La influencia balcánica de Emil Michel Cioran

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Nacido en los Cárpatos rumanos Emil Michel Cioran fue uno de los pensadores más peculiares del siglo XX. Ajeno a cualquier trabajo, entregado a la mística y el vagabundeo, destructor de certezas y paradigma del escepticismo, condenado por el insomnio, el filósofo rumano se resiste todavía a día de hoy a cualquier etiqueta. Cioran es el sui generis hecho carne.

Con 21 años publica En las cimas de la desesperación. La obra alcanzará cierta popularidad, pero no saldrá de los Balcanes, convenciendo al filósofo de la importancia de abandonar su patria. Gracias a una beca se marchará a Francia, donde residirá el resto de su vida. Su relación con los Balcanes siempre será de amor y odio. Cioran se considera apátrida, pero al mismo tiempo encuentra en los Balcanes, en su aislamiento geográfico del resto de Europa, uno de los motivos de su escepticismo. Reniega a fin de cuentas de lo que le permite situarse, un origen que no por ser negado deja de ser cierto.

A grandes rasgos podemos situar a Cioran como un destructor de la noción de historia, la cual no es consecuencia de una evolución constante, sino de la coronación del hombre sobre la naturaleza y de sus pasiones sobre su razón. Cioran no cree en el progreso, no entiende la evolución o el avance, y por tanto demoniza la historia. Se enfrenta a la utopía convencido de que ésta, ilusión que nace en los seres humanos, es el motor de la historia. Utopías siempre inalcanzables que terminan en baños de sangre y sufrimientos que se repiten desde tiempo inmemoriales. Sería por tanto la historia un capricho humano y el progreso una utopía que se usa como pretexto para dar rienda suelta a las pasiones y repetir la misma caída una y otra vez.

Una constante en su pensamiento es la influencia de los Balcanes como inicio de su esceptismo. Rasinari, lugar de su nacimiento, formaba parte del Imperio Austrohúngaro. Cioran, nacido en Transilvania, se ve a sí mismo bajo la influencia húngara y austríaca, sintiendo por primera vez la sensación de extranjero en tierra propia. Esa dificultad para encontrar un origen constituye, sin duda, una de las vivencias más influyentes en su obra. Los Balcanes serán para Cioran sinónimo de enfrentamiento, de crueldad y lo opuesto a una patria. Pese a ello rechazará cualquier patria y no renunciará a su origen balcánico, identificando esa geografía como un no-mundo.

La influencia balcánica no se limita sólo al desencanto fruto de la dominación de diferentes pueblos sobre su tierra. Cioran simpatizará con la Guardia de Hierro, organización fascista de carácter nacionalista en Rumanía. Es comprensible que a un joven carente de la noción de patria, cualquier ideología que le ofrezca un hogar, un lugar propio, sea una gran tentación. Cioran simpatizará con las ideas nacionalistas de industrialización y progreso, pero renegará de dicho movimiento cuando vea las consecuencias de las ideas fascistas en Europa.

Tiene ahora todavía más sentido su necesidad de abandonar los Balcanes. Ya no son para él una patria etérea, sino el fracaso de un intento de cambio histórico, la consolidación de la utopía como barbarie. En cierto modo Cioran reniega de sí mismo a través de su rechazo a los Balcanes. Por otro lado mantendrá un lazo afectivo irrompible con los Balcanes por dos motivos. En primer lugar, por el inevitable fatalismo que, por causas históricas, comparten todos los habitantes de dicha zona geográfica. El desencanto fruto de los constantes enfrentamiento tiñe los Balcanes, para él, de sangre y sufrimiento. Por otro lado, su idealización de la infancia, en plena naturaleza, hace que para él los Balcanes sean, paradójicamente, un paraíso perdido. Una posibilidad irreal que se convierte en su peculiar utopía. Los Balcanes se idealizan en su obra como territorio natural, ajeno al progreso, en el que el ser humano puede ser feliz, precisamente por el rechazo a cualquier avance, falsa utopía que es la causa de la infelicidad del ser humano.

En definitiva los Balcanes simbolizan para Cioran el fracaso de la historia, la constatación de que el progreso es un falso Dios, y paradójicamente un lugar de eterna insatisfacción en el que la utopía, precisamente por fracasada y por inaccesible históricamente, es un espejismo más atractivo que en ningún otro lugar. Lo que Cioran aprende de los Balcanes es lo que constituye el final de su pensamiento. El fatalismo se convierte, de este modo, en su patria. Una patria balcánica.

¿Y los Balcanes? No quiero defenderlos, pero tampoco quiero callar sus méritos. Ese gusto por la devastación, por el desorden interior, por un universo semejante a un burdel en llamas, esa perspectiva sardónica sobre cataclismos fracasados o inminentes, esa acritud, ese ocio de insomnes o de asesinos, ¿acaso no son una rica y pesada herencia que beneficia a sus poseedores?

Emil Michel Cioran, Historia y Utopía.

Imagen: Siderevs (Flickr)

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