Janko Nilović: Un camaleón en el archivo

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De un tiempo a esta parte, muy probablemente desde que se puede practicar el digging a distancia, es decir, buscar música a través de internet, el término library music ha empezado a inundar la jerga de los melómanos más avezados. Puede que sea debido, y esto es teoría mía, a que vivimos un momento en el que parece que se ha hurgado, rastreado, indagado, fisgado o sondeado (osea, en inglés diríamos que ha estado sujeto al digging) de arriba a abajo y de abajo a arriba todo lo que se podía y más.

La música comercial, la que está dirigida al consumo doméstico, se ha saqueado o exprimido de tal manera, que los amantes de la música ávidos de nuevas sensaciones se han empeñado en buscar allí donde precisamente los husmeadores tienen vetada su búsqueda: en los archivos privados de instituciones públicas, como pueden ser emisoras de radio -¿se imaginan por un momento el material sonoro archivado desde su fundación por un monstruo como puede ser la BBC?-, canales de televisión y demás medios de comunicación que han requerido alguna vez de grabaciones propias para confeccionar anuncios, cortinillas, ráfagas, grabaciones para musicar series, documentales o concursos…

Estamos hablando de finales de los 50, todos los 60 y parte de los 70. Países como Francia acapararon toda esa diáspora de productores, técnicos, directores de orquesta, y cineastas de origen balcánico que buscaban nuevas aperturas en países occidentalizados. Algunos de ellos ejercieron de creadores de una música que se producía pero no se vendía al público. Me viene a la memoria el nombre de un músico que hizo carrera en Francia, el compositor, violinista, pianista y director de orquesta rumano Vladimir Cosma que, entre sus grandes logros se encuentra, por ejemplo, haber realizado la sintonía del del telediario de TF1 que se emitió entre 1975 y 1976, y de las nuevas versiones que sonaron en el informativo televisado más importante del país galo entre 1976 y 1984.

Esa música que se quedaba en la industria es el santo grial actualmente para los diggers o husmeadores a los que me refería antes. Y todo ese material fue producido alguna vez por estudios de grabación que contaron a su vez con compositores o productores a sueldo en los que encajaría al dedillo la calificación de “negros del sector”.

Porque muchas de esas producciones, obviamente iban sin firmar, ya que no buscaban un objetivo comercial. Con los años, ese material ha ido calando en el mercado de segunda mano donde han llegado a revalorizarse de una manera astronómica, como nunca pudieron llegar a imaginar sus autores originales. Archivos, por lo general difíciles de conseguir, porque permanecen como copias privadas en almacenes de esas instituciones a las que nos hemos referido antes.

Otro de esos anónimos instrumentistas que consiguieron cierta relevancia internacional esquivando el anonimato, por tesón y por la calidad de su obra, ha sido Janko Nilović. Éste se dedicó, entre otras actividades, a la confección por encargo de un material que buscaba inicialmente un efecto puramente ornamental, pero que también contaba con valor artístico fuera de los archivos donde moraron durante años.

274091Nilović es de origen montenegrino por parte de padre, su madre era griega y ése fue su idioma. Nacido en la embajada francesa en Estambul en 1941, consiguió la nacionalidad francesa hace cuarenta años, luego de vivir desde 1960 en el país galo. A los cinco años ya se desenvolvía con instrumentos como la flauta, el violín, el piano y el oboe con cierta soltura, tal y como explica en esta entrevista, en la que reconoce haber empezado a componer a los 17 años.

Su juventud la pasó en Estambul, donde montó su primera banda de R&B. Pero fue en los bajos fondos de París donde empezó a contactar con los “ilustrados” musicales de la época. La mayor parte de los primeros músicos que conoció eran griegos exiliados en la capital francesa. ¿Que necesitaban una guitarra? Él aprendía a tocarla en tres meses. ¿Que ahora lo que necesitaban era un bajo? Pues lo mismo. Se dice de él que era un tipo muy obsesivo que dedicaba maratonianas jornadas de trabajo encerrado en el estudio.

Un trabajo tan tenaz como arriesgado en la experimentación que le ha permitido hacerse un nombre incluso antes de morir. Porque Nilović sigue vivo.

“Yo era más bien de los que actuaban detrás de la cortina y no estaba nunca en el punto de mira. Así que de repente tuve la oportunidad de salvarme de todos los excesos inherentes a esa vida disipada del musico en París. Tengo una vida familiar muy equilibrada. Mis hijos tienen buena educación, tengo hijos pequeños. Ayudo a mi esposa en trabajos de jardinería y la limpieza de la casa, y luego me pongo a componer. Me levanto muy temprano, alrededor de las cinco y trabajo hasta la una del mediodía. Mientras como, escucho las noticias, me hago una siesta, y me pongo a trabajar de nuevo hasta la noche”.

La fama, entonces y ahora, le importó muy poco a nuestro compositor, sólo hay que tener en cuenta la cantidad de nombres artísticos que ha utilizado durante su carrera, y que han complicado sobremanera el seguimiento de su obra. Tomen aire: Alan Blackwell, Andy Loore, Emiliano Orti, The Johnny Montevideo Group, Alan Blackwell, Philippe Gray, Bill Mayer, Heinz Kube, Tonton Roland Et Ses Pianos À Moustaches…

Nilović trabajó para la radio y la televisión de Francia en un momento en el que los galos rivalizaban con países como Italia, que ha llegado a contar en la segunda mitad del siglo XX con una industria del cine muy potente, y por consiguiente necesitada de música de este tipo. O sea que Francia necesitaba de obreros de estudio como Nilovic para competir en el mercado internacional y a los que no les importara trabajar durante más de trece horas en sesiones en las que se facturaba música prêt-à-porter para la cada vez más pujante industria audiovisual. Su repertorio crecía al mismo ritmo que el de sus recursos instrumentísticos; se animó con la psicodelia pasada de efectos de estudio, coqueteó con la música brasileña y ahondó en los jeroglíficos del jazz, para nosotros los mortales, con colaboraciones destacadas como la que realizó con Dave Sucky.

Y aquí hago un inciso porque casualmente el barcelonés DJ2d2 ha grabado estos días un podcast de library music, en el que incluye a Sucky con su alias David Sarkys, y eso me recuerda que esas grabaciones de archivo son también una fuente inagotable de samplers para los productores de hip hop que deseen sonar como nadie.

El propio Nilović incluye Le Longue Marche en el volumen 14 de la serie de samplers utilizados por b-boys en los 90 conocida como Dusty Fingers, referencia absoluta para los amantes de los breaks con los que están fabricados algunos de los mejores discos de hip hop de aquella década.

“Sólo hace falta ver un rato las noticias para darnos cuenta que vivimos una época terrible. Los jóvenes buscan en la nostalgia algo a lo que agarrarse, por eso están tan en boga de nuevo los 70. Muchos no saben qué hacer con sus vidas y de repente se encuentran sin música y sin nada constructivo a lo que ceñirse. Es el precio a pagar por haber adoptado el modelo norteamericano”, comentaba hace diez años en la entrevista referida más arriba ¿Qué pensará ahora de nuestra sociedad después de más de un lustro de crisis?

Nilović atrajo muy pronto la atención de la bohemia jazz de París, muy probablemente los dejaría anonadados por la cantidad de instrumentos que podía llegar a tocar. En sus devaneos con el jazz, Nilović podía escapar del encargo perpetuo al que estuvo sujeto, aunque muy probablemente disfrutara muchísimo con los arreglos que le encargaban y por los que pasará a la historia de la música facturada en la segunda mitad del siglo pasado.

De esa manera, entre encargos y filigranas, el músico podía pasar del avantgarde más esquivo a la música pensada para el consumo de masas audiovisual con una facilidad pasmosa. Y aún sacaba tiempo para escribir poesía, que era una de sus grandes pasiones.

A Nilović también se le ha escuchado en sesiones de baile de, por ejemplo, esos DJs de northern soul y derivados que buscan nuevas sensaciones en la pista a través de la psicodelia o el jazz más groovie. El, hoy en día, muy valorado DJ norirlandés David Holmes, con experiencia en Hollywood gracias a la banda sonora de la serie Ocean’s Eleven, ha reivindicado siempre a Nilović como uno de sus faros artísticos. Una buena forma de hacerse una idea de su obra en clave easy listening, que es una manera amable de entrar en su obra, es el recopilatorio Sweet Colors en el que se incluyen a otros artistas franceses como el compositor Pascal Auriat y el trompetista Pierre Sellin. Una colección de temas ideal para cenas en casa en las que quieres quedar bien con los invitados.

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Acerca de David Puente

Periodista. Twitter: @puentani

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