El fin de una era: El estandarte de Alexander Lernet-Holenia

soldados austrohúngaros

El estandarte, la novela de Alexander Lernet-Holenia recién editada en castellano por Libros del Asteroide, tiene algo de paradójico. Es una historia ágil y entretenida que contiene todos los elementos que servirían para confeccionar un espléndido largometraje épico y romántico: amoríos, batallas, honor, lealtad, humor y hasta un cierto componente mágico. Desde el encuentro del protagonista con una bellísima joven en la Ópera de Belgrado que abre el libro hasta la escena final (que no desvelaremos), pasando por la predicción de la muerte del abanderado o los otros mil avatares que sufren los personajes, la narración está bien templada y rebosa expresividad.

Pero, cosa curiosa, es una novela de género bélico en la cual la única batalla consiste en una carnicería contra las propias tropas amotinadas e indefensas, y en que el amor se consigue pronto y se desvanece con rapidez. Es una historia de personajes que lo tienen todo para ser héroes, solo que no les acompañan las circunstancias. Como dice el protagonista, “ya no estamos en la época de las excepciones, es el momento de las cosas comunes”. Es, por tanto, una historia trágica, fatalista y, por tanto, moderna.

estandarteLas circunstancias son los últimos días de la Gran Guerra europea. Un alférez del ejército de Su Majestad el emperador Carlos I es enviado a la capital del entonces reino de Serbia, enemigo del Imperio Austrohúngaro en la contienda, para incorporase al estado mayor en —podríamos decir— el instante preciso del desmoronamiento del imperio. La obra ni glamouriza la guerra ni denuncia los horrores que esta comporta. Muestra simplemente la perplejidad del militar que se vuelve anacrónico antes de poder siquiera entrar en batalla.

El estandarte, como he dicho, tiene un ritmo trepidante y se lee de un tirón. Sin embargo su autor —cuyo apellido ya denota su filiación aristocrática, y que participó como soldado en los eventos que describe— peca de clasista (los continuos abusos verbales al criado), racista (“Es verdad que también los gitanos pueden ser gente honrada, solo que no deben pretender ser condes”) y misógino (“Puede resultar muy hermoso charlar con una joven, pero la conversación carece de sentido si no pasa de ahí”). Se puede objetar que Lernet-Holenia es hijo de su lugar y de su tiempo, claro, pero la obra, aunque acontece en 1918, se publicó originalmente en 1934, un año después de Sin blanca en París y Londres de George Orwell, por poner un ejemplo temporalmente cercano de signo muy distinto. Esos detalles afean un relato que por otro lado tiene un potentísimo gancho y que, garantizo, hará pasar un buen rato al lector. Y que quizá hasta le deje poso. En mi caso, desde que leí la novela hará ya unos cuantos días, no dejo de rememorar ciertas escenas –de visualizarlas, incluso— y de sorprenderme por la aguda inventiva del autor.

Hablando de visualizar: Lernet-Holenia —quien según cuenta Ignacio Vidal-Folch en el prólogo sirvió de inspiración a Billy Wilder para un personaje de su film El vals del emperador— se dedicó durante un tiempo a la escritura de guiones para cine y televisión. A la luz de esta información es aún más incomprensible que El estandarte no tenga todavía una película.

Imagen de portada: Soldados del Imperio austrohúngaro durante la I Guerra Mundial (Olivier Klein)

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Acerca de Llorenç Roviras

Periodista. Blog: Idees i textos Twitter: @contentseditors

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