Cosas que anoté en Sarajevo

Sarajevo

0. Pregunta retórica: ¿Qué animal nace como súbdito de un imperio, se casa en el seno de una monarquía, da a luz hijos que pertenecen a una dictadura fascista, envejece en un régimen comunista, tiene nietos bajo las bombas de otra guerra, y muere con un pasaporte que no siente como suyo?

1. Para llegar a Venecia hay que cruzar un puente; para llegar a Trieste hay que atravesar un túnel; para llegar a Split hay que serpentear por la cosa plagada de yates; para llegar a Mostar hay que bordear cementerios; para llegar, finalmente, a Sarajevo, hay que tener paciencia: durante varios kilómetros los polígonos industriales alternan con los cementerios urbanos, con las mezquitas que llaman a oración, con los centros comerciales… Llegar a Sarajevo es estar llegando. Y que la mirada no haga más que buscar impactos de mortero en las fachadas.

2. Quién habrá visto la muerte. Quién habrá ejecutado. Quien será huérfano o viudo. Quien habrá asesinado. O robado. O mentido para salvar la vida. Quién se habrá arrodillado. Quién se habrá arrastrado. Quién habrá violado, o habrá sido violado. Quién. Y sobre todo: quién soy yo para preguntarlo.

3. Cosas inquietantes que he visto en Sarajevo: postales de muertos en sábanas blancas o bolsas de plástico, en pleno entierro; Mi lucha de Hitler al lado de los últimos best-sellers; fotos de Tito, matrículas de “Sarajevo” y de “Tito”, periódicos viejos con Tito en portada, camisetas de Tito, documentales de Tito: titomanía en la ciudad en que Tito todavía tiene una avenida. En Alemania lo llaman “Ostalgie” (nostalgia del Este).

4. El ridículo discurso nacionalista (en el Museo de Historia de Bosnia y Herzegovina): resulta que Bosnia es un estado desde la Edad Media, que en 1463 “this development was interrupted with the penetration of the Ottoman forces” hasta que, al fin, en 1945, “after 480 years the reconstruction of the Bosnian statehood has been completed”. Un paréntesis de cinco siglos en un proceso “coherente” de presunta “construcción nacional”.

5. Me alegra comprobar que los niños no piden limosna en Sarajevo.

6. He entendido un poco mejor Sarajevo gracias al inteligente libro Sarajevo. Diario de un éxodo, de Dzevad Karahasan. La idea principal de su visión de la ciudad es que esta es dramática, en el sentido de que diferentes elementos dialogan, en tensión, en el seno de su perímetro urbano. Sarajevo, construida en un valle, está rodeada de montañas que la aíslan del mundo, “de manera que queda cerrada al exterior y volcada sobre sí misma”. No obstante, ese aislamiento con lo exterior no supone una cerrazón entre las partes que internamente la componen: los mahale o barrios diferenciados étnica o religiosamente, en esta segunda Jerusalén donde cristianos, judíos, musulmanes, ortodoxos, etc. han convivido con relativa armonía hasta hace muy poco, tienen su lugar de encuentro y diálogo en el centro deshabitable pero comercial, la Carsija, donde lo plurinacional y lo multiconfesional (herencia del imperio turco y del austro-húngaro) conversa, hace negocios, cierra tratos, intercambia ideas.

7. Karahasan encuentra metáforas ingeniosas del funcionamiento de la ciudad, por ejemplo en sus platos. Habla del dolma, “un picadillo de carne, arroz, especias y distintos tipos de verduras troceados que conforman una especie de relleno. Este relleno se introduce en un pimiento abierto al que se le ha quitado antes el rabo, una patata vaciada o una cebolla”, en el dolme, su plural, se juntan varios de estos vegetales rellenos cuyos ingredientes “tienen que conservar su sabor original. Juntos crean un sabor nuevo, ilimitadamente complejo”, en el conjunto de una “comida elaborada de modo dramático”.

8. El plato miniaturiza la ciudad. En ella, sin perder su identidad particular, cada credo, cada cultura, suma en la construcción de la cultura común, porque están acostumbrados a un contexto multipolar, en que cada otro es uno mismo y viceversa. Paseando por Sarajevo (después de probar la deliciosa dolma) he encontrado una buena imagen de esa dinámica social. En una plaza del centro, junto a varios puestos de libros, hay en el suelo un tablero de ajedrez gigante, donde los hombres juegan desde que amanece hasta altas horas de la noche, moviendo grandes piezas de plástico (que después guardan en un contenedor de metal). He visto decenas de partidas y todas destacan, a mis ojos “occidentales”, por el diálogo que se establece en ellas. Aunque el protagonismo recaiga en los dos jugadores, ocurre algo que es impensable en otros lugares del mundo: el público opina sobre las jugadas y, sobre todo cuando éstas son especialmente comprometidas, o cuando un jugador se equivoca escandalosamente, los espectadores gritan, comentan y hasta son capaces de invadir el terreno de juego y señalarle al jugador su error, la torre que va a perder, el jaque mate que no ha visto.

9. El ajedrez, charla de pareja, se convierte en una conversación multilateral, en una actividad social activa. Dramática.

10. Según la lógica desplegada por Karahasan en su libro, yo, en tanto que “occidental” y por tanto habitante de una región donde las fronteras no han cambiado en siglos, donde el “nosotros” siempre ha subordinado al recién llegado, al “otro”, donde no hay diálogo real, no puedo entender esa naturaleza dramática y multilateral de Sarajevo. Quiero creer que no es así. El libro fue escrito durante la guerra, cuando los países de la OTAN y el mundo en general no sólo no entendió nada sino que además hizo el ridículo en estas calles, ante el crimen que se estaba perpetrando. Cuando un libro nace de la indignación justa, hay que respetar incluso lo que no puedes entender.

Edición actual de las notas publicadas en agosto de 2007 en la web del autor
Imagen: Brian Eager

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Acerca de Jorge Carrión

Escritor, crítico cultural y profesor. Autor de Teleshakespeare (Errata Naturae, 2011) y Librerías (Anagrama, 2013). Web: jorgecarrion.com Twitter: @jorgecarrion21

6 comentarios para “Cosas que anoté en Sarajevo

  1. ariel

    Invertir el tiempo en esta lectura, es invertir en amplitud de miras, en observación y en reflexión sobre nuestra especie, sus recónditos lugares y cómo las circunstancias de sus habitantes en estos transforman una cultura e idiosincracia.

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  2. Jose

    Muy interesante si bien no comparto el punto 4. El Imperio Otomano como anteriormente el Romano fueron imperios económicos que controlaron las grandes ciudades, las vía de comunicación y los puertos. Recaudaron impuestos y favorecieron a los que aceptaron su religión. Sin embargo, en el campo y en la montaña el sentimiento identitario se conservó… En Serbia, en Croacia, en Bosnia, en Albania, en Macedonia, en Kosovo… y tengamos en cuenta que al ser la religión del imperio la musulmana, los sentimientos de nación y pertenencia en el caso de los bosnios se vieron seguramente erosionados aún en menor manera que los de otros grupos.. En cualquier caso la guerra de los Balcanes de los noventa fue una secuela de la II guerra mundial.. especialmente en el enfrentamiento Serbia-Croacia y las tortas a Bosnia fueron alimentandas y permitidas allende las fronteras de los Balcanes (léase Francia y su oposición a todo el mundo musulmán… seguramente avivada durante la segunda mitad del siglo XX por el pudiente exilio de rusos judíos en París y por el efecto colateral posterior a la guerra de Argel). Y la guerra de Kosovo es curiosamente y amén de los intereses económicos y geostratégicos de los USA en la región, es como digo la que replicó los sucesivos enfrentamientos que Serbia y Albania tuvieron antes d q los Otomanos les invadieran allá por el 1400… Así que el sentimiento existe, es palpable al menos en Albania y Serbia, y me atrevería o especular con que también en Bosnia.. Yo no lo consideraría ridículo.

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  3. Hajro

    Hay que tenerlos cuadrados -perdón por la expresión- para pasar unos días en Sarajevo y poder hacerse pasar por ser un experto. El punto 3 es descorazonador en un observardor que cree tener capacidad de observación. El punto 4 es presentado sin contexto: cuando las granadas caen sobre tu cabeza porque se te niega la existencia por aquellos que consideran que estaba ya allí… pero para entender bien ese museo debería leer las explicaciones en la lengua local, no la pésima traducción al inglés. Visión colonial se llama. El punto 5 es una vergüenza. En Sarajevo hay niños mendigando, desgraciadamente, pero eso no se ve en un fin de semana cultureta. Karahasan aparece en 3 de los siguientes puntos. En Sarajevo hay 300.000 personas no tan importantes como Karahasan. A esas no se les lee, se les intenta entender. Pero eso no es cool. No es cool hablar con el barrendero. Es cool citar a Karahasan. Ser cool parece ser la intención única de un artículo que pone al que esto escribe -ex-vecino de la mentada capital- con una sensación de vergüenza ajena.

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    • Ginés Alarcón

      Como editor te daré mi opinión al respecto. Cuando se publica un texto es porque nos interesa la opinión del autor, ya viva en el lugar un año o pase una tarde. Lo valioso es qué ha percibido y pensado una persona en unas circunstancias determinadas, las que sean.

      También opino que los comentarios son una gran oportunidad para que lectores críticos como tú expresen su opinión y enriquezcan el texto. Pero personalmente prefiero una invitación al debate más amable y no tan agresiva.

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      • Hajro --> Jairo Dorado Cadilla

        Estimado Ginés,

        en primer lugar mis disculpas si algunos de los términos y adjetivos empleados en la crítica al contenido de este artículo pueden resultar ofensivos. En ningún momento fue mi intención faltarle al respecto ni al autor ni mucho menos a la publicación en su conjunto.

        Dicho esto, permíteme disentir de tú opinión. Creo y soy del parecer que las opiniones y los pareceres de una persona o de otra son igual de respetables, sean más o menos válidas y soy un firme defensor de que todo el mundo tiene derecho a opinar del tema que le plazca. Sin embargo, no creo que la infomración y las circunstancias en las que se emiten opiniones y juicios de valores no deban ser tenidas en consideración.

        Como indico en mi comentario, como ex vecino de Sarajevo -desde donde escribo estas líneas, por cierto- sí considero molestas algunas afirmaciones recogidas en el artículo porque son generalizaciones que afectan a todo un colectivo y a la visión que del mismo se tenga por un público amplio y que son emitidas desde una visión sesgada, no en lo ideológico pero sí en lo temporal. Desde está publicación que tú editas se evita hablar de política, actitud esta que entiendo y comparto. Si se tiene tantos reparos a permitir temas peliagudos y que sin contextualización adecuada, diversidad de pareceres y respecto entre los opinadores son sin duda una caja de pandora, me gustaría que también se tuviese en cuenta las circunstancias con las que se emiten juicios de valores. Me parece que los de Jorge Carrión son errados por falta de conocimiento… pero el que sea inocente que tire la primera piedra.

        Lo que si me parece que no tiene justificación ni defensa es el tono empleado en el artículo: condesciente a la par que presuntuoso, presentando una realidad que desonoce profundamente (en mi sincera opinión) con una seguridad que es dolorosa para todos aquellos que regularmente leemos esta revista porque consideramos que trata una zona a la que estamos vinculados rompiendo la mediocridad habitual con la que nos inundan los medios generalistas.

        Como curiosidad -para ver hasta que punto Jorge Carrión entra con este artículo en dos ubicaciones que conozco, ya que en la actualidad soy residente en Berlín- una reflexión: la comparación entre la nostalgia sarajevita por Tito (parcial por cierto) o incluso por la yugonostalgia con la Ostalgie alemana demuestra que desconoce ambas realidades pero se permite opinar al respecto.

        Como lector me indigna (repito, indigna) y me hace sentir mal que un texto así aparezca en esta web y muestro mi desacuerdo. Respeto las opiniones de Jorge Carrión pero no las comparto.

        Pido, finalmente y una vez más, disculpas por el tono de mi mensaje anterior: venía de leer y opinar sobre su artículo de Danilo Kis -donde hay también una frase en mi parecer indignante- y sinceramente la decepción de leerlos seguidos me perdió. Debería haberme guardado mi parecer para mi mismo… pero cuando uno está enamorado de una(s) cultura(s) y lugares hasta tal punto que dedica su vida profesional y peronal a ellas, ve limitada su capacidad de hacer de tripas corazón. Imperdonable en cualquier caso.

        Atentamente,

        Jairo Dorado Cadilla
        Traductor de Andric, Kis, Albahari…

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