerra tiene en Mostar una de sus mecas. Si su puente derruido se convirtió en una potente imagen-símbolo de los estragos del conflicto, hoy el turista que visita Mostar sigue asociando esta ciudad a la guerra que tantas veces la hizo protagonista de los telediarios. Además de comprar casquillos decorados, puedes visitar la antigua línea del frente o, simplemente, darte una vuelta por las afueras de la ciudad medieval, donde las huellas del conflicto persisten, esperando a ser tapadas o convertirse, definitivamente, en estampas contra el olvido.

gastronomia sarajevo
Y a pesar de la prisa y del agobio que supuso encontrarse en medio de aquel frenesí turístico, decidimos tomarnos un respiro y sentarnos a comer unas estofado de cebollas rellenas de carne (dolma) en la terraza de un restaurante pequeñito junto al río. Esas dolmas (y ese respiro) salvaron la ciudad y me hicieron comprender que tendría que volver a Mostar, ¡pero en temporada baja!

Desde ahí, huimos a las cascadas de Kravice y sus lagos y de vuelta a Croacia para cruzarla de sur a norte en nuestra vuelta a España.

Leer la primera parte: Bosnia en Furgoneta I: hay esperanza para lo salvaje

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Acerca de Ámina Pallarès Calvi

Periodista y artista gráfica. Twitter: @aminapallares Tumblr: La Pallarès

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