En Sarajevo hay

Sarajevo

Hay, no hay. Ima. Nema… Probablemente sea una de las primeras cosas que aprendemos a decir los extranjeros en bosnio. Hay, no hay. Ima, nema; es fácil de pronunciar, de recordar y muy útil en la vida diaria. Mi profesor de esta lengua, -que es oficialmente una y trina (b/c/s; bosnio, croata, serbio) y cuyos hablantes denominan familiarmente “la nuestra”, naša-, me ha mandado como deber para casa escribir una redacción en la que hable de lo que hay/no hay en Sarajevo. Y aunque odio las redacciones desde que era pequeña me he puesto a pensar en lo que hay en Sarajevo, en mi Sarajevo, no el de las guías turísticas o los artículos periodísticos.

Porque todo el mundo sabe ya que en Sarajevo hay una Biblioteca, que muchos recuerdan devastada y en ruinas y que hoy recibe al turista recién pintada y como nueva; y todo el mundo sabe también que hay un famoso puente; y un barrio otomano donde comprar souvenirs y comer ćevapi; y mezquitas, iglesias y sinagogas en la “Jerusalén de los Balcanes” (tan manoseado el tópico); y cementerios y rosas y agujeros de metralla en las paredes de las casas.

Así que estas son algunas de las cosas que hay en el Sarajevo de mis paseos cotidianos: en Sarajevo hay cuestas, calles empinadas que serpentean hacia las colinas y que dejan al río Miljacka abajo, como una espina dorsal líquida alrededor de la que se articula la ciudad, desde sus orillas hacia las laderas. Y por las cuestas se llega a las mahalas, los viejos barrios: Bistrik, Soukbunar, Kovacici…, Vratnik, Mihri Vode, Sredrenik, Bijelave, Mejtas…

Si uno no ha subido ninguna cuesta es que no ha conocido bien la ciudad, ni la ha visto bien, desde lo alto, ni ha podido descubrir en ella, como en la famosa escena final de la película Valter brani Sarajevo, a Valter, el héroe de la resistencia partisana durante la ocupación nazi, que no era nadie y eran todos, porque en realidad toda la ciudad era Valter.

Cuando se acaban las mahalas empieza el campo. Los días en los que el cielo amanece cubierto, preñado de niebla y de smog, basta con coger una cuesta y seguirla y encontrar el sol radiante mientras la ciudad yace a nuestros pies envuelta en nubes negras, volviendo invisibles las mahalas, sólo perceptible en las cimas de los nuevos rascacielos y los barrios de bloques hacia Novo Sarajevo.

Una de mis cuestas favoritas empieza a los pies de la Mezquita de los siete hermanos, también conocida como Turbe sedmorice, donde están enterrados siete derviches -que no eran hermanos entre sí en realidad- con sus siete ventanucos en los que la gente reza y deposita monedas para que se escuchen sus oraciones. Hay que subir la callejuela, dejando a mano derecha la curiosa torre de una villa art deco, pendiente arriba por el empedrado escoltado por casas que pronto dejarán de ser de ciudad para ser de pueblo, salvando gracias a un curioso puentecillo, el tranzit -la circunvalación alta de Sarajevo- que ruge debajo. Una vez que hemos tomado altura y probablemente tras una pausa para recobrar el aliento podemos continuar el paseo en llano, disfrutando del panorama.

Mi otra cuesta favorita serpentea por Vratnik, termina en la calle Ispod Oraha y desemboca en la Fortaleza Blanca, desde donde también se puede admirar la ciudad en todo su esplendor y entonar con sentimiento Sarajevo ljubavi moja, el himno oficioso de esta ciudad donde todos cantan.

Mientras se suben las cuestas, se atraviesan las mahalas, donde conviven casas nuevas y casas decrépitas, refugios de perros callejeros y malas hierbas, que se van hundiendo inevitablemente y que serán sustituidas por edificios sin alma. A veces hay viejitas que viven asomadas a sus ventanas. Y hay incluso algunas ventanas con parabrisas para ver lo que pasa en la calle en technicolor. A eso se le llama “mahalusear”.

Con tanta cuesta hay que recobrar las fuerzas y para eso están las pekaras que te salvan la vida cuando el estómago y la nevera están vacíos, o cuando vuelves a casa y te espera aún un largo camino y varias escaleras. Una pekara es más que una simple panadería, es una institución en el día a día del sarajevita común porque el pan, la masa en sus diversas formas: pereci, pecivo, pita- es el alimento preferido de los habitantes de esta ciudad. Y hay pekaras señaladas, sobre todo los días de Ramadán, cuando la gente, envuelta en el aroma de los panes saliendo del horno, salivando tras el largo día de ayuno, hace cola pacientemente para comprar un somun recién hecho con sus semillas de comino negro, esperando a que suene el petardazo que marca el fin del ayuno y da comienzo al iftar, la cena tradicional.

Como vivo en una mahala, para ir desde mi casa a cualquier sitio normalmente ruedo cuesta abajo, hasta que me frenan los raíles del tranvía. Porque en Sarajevo hay tranvías: viejos y nuevos, de colores, el 1, el 3, el 5 y el 6… Pero sobre todo hay un tranvía rojo de lunares blancos al que yo llamo el tranvía flamenco. Originalmente anunciaba una tienda de muebles, pero los distintivos comerciales se le han ido borrando con el tiempo y sólo le queda el vestido de faralaes. Cada vez que lo veo por la calle presiento que va a ser un buen día, porque a fuerza de vivir en esta ciudad, de ir a trabajar o a dar una vuelta y pasar una vez y otra vez y otra más por los mismos lugares, una se va creando supersticiones y manías personales.

Mi #tranvía favorito de #Sarajevo

Una foto publicada por @isa.lv el

En Sarajevo hay muchas kafanas, tabernas con sus parroquianos sentados frente a frente viendo la vida pasar. Y hay una, frente al mercado de fruta y verduras del centro, que se llama Proljece -primavera- y que amanece llena de flores, como si estas nacieran allí milagrosamente, brotando de los posos del café de puchero en las entrañas del local, ennegrecido por los millones de cigarrillos consumidos a lo largo de los años. Son las flores que luego venderán los floristas ambulantes por la zona, junto a la viejitas que disponen su mercancía y la ofrecen al viandante a la voz de izvolite: hortalizas, con sus atadillos de puerros, apio y zanahorias y otras raíces -hasta hace poco desconocidas- para potajes, o hierbas aromáticas, o patucos de lana o tabaco a granel.

En Sarajevo hay siempre mucha gente de acá para allá, y entre la gente hay un hombre que baila como hipnotizado entre el ir y venir de la calle Ferhadija. Y una niña con un conejito gris sobre un cartón, a la que nadie parece ver, al lado de otro niño que hace que toca el acordeón, y que los días de frío se calientan como pueden en la llama eterna. Y hay dos gemelos que andarán por los cincuenta, siempre Titova allá, Titova acá, vestidos igual, dando sentido al paseo de los sarajevitas cuando cae la tarde y se echan a la calle a verse pasar, como desfilando por la pasarela, y a acariciar con las suelas de sus zapatos las aceras de su ciudad, de esta ciudad en la que hay extranjeros que escriben redacciones sobre lo que hay o no hay.

Imagen de portada: Amanda Rivkin

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Acerca de Isabel Leal

Profesora. Autora del blog Mundos periféricos, sobre didáctica del español como lengua extranjera, tecnología y educación.

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