El día que Dinamo y Steaua danzaron bajo la nieve

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En la última película de Corneliu Porumboiu, él y su padre, empresario y antiguo árbitro internacional, conversan sobre lo divino y lo humano mientras analizan un histórico derbi bucarestino disputado cuando el régimen de Ceaușescu estaba a punto de caer. ¿Nuevo ejercicio de esnobismo en el cine rumano, o ejemplo evidente de arriesgada creación artística?

El 3 de diciembre de 1988, apenas un año antes de la debacle de Ceaușescu, Adrian Porumboiu, un árbitro de 38 años, saltaba tres veces al terreno de juego del Stadionul Dinamo de Bucarest, minutos antes de que los dos equipos con más renombre del país, el Dinamo y el Steaua se batieran en una nueva cita del clásico del fútbol rumano. Las gradas estaban repletas de ateridos pero fieles seguidores de las dos escuadras, apelotonados, con sus paraguas, resistiendo la increíble nevada que, desde hacía varias horas, azotaba la capital. Ése, y no otro, era el motivo por el que Adrian revisaba, una y otra vez, tanto el estado del terreno de juego, como la visibilidad. “Si desde el centro del campo distingo ambas porterías, no hay problema”, pensó. Y, pese a que un tremendo y tupido manto blanco cubría el césped, y el cielo escupía nieve sin cesar, aquel árbitro, sobre cuyos hombros pesaba una increíble responsabilidad (no ya la de mediar entre Steaua y Dinamo, sino también la de suspender, o no, ese encuentro), aquel colegiado preocupado, pero seguro de sí mismo, podía distinguirlas. Habría clásico. Habría Marele Derby.

“Adelante, pues”, sentenció Porumboiu a los delegados y capitanes de ambos equipos, y, en pocos minutos, todos ellos pisaban, bajo cero, un terreno de juego que no lo era. El doloroso helor traspasaba la piel y los músculos de los jugadores hasta abrazar sus huesos. Ellos, a punto de comenzar el encuentro, saltaban, no paraban de moverse. El Dinamo vestía de blanco, y el Steaua, de rojo. Tras el descanso, eso sí, los primeros decidían cambiar su equipación y, en la segunda parte, regresarían al campo con unas camisetas azules.

Las alineaciones

Por los primeros formaban Stelea, Mihăescu, Varga, Rednic, Lupescu, Andone (capitán), Vaişcovici, Sabău, Cămătaru, Mateuţ y Lupu. Todos ellos bajo la batuta de Mircea Lucescu y Florin Cheran. El buen hacer del Steaua, en aquellos años, uno de los equipos más temidos de Europa, era cosa, por entonces, de Anghel Iordănescu y Dumitru Dumitriu. Aquel día habían optado por alinear, de salida, a Lung, Dan Petrescu, Ungureanu, Iovan, Stoica (capitán), Belodedici, Lăcătuş, Ilie Dumitrescu, Piţurcă, Hagi y Rotariu. Efecivamente, el Steaua seguía manteniendo buena parte de la base de aquel equipo que, apenas un año y pico antes (el 7 de mayo del 86), había conquistado la Copa de Europa en el Sánchez Pizjuán frente al FC Barcelona de Venables. Sí, Duckadam, aquel portero que atajó todos los lanzamientos azulgranas en aquella endemoniada tanda de penalti, el “Héroe de Sevilla”, ya no figuraba bajo los palos, pero Iovan, Belodedici, Lăcătuş, Piţurcă, y el propio Iordanescu (ahora técnico, entonces, segundo entrenador y jugador), seguían comandando una escuadra que se había nutrido de savia nueva. Como Gheorghi Hagi, el joven delantero que, fichado poco antes de su disputa, marcó el gol que, en febrero del 87, había dado la Supercopa de Europa a los bucarestinos, en encuentro disputado frente al Dinamo de Kiev. Ese mismo Steaua que, en los años siguientes, seguiría militando en la élite del fútbol europeo al disputar una semifinal en la temporada 87-88, y otra final en la 88-89, en la que fue machacado (4-0) por el Milan de Sacchi y sus Tassotti, Maldini, Rijkaard, Ancelotti, Gullit, Van Basten y compañía, frente a los que los rumanos apenas pudieron hacer poco más que verlas venir.

Las presiones

Pero regresemos a aquella jornada 15 de la Divizia A, y a aquel terreno de juego nevado. Como solía ocurrir en estos casos, al bueno de Adrian, un hombre íntegro, sereno y con pocos secretos para ser utilizados en su contra, representantes de ambos equipos habían tratado de presionarle para que su juicio beneficiara a uno y otro. Todo el mundo sabía que el Dinamo estaba considerada la entidad deportiva con más solera de la temida policía secreta del régimen dictatorial, la Securitate. Por si esto fuera poco, el ejército y el propio Ceaușescu vivían por y para el Steaua (su hijo Valentín era considerado presidente de honor del club). Todo un drama familiar, teniendo en cuenta que todos los rumores apuntaban a que la temida mujer de Nicolae, Elena, comulgaba (permítasenos la expresión) con la filosofía del Dinamo. Por eso, aquel derbi siempre tenía un sabor especial, un morbo adicional. El decente Adrian, decíamos, había acudido a las altas instancias deportivas del país para denunciar esas presiones. No iba a admitir injerencia alguna, pese a que sabía que, siempre que tenían que pitar algún encuentro, al menos uno de sus asistentes era un informador del régimen.

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Así pues, aquella gélida tarde de diciembre de 1988, tras el pitido inicial de Porumboiu, el Adidas Tango amarillo comenzó a rodar, y los Petrescu, Lupu, Belodedici y Rotariu, a resbalar por aquella pista de patinaje. En pocos minutos, aquel lienzo blanco se fue llenando de trazos marrones en forma de pisadas y rayajos. Posiblemente, algún avanzado estratega moderno del balompié presente en las gradas pensaría que se hallaba ante una rudimentaria pero efectiva forma de analizar en qué partes del terreno de juego se disputaban con más intensidad la pelota ambas escuadras.

Ejercicio deportivo-artístico

Damos ahora un salto en el tiempo. Nos situamos un cuarto de siglo después, justo en nuestros días. Hace varios lustros que aquel árbitro dejó de pisar los estadios de fútbol como profesional. Su hijo, aquel entonces un chaval, llamado Corneliu, se ha convertido en uno de los pilares del bautizado como Nuevo Cine Rumano.

Mediada la primera década del 2000 había dirigido 12:08, al este de Bucarest (A fost sau n-a fost?, 2006), un tragicómico relato de una tertulia de viejas glorias de la revolución de 1989 en una cutre televisión local. Una pintoresca revisión de las sensaciones que invadieron a buena parte de los habitantes de Rumanía aquel 22 de diciembre, después de que al Conducător Ceaușescu le reventara la masa aquel mitin multitudinario, y, comprobando que sus más de dos décadas de dictadura llegaban a su fin, y en compañía de su esposa Elena, iniciara una rocambolesca huida culminada con una patética y dantesca escena final en la que ambos, tras juicio sumarísimo, acabaron acribillados, mientras sus compatriotas, paralizados por el frío y agolpados frente al televisor, no acababan de creerse que el largo invierno bajo el manto de Nicolae daba paso a una primavera repleta de incertidumbres, nuevas libertades, pero, también, ventajistas y chaqueteros de tres al cuarto.

Aquel filme cosechó innumerables menciones y reconocimientos, entre ellos, la Caméra d’Or del Festival de Cannes (2006), y se convirtió en uno de los pilares básicos de la edad de oro de esa provechosa, fructífera y multipremiada avalancha que, iniciado el siglo XXI, compuso aquel Nuevo Cine Rumano, basado en la austeridad formal, los tiempos muertos y un realismo social peculiarmente brindado, ya fuese a través de un particular sentido del humor, o mediante un pasmoso y paralizante dramatismo.

En poco tiempo, eventos cinematográficos y filmotecas de medio planeta se peleaban por proyectar las cintas de aquellos singulares realizadores que acabaron copando titulares y palmarés de los medios y festivales con más solera. Que se lo pregunten, si no, a Cristian Mungiu (su 4 meses, 3 semanas y 2 días se alzó con la Palma de Oro en 2007), Cristi Puiu (aquella mágica La muerte del señor Lazarescu, que conquistó Cannes en 2005), Radu Muntean (El papel será azul, de 2006), Cristian Nemescu (su California Dreamin también avasalló en Cannes, en 2007, a los pocos meses de fallecer su director en un accidente de tráfico), Radu Jude (la obsesiva Toată lumea din familia noastră, de 2012), Cătălin Mitulescu (de nuevo, triunfando en Cannes, tanto en formato corto, con Traffic, como largo, con Cómo celebré el fin del mundo), Călin Peter Netzer (uno de los últimos héroes, que se alzó con el Oso de Oro de Berlín, en 2013, con Poziţia Copilului) o el propio Porumboiu que, en 2009, volvería a tocar el cielo (Premio del Jurado en Un Certain Regard) en el siempre receptivo Festival de Cannes con Policía, adjetivo.

Cita en Berlín

Ahora, Corneliu había decidido que su próximo proyecto, que sería bautizado con el título de The Second Game (Al doilea joc), iba a dar una nueva vuelta de tuerca a su filmografía. La idea era, para muchos absurda; para otros, atrevida y original: Durante poco más de hora y media, sobre la pantalla tan sólo iba a aparecer la retransmisión de aquel Dinamo-Steaua, íntegra, como la emitió, en su momento, la televisión estatal. Visualmente, nada más. Punto. El meollo de la cuestión se trasladaba a la narración-diálogo-entrevista de lo allí acontecido, en off, por parte del propio Corneliu y su padre, el colegiado Adrian.

The Second Game fue presentada en la última edición de la Berlinale. Sus pases colgaron el “no hay billetes”. Centenares de rumanos emigrados a Alemania, y otros tantos berlineses, distribuidores, periodistas y demás profesionales querían asistir a aquel curioso espectáculo en el que un insistente hijo trata de sonsacar a su impertérrito padre, toda la información posible sobre aquel momento histórico, sobre asuntos de Estado, pero también sobre el día a día de aquella abnegada población. De esta manera, aquel partido acaba convirtiéndose en la excusa, y la cinta deviene, largos momentos de silencio, aparte (técnicas narrativas, lo llaman), un certero repaso a una época, repleta de anécdotas y patéticos detalles que, hoy en día, provocan hilaridad. Como cuando, en varios momentos del partido, y tras un encontronazo entre jugadores, se organiza una tangana y el realizador opta por pinchar aquella cámara que enfoca, ora, al inmóvil público, ora, aquellos árboles desnudos. “En aquella época, no podías mostrar malos deportistas”.

No es éste el único momento tragicómico que nos desvela Adrian. Con una parsimonia pasmosa también subraya que la mayoría de equipos de la liga rumana no eran más que “satélites” de Steaua y Dinamo. Que, curiosamente, cuando se enfrentaban a ellos, el resultado casi siempre era de 2-0 a favor de los grandes y que, de esta manera, las Ligas siempre acababan disputándoselas los protegidos del Ministerio de Interior y el Ejército. “Bueno, el Tg. Mureş era un poco más honesto: una vez ganó al Steaua, del que era satélite. Ese partido lo arbitré yo”, afirma orgulloso un Adrian resignado ante las trampas balompédicas del régimen. Las mismas que, en la temporada 86-87, hicieron que le fuera otorgada la Bota de Oro al jugador del Dinamo Rodion Cămătaru que, sorprendentemente, en los últimos 6 partidos de Liga, logró materializar 20 goles hasta alcanzar la mágica cifra de 44 dianas. En 1990, el preciado trofeo se le fue retirado, después de hacerse público lo que todo el mundo sabía: que allí hubo de todo menos juego limpio. Con unos años de retraso, el galardón fue a parar a su justo merecedor: Anton Polster.

Incluso el propio Corneliu, consciente de la filosofía del filme, reserva unos minutos para reírse de sí mismo y del Nuevo Cine Rumano cuando, a medida que trascurre el partido y allí no ocurre nada de nada, pregunta a su padre: “¿Crees que este partido es como una de mis películas? Se hace largo y no sucede nada”. La broma de Corneliu no es gratuita. Un sector de la crítica y de los amantes del cine, incluso parte de la población local, siempre ha mostrado una actitud tremendamente agresiva y poco receptiva hacia esta corriente cinematográfica, descalificándola, menospreciándola y considerándola fofa, aburrida y poco más que un ejercicio de esnobismo apoyado por festivales y ciertos gurús del universo del celuloide.

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Corneliu Porimboiu (Cin7ma.net)

Mientras tanto, el propio Adrian permanece ajeno a todos estos debates trascendentales, y no es consciente de que, en aquel momento, está participando en la gestación de la próxima cinta de su hijo. “¿A quién le interesa este partido? ¿Hay alguien que pueda mostrar interés por esto?”. “Ya veremos”, responde Corneliu.

Fútbol es fútbol

Al final, entre discusiones sobre si en aquella época no se llevaba la ley de la ventaja, sobre si Rumanía nunca ha vuelto a ver una generación de futbolistas como aquellos, sobre cuántas cámaras se encargaban de cubrir aquel tipo de evento, sobre si Mateuţ era pequeño, pero tenía la boca muy grade, sobre si ver caer la nieve tiene algo de poético, sobre si este o aquel jugador murió joven (“Dios acoja su alma”), o sobre si Dinamo era más agresivo y Steaua, más técnico, transcurren aquellos 90 minutos reglamentados, en los cuales la salvaje nevada no ha conferido un minuto de tregua. Justo hasta que el joven Adrian mira su cronómetro y señala el final del encuentro. Sobre la pantalla desfilan los marcadores definitivos de aquella jornada liguera. El “U” Cluj ha ganado, 2-1, al SC Bacău, el Mureş ha acabado perdiendo con el Flacăra Moreni. “Bravo, viejo. Has pitado bien”.

Por cierto, no sabemos si han llegado a preguntarse cuál fue el resultado final de aquel Dinamo-Steaua. De todas maneras, ¿a quién le importa, no?

Una generación de oro balcánico

Muchas de las 15.000 personas que calentaban las frías gradas del Stadionul Dinamo aquella tarde no eran conscientes de que se encontraban ante una de las mejores hornadas de futbolistas que ha dado el deporte rumano en toda su historia. Muchos de ellos, en cuestión de pocos años, y tras la caída del comunismo, comenzarían a formar parte de las plantillas de los clubes más importantes del mundo.

Uno de ellos, el más conocido por la afición valenciana, es Miodrag Belodedici. Tras lograr varias ligas y copas con el Steaua, y alzarse con la Copa de Europa del 86 y la Supercopa siguiente, en el 88 apeló a sus raíces serbias para escapar de Rumanía y pedir asilo político en Yugoslavia, mientras en Bucarest era acusado de traición a la patria. Allí pasó a formar parte del mejor Estrella Roja de la historia; el mismo que, el 29 de mayo de 1991 consiguió la máxima corona europea frente al Olympique de Marsella de unos Amoros, Abédi Pelé y Papin que, frente a unos casi imberbes Jugović, Mihajlović, Savićević, Prosinečki, Pančev (y el propio Belodedici), poco tuvieron que hacer. Todavía tendría tiempo nuestro protagonista para conquistar la Copa Intercontinental con la escuadra belgradense. Considerado, por entonces, el mejor central de Europa, el Valencia CF daba la campanada anunciando su fichaje en el 92. A partir de aquí, aquella sombra de lo que fue Miodrag deambuló por el club de Mestalla para, después, pasar por Valladolid, Villarreal (en 2ª) y Atlante de México, para después regresar al Steaua, donde todavía tuvo tiempo de conquistar una copa y una liga.

De aquel Steaua también tuvimos la suerte de admirar el buen hacer de incontestables como Petrescu (que brilló en el Chelsea de la segunda mitad de los 90), el gran Marius Lăcătuș (estrella del mejor Oviedo, tras haber pasado por la Fiorentina), Ilie Dumitrescu (Tottenham, Sevilla, West Ham…), Rotariu (Galatasaray), y, sobre todo, el mítico Gica Hagi, uno de los mejores centrocampistas europeos de las últimas décadas que, tras pasar por Real Madrid y FC Barcelona, volvió a tocar la gloria europea en el Galatasaray al conseguir una UEFA y una Supercopa de Europa (precisamente, frente al Madrid de Raúl, en el año 2000). Lung, el portero del Steaua, por cierto, llegó a militar en el Logroñés de la Liga española.

Por lo que respecta a aquel Dinamo, de él emigraron a otros equipos europeos de identidad jugadores como Ioan Lupescu (Bayer Leverkusen y Borussia Mönchengladbach alemanes), el capitán Andone (pasó por el Elche para, después, acabar en el Heerenveen), Sabău (Feyenoord y Brescia), y Lupu probó suerte en la liga griega. En cuanto a las dos Botas de Oro del equipo, la fallida, Cămătaru, pasó por el Charleroi y, también, el Heerenveen, mientras que la bestia Mateuţ militó en el Zaragoza. El cancerbero de la escuadra, Stelea, defendió la portería del Mallorca y del Salamanca.

Por otra parte, el propio técnico del Steaua, Anghel Iordănescu, como hemos avanzado, ganó la Copa de Europa con este club (como jugador y segundo entrenador) en 1986, y como técnico llegó a la final del 89, en la que el club cayó frente al AC Milan. Años después, dirigió al combinado nacional que estuvo a punto de llegar a la final del Mundial del 94 disputado en Estados Unidos. Curiosamente, fue el propio Belodedici quien erró el penalti decisivo de aquel partido de cuartos ante Suecia.

 

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Acerca de César Campoy Pacheco

Periodista y profesor de español. Autor del blog @Sevdalinkas Twitter: @Campocheco

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