¿Cómo (no) hay que escribir sobre los Balcanes?

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Siempre lamentaré que Fantasmas balcánicos fuera mi primer acercamiento a la región. Como quien se lamenta de haber perdido la virginidad de mala manera, pero con la contradicción de que no se guarda el consuelo de haberla perdido, pero sí el recuerdo odioso de rememorar con quién la has perdido. Y no porque la chica —el libro en este caso— no fuera aparentemente la más guapa y la más lista de la clase, sino porque el libro es un mal viaje, el que a base de esteroides parece inyectarte un monitor embadurnado de aceite de zanahoria: una dosis de sacerdotes, genocidas, prostitutas y antisemitas.

La “caldera de la historia” dice el autor estadounidense de Fantasmas balcánicos, Robert D. Kaplan, como si los Balcanes necesitaran de psicotrópicos para hacerlos irremisiblemente excitantes, como si los Balcanes significaran rebuscar en las basuras del noticiero de sucesos para escandalizar al lector. Porque la historia en los Balcanes, al revés de lo que nos propone Kaplan, no se para. Se escribe a través del pulso de la actualidad, que no está siempre cuarteada en filetes por manos obscenas que sujetan cuchillos afilados. En los Balcanes en realidad el gran incidente es el tedio, sin que no haya cierta épica en todo ello, como la nostalgia endémica en toda región, larga como una cola de visados: larga como estar una hora para recibir copia del documento del catastro; como el sopor del bar de la estación mientras se espera a que llegue el autobús con dirección a Kumanovo, o la paciencia de miles de espectadores en Ušće, mientras Madonna no se digna a comenzar su concierto. Ahora y también cuando Kaplan escribió su libro.

Cada uno debe escribir de lo que le dé la gana, incluso de los niños que se fuman a escondidas su primer Drina, porque en Banja Luka o Sarajevo no pasa nada del otro mundo. Si acaso, escribir de cómo la sensatez se torna irracional cuando te enamoras de una bosníaca, una serbia o una albanesa y la ves con otro coqueteando frente a una carnicería. Resulta que inspiración hay mucha, y no está toda concentrada en los campos de los mirlos en Kosovo, en lo abrupto del parque nacional de Tara, en las sugestiones imperialistas que provocan el Esplanade en Zagreb o en el cementerio de judíos en Sarajevo. En esos lugares cagan los perros, escupen los hooligans y un turista rumano estrena su cámara de fotos de última generación. No hay que darse importancia. Al común de los mortales que vivimos en los Balcanes no nos asaltan desconocidos cuando vamos a comprar el pan y nos dicen: – ¿Es usted el periodista americano? ¿Sabe que murieron 500.000 serbios en la Segunda Guerra Mundial? Escríbalo por favor.

Si escriben sobre los Balcanes fíense de sus sentidos y un poco menos de sus instintos, que, por lo general, nos traicionan vilmente, pero, por favor, a título personal, no digan que los Balcanes son un “crisol de culturas”, porque la periferia de París lo es más; no digan que la Primera Guerra Mundial la provocó Gavrilo Princip, porque entonces cada uno de nosotros podríamos empezar otra; no digan que Yugoslavia era un país artificial, porque lo son todos; no digan que los balcánicos son violentos si antes no salieron de fiesta después de una happy hour anglosajona; y no digan “a pesar de la guerra de los Balcanes”, “a pesar de los bombardeos de la OTAN”, “a pesar del genocidio de Jasenovac” o “a pesar de los odios étnicos” los Balcanes se dirigen a la UE, porque si los balcánicos no son retóricos, tampoco lo son sus pesares, como tampoco lo son los impulsos hormonales de un joven asustado en un mundo completamente distinto al de sus padres y, más, al de sus abuelos y tatarabuelos.

Detrás de cada hola y adiós no tiene por qué haber crímenes de sangre, intenciones retorcidas, o un pasado turbio, y, si lo hay, es el mismo que puede tener cualquier profesor de escuela pedófilo con banda ancha en el norte de Europa (-¡Pero si era un vecino encantador!). Sus ficciones pueden ser suficientemente inquietantes, que no necesitan de periodistas que escriban que todavía se escucha el sonido de los morteros y los gritos de las mujeres violadas. Siempre habrá algún anónimo local dispuesto a contarle a los extranjeros que los Balcanes significan “sangre y miel” y que en ese paraje todavía se escuchan los ruegos de 2000 niños asesinados por los nazis, pero, igualmente, que si te sientas en la esquina de un a mesa no te podrás casar, que si bebes de esa fuente volverás a ese lugar, que si te pica la nariz te enfadarás, que si dejas la mochila en el suelo te quedarás sin dinero, o que nunca des las gracias a alguien cuando te ofrezcan un medicamento porque entonces no surtirá efecto. En los Balcanes en verano hace calor y en infierno hace frío, la primavera es corta porque es sublime, y el otoño es largo para que tengamos todos alimentos en la despensa. A la gente le gusta hablar de comida y no le gusta hablar de la suciedad de sus cocinas, le gusta hablar de la belleza, pero, créanme, que a la mayoría no le gusta hablar con desconocidos de sexo y drogas duras. La gente es tan hospitalaria, como efusiva y reservada.

Aunque Kaplan se adentre en los misterios balcánicos con una munición cargada de sudores de entrepierna, aliento a alcohol barato y pestilencias en los aseos de un motel de carretera macedonio, la pobreza material y de espíritu en los Balcanes no es ni exótica ni mística, aunque lo quiera sugerir el autor, como si todo fuera una portada de National Geographic con un sacerdote ortodoxo con las uñas de los pies negras o un radical islámico apocado en un tranvía de Sarajevo. La sociedad y su catecismo cultural pueden condicionar a cualquiera, pero las cuevas del averno balcánico no están en su excentricidad, si no que están en la corrupción, la falta de oportunidades y las desigualdades, antes y, con más motivo, después de Yugoslavia. Ya se sabe que la miseria puede adoptar la forma de diablo cuando entra el hambre por la ventana, en Nuevo Belgrado, pero también en el Nuevo Bronx o en el Nuevo Kreuzberg.

No lean nada sobre los Balcanes que cite en vano a Rebecca West o a Ivo Andrić, como dudo mucho que ellos citarían a Kaplan de haberlo leído. Dense el lujo de que atrape sus sentidos la novedad… Báñense desnudos en el Neretva, fumen nargila en la Baščaršija de Sarajevo, escuchen tamburica en los alrededores de Novi Sad, beban rakija a la orilla del Danubio, pasen la noche con una o un desconocido junto al lago de Ohrid, fotografíen la isla de Sveti Stefan en bermudas de colores, impresiónense con los monasterios de Kosovo, o pasen las Navidades chisposos por Zagreb sin acordarse de quién y cómo… pero siempre sabiendo que eso no es normalmente lo que hace la gente por aquí. No se sientan culpables por ello, ellos lo disfrutan igualmente cuando pueden. Dejen que eso sea una oportunidad para la inspiración, para escribir la gran novela o el gran reportaje balcánico que está por escribirse. Y sepan otra cosa más: a ningún balcánico se le ocurrirá vender su virginidad, aunque siempre haya algún periodista occidental dispuesto a presumir de que la compró, de que se la vendió al gran público, y, además, que contribuyó a bombardear con su libro a los mismos que un día le abrieron las puertas de sus casas y le invitaron a café de puchero. Yo, en cambio, sí vendí la mía por la mísera cantidad de 832 pesetas (5 euros). Ahí está, cubriéndose de polvo en la librería. El peor polvo de todos, el primero de todos.

Dedicado estos días, con más razón que nunca, a todos los bosnios

Imagen: Parada de autobús en Novo Sarajevo (habeebee)
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Acerca de Miguel Rodríguez Andreu

Editor de Balkania y autor de Anatomía serbia. Twitter: @miguelroan1

12 comentarios para “¿Cómo (no) hay que escribir sobre los Balcanes?

  1. Javier Amador

    Es un gusto leer artículos sobre los Balcanes escritos por alguien que conoce bien la zona. Por desgracia muchos tópicos aún pesan sobre esta región

    Felicidades por el artículo!

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  2. Jairo

    Es un artículo excelente. A veces pienso que -continuando con las metáforas del autor del artículo y enlazando con otro artículo de esta publicación- los Balcanes no deberían ser vistos en el mundo de Tintín como su aventura El Cetro de Otokar porque son vistos tal cual África en Tintín en el Congo.

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    • Miguel Rodríguez Andreu

      Gracias Jairo. Desgraciadamente en los Balcanes resulta más fácil mitificar que desmitificar. Espero con ganas que publiques algo.

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  3. ester casas

    Muy bueno, me ha gustado mucho. Estoy harta de oir eso de que ls Primera guerra empezo en Sarajevo y que los Balcanes son una zona especialmente violenta.

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    • Miguel Rodríguez Andreu Autor del artículo

      Te entiendo, como si las grandes potencias no hubieran tenido ninguna responsabilidad. Se simplifica siempre en perjuicio del más débil.

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  4. aldana

    Hola Miguel!
    Muy interesante el artículo. Me gustaría pedirte que me rcomiendes algún libro para leer sobre la región. Soy profesora de geografía social, periodista y viajera. Tengo un blog de viajes y hace poco estuvimos en la región mucho menos tiempo del que pensábamos. Antes de empezar a escribir en mi blog tenía ganas de leer algún libro sobre la región y me habían recomendado este, pero ante este artículo dudo en comprarlo. Por eso, a lo.mejor podes sugerirme algún otro. Muchas gracias por tu tiempo y ayuda.
    Saludos
    aldana

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