¿Cómo fue traducir a Faruk?

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Tengo la costumbre de detenerme sobre los textos en serbo-croata. Me fijo en las palabras que no entiendo sin importarme su significado, a veces, incluso, inventándomelo. Pienso qué otro significado podrían tener cada una de ellas, como si fuera el traductor al alemán de Tito, Ivan Ivanji, traduciendo al mariscal lo que le diera la gana. Y, simplemente, el interlocutor, por ser eso, el mariscal, asintiendo con la cabeza como un cobarde integral.

Una palabra que me gusta es šargarepa (zanahoria), que es de origen húngaro (“cola amarilla”). Es contradictoria: suena escurridiza, pero con dos “a”, y esa “š” inicial, sibilante, que contrasta con la “p” de la última sílaba, que suena a trompetazo. Se puede decir también “mrkva”, pero esta palabra no me gusta. Suena constreñida, retraida, y esa “a” al final parece más bien un desplante, pero nunca tan feo, en cualquier caso, como crujir palabras con los dientes: smrt (muerte), krv (sangre), trg (plaza), prst (dedo), krst (cruz), grm (arbusto), crv (gusano), crn (negro), tvrd (duro).

Un amigo acaba de leerse “las aguas tranquilas del una”. Me escribe para vernos en Skopje y, de paso, corregirme. Me felicitaba por la traducción pero me dice que recurro a la palabra “hoyada” en varias ocasiones, cuando la palabra adecuada sería “ensenada” o “poza”. Corrección apropiada. Y, sin embargo, sigo agarrándome a la palabra con las dos manos, tozudo: la incisión profunda en un martillo o en una pala para un horno de barro, lesiones probables después de la batalla, la firma personal en la esquina inferior izquierda del cuadro, rúbrica que emborrona el lienzo. La palabra hoyada: palabra de escritor serio, yugoslavo, cuartillas de papel arrugado alrededor de la papelera y una ventana abierta en el patio de un bloque de edificios. Mi palabra, yo, traductor. Mi ventana, en el barrio de Palilula de Belgrado. La de Faruk, en el barrio de Gorica, en Sarajevo.

Una noche de invierno en que Nataša me introdujo a la obra de Faruk, el libro cayó sobre mis manos como si fuera un autorretrato familiar envuelto en papel de embalaje. No leí el libro, sino que lo abrí: como dice Velibor Čolić, se me aparecieron las “luciérnagas de la memoria”, pequeños haces de luz que alumbran mis propias evocaciones balcánicas. Una referencia a Enjoy the Silence de Depeche Mode: banda idolatrada por toda la geografía balcánica; los mercados: mis sábados en búsqueda de arándanos y frambuesas en la plaza de Đeram; su abuela: las mil abuelas balcánicas en forma de vikendica, tardes de sobremesa en familia junto al río y el humo de la carne a brasa repeliendo mosquitos. Y, entre sus páginas, un holograma de literatura al aire libre: poeta de río y combatiente en los bosques, el culto al río Una, paisaje añorado, salir indemne del derrumbamiento de la casa yugoslava y de sus trincheras étnicas.

Hubo días sufridos, escuchando Wonderful life de Black en un bucle infinito, como Faruk en su infancia, días espesos, burocráticos, frente a la pantalla del ordenador, molicie delante del google, y el esfuerzo anodino de descifrar frases y párrafos, desorientado entre un enjambre de subordinadas y nombres de peces. Venga, repitan conmigo: rutilos, condostromas, timalos, lucio, barbo, hucho hucho… aquarium ribereño, aventurero explorador de la polisemia, y en estilo indirecto, porque Faruk, en su lirismo, le coge la matricula a la flora y a la fauna de Bosanska Krupa, reproduce conversaciones desde la orilla, entre juncos, con los cangrejos de ríos, y acompaña con la mirada los surcos de baba dejados por los caracoles, y la silueta de una sombra proyectada sobre una pared durante una tarde de verano en la casa de los abuelos.

El tiempo se suspendió, el pretérito imperfecto y el indefinido, la nostalgia y el suceso, la experiencia y el recuerdo, hipnósis bucólica frente a jirones de carne humana, las noches de tregua en el frente, las ruinas de una ciudad fuliginosa y cada una de las fantasias de escritor sobre la hierba mojada para neutralizar el olor a metralla. Y uno ambiciona cuando el teclado quema, sentarse a tomar cafe con Faruk, mientras vemos a la gente pasar por Ferhadija, Kneza Mihailova, Cankarijeva, Tkalčićeva o Kej 13 Noemvi. Uno ansía conversaciones íntimas con el escritor, que te descubra sus miserias y debilidades, seguirle hasta su refugio literario y que llegue la publicación del libro para que nuestra camadería sea como un vestuario de fútbol después de un ascenso.

El bosnio, traducido literalmente al español, es rígido, acartonado, rasga como la sierra en la madera. Me dijo el traductor de Ivo Andrić al gallego, Jairo Dorado: “Miguel, Faruk debe ser en castellano tan libre como en bosnio”, hasta que el Danubio desemboque en el Adriático, hasta que un bobsleigh recorrera de nuevo las pistas de Trebević, hasta que la comunidad sefardí vuelva a Monastir y se renueve el viejo cementerio aleman de Vukovar. Hasta que deje de traducir como si un funcionario de la UDBA escrutara cada una de mis sílabas, cada uno de mis sinónimos y cada una de mis cacofonías.

Y se dieron momentos en los que me sentí autor de la obra, ladrón de una biografía ajena, el gran impulso creativo y ese ánimo masturbatorio que impide detectar los propios errores al traductor, porque uno encuentra placer hasta en una undécima lectura del mismo libro: leerse a si mismo como una adolescente, perdiéndose entre los recovecos de su cuerpo, recorriendo las mismas curvas, ignorando en la culminación cicatrices y verrugas.

He llegado a pensar que el libro ocupó la pantalla de mi ordenador y mi habitación entera, y las conversaciones con mi familia, novia y amigos, y mis paseos por Ada Cigalija, que, incluso cambió el guión de dos de mis películas favoritas: Jagode u grlu y Bure Baruta, donde, igualmente, los splavs (restaurantes flotantes) acaban surcando el río sin ataduras, del mismo modo que en el libro la casa de la abuela de Faruk se precipitó hacia la corriente.

Su obra y mi traducción: una válvula de escape ante tanta presión contenida, la que uno siente en el pecho cuando se le descubren sus propias pasiones balcánicas y desea impacientemente verlas traducidas a su lengua materna, las que esconde una única palabra con un único significado, el mismo en castellano, las aguas tranquilas de un río: las aguas tranquilas del una.

Las aguas tranquilas del una
Editorial “La huerta grande”
Publicación: mayo de 2017

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Acerca de Miguel Rodríguez Andreu

Editor de Balkania y autor de Anatomía serbia. Twitter: @miguelroan1

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