Era la segunda vez que visitábamos Pristina

Captura de pantalla 2015-01-14 a las 17.44.04

Habíamos estado durante el puente de diciembre del 2012, participando en el festival de teatro Skena Up y rodeados de nieve a una temperatura de -12º. Lo primero que sentí al bajar del avión es ese olor tan característico que tiene la ciudad, entre carbón y gas, algo único que no había olido en ningún otro lugar y que todavía no sé identificar con claridad. Pensé: que rápido olvida uno pero que fuerte es el sentido del olfato que al volver a sentir un olor, trae miles de imágenes y recuerdos que la mente con su esfuerzo lúcido no puede conseguir. En el tiempo de una inspiración me vino a la mente el primer paisaje que uno ve al salir del aeropuerto, una grandes montañas nevadas, el viaje en taxi por la avenida Bill Clinton con aquella gran estatua del presidente, la nieve mezclada con el barro de muchas calles todavía sin asfaltar, el frío en los huesos, el olor a tabaco en todos los tabiques de los lugares dónde estuvimos, el burek de carne y espinacas, la avenida principal del centro de la ciudad totalmente en obras dónde estaba nuestro hotel, ese Gran Hotel Pristina dónde fallaban algunas luces de sus letras, abiertas sólo algunas plantas para los participantes del festival… Y todo esto, en el tiempo de una respiración.

Salimos del avión y empezamos a ver cómo habían cambiado las cosas en cuestión de dos años. Llegamos a un aeropuerto completamente nuevo, con un paso fronterizo (allí dónde enseñas el pasaporte para entrar) que ya nada tenía que ver con el que vivimos en el 2012, que mi recuerdo sitúa como si estuviera casi en la calle por el frío que entraba del exterior. Repetimos el trayecto en taxi que nos llevaba al centro de la ciudad y aunque es verdad que esta vez las temperaturas eran mucho más suaves y no había nieve que cubría las calles, cada vez nos íbamos dando cuenta de cómo todo se estaba transformado. Había muchos edificios nuevos o muchos más en construcción, como si la ciudad se estuviera expandiendo o reconstruyendo más allá de los bordes que ya existían. Casas que empezaban a trabajar en sus segundas plantas, hasta entonces dejadas supongo por falta de recursos para arreglarlas. Las fotografías en las fachadas de “grandes” personalidades habían dejado paso a monumentos, lo que es sinónimo de perdurar, de estabilidad y de inamovible. Y qué decir del centro… la avenida principal estaba totalmente acabada con unas fuentes que cambiaban de color cerca del Teatro Nacional. Los coffee-shops, ya sin humo, estaban dejando paso a modernos y rústicos lugares para tomar café o té. Nos dimos cuenta de la inversión internacional y de cómo, supongo, muchas multinacionales están sacando tajada de la situación del país. Al final de esta avenida, un gran y blanco “United Colors of Benneton” corona el paseo, como si de un gran palacio se tratara.

El cambio más grande tal vez lo percibí en la gente kosovar que reencontramos en el festival. Esto lo asemejo (desde mi desconocimiento de la situación real del país) a estos cambios que percibí también en la ciudad. Encontramos gente muy joven con esa energía de ruptura adolescente pero gestionando grandes responsabilidades. Con menos de 30 años, muchos de aquellos jóvenes trabajaban en la televisión como reporteros, dirigían el festival internacional de teatro y cine, eran miembros del jurado, como futuras promesas de la escena teatral de los Balcanes… Recaía sobre ellos el peso de levantar y hacer algo nuevo. Y lo saben, se les nota en la mirada.

Nunca había sentido tanta energía y vitalidad, como digo casi pueril o adolescente a momentos, con un sentido de la responsabilidad tan marcado. Todos los voluntarios y la gente organizadora del festival tenían la necesidad de ruptura, de hacerse un nuevo lugar, de crearse un ambiente artístico en la ciudad, de diferenciarse. Sus propuestas teatrales que se basaban en Shakespeare hace un par de años habían dejado paso a Sarah Kane, por ejemplo. Y también sentí en sus miradas la terrible y mágica sensación de los campamentos de verano: esa explosión al encontrarse con personas de diferentes partes de Europa que se dedica al arte, que dura sólo una semana y que después vuelven, volvemos, a ser los mismos, los de siempre. Por eso, imagino, las ansias enormes por relacionarse, por ver, por hablar, por compartir…

Hacía tiempo, creo que ya ni en Barcelona ocurre, que no veía cortes de pelo, colores, vestidos y combinaciones tan modernas, auténticamente modernas. No percibí la pose que puede haber en una gran ciudad europea, los llamados hipsters. Aquí había algo auténtico: somos y queremos ser diferentes, nuevos a lo que conocemos. Gente que habla 2, 3, 4 idiomas de manera casi autodidáctica. Y con esta gente, desde este lugar más maduro pero no por ello menos festivo o enérgico, vivimos 4 días en la nueva Pristina. Y nos sentimos viejos, creo. Al coger el avión de vuelta a casa, en la maleta, intentamos llevarnos un poco de este espíritu que esperemos que nos acompañe en nuestro día a día aquí en Barcelona.

Imagen: Detalle de la escenografía de “Locus Amoenus“, la obra que presentó ATRESBANDES y con la que ganaron el premio a la Mejor Dirección (Valona Cakuli)

Comparte

Acerca de Mònica Almirall

Forma, junto a Miquel Segovia y Albert Pérez Hidalgo, la compañía teatral ATRESBANDES

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>