Las bolsas de plástico y los serbios #pasajesbalcánicos

bolsa de plástico
«Hvala, ne treba mi kesa» (Gracias, no necesito bolsa)
Anónimo

«Son tan pobres que tienen que lavar las bolsas de plástico». Le dijo la niña a su madre sorprendida.

Hay que ser pobre para lavar una bolsa de plástico, y, peor todavía, hay que ser pobre para hacerlo y no poder impedir que te vean. También hay que ser algo rico, tampoco demasiado, para que alguien hable de ello con cierta superioridad, como un aristócrata que cree que no tiene que lavarse, porque siente que merece que le laven otros.

¿Cuánta pasión siente un serbio por una bolsa de plástico? Es difícil medir hasta dónde llega un fetichismo que se hunde en los rincones más escondidos del subconsciente local. Entre los serbios es tal el entusiasmo por las bolsas de plástico que nadie prescinde de un cajón repleto hasta los bordes, más amplio incluso que el que se guarda para las mantas y edredones.

- «Ajmo!, žene!, kese!, žene!, kese!, žene!, kese!» (¡Vamos! ¡mujeres!, ¡bolsas!, ¡mujeres!, ¡bolsas!, ¡mujeres!, ¡bolsas¡), decían los vendedores serbios a comienzos de los noventa cuando las bolsas de plástico de contrabando, llegadas de Rumanía, Hungría y Bulgaria, se convirtieron de repente en un negocio entre la precariedad. Mientras tanto, en el resto de Europa plastificábamos nuestras vidas sin reparo.

Sin embargo, ahora son infinitas las bolsas que recorren los pasos de peatones que rodean los mercados de cualquier ciudad serbia. Nadie se libra de una bolsita de plástico cuando compra una caja de Coldrex en invierno ante un constipado de aúpa, como nadie se libra de una bolsita de plástico cuando compra un repelente contra los mosquitos durante el verano de barquitos flotantes y paseos en bicicleta junto al Danubio —esas dichosas bolsitas que no sirven para nada, si acaso para guardar los pudores y las uñas de los pies—.

Pero no solo los usuarios están entregados a este fetichismo. Los vendedores de las pekara te lo incrustan entre los dedos y las servilletas tras la venta de kifle, žu-žu o krofne. Tal vez sea porque en esa majestuosidad de la panadería local porteamos harina de los mejores molinos de la Vojvodina.

Mientras que los comisarios europeos suspiran por eliminarlas del mapa, las bolsas blancas envuelven el queso de Sjenica, las rojas los tomates para la ensalada con pepino, cebolla y queso, las rosas los yogures de Moja kravica (Mi vaquita), las amarillas las patatas del asado y las granate los huevos de Semana Santa. Es la terquedad en colores, la resistencia étnica contra las directivas y directrices del acervo comunitario y de la Dirección General de Ampliación de la Comisión Europea. Es junto al cigarrillo en los bares y la rakija en los garajes, la militancia política más euroescéptica, marcada a sangre y dolor en la hinchazón de los dedos estriados tras cargar toda una mañana con dos kilos de coliflor.

Un sentido de la propiedad muy íntimo, aquel que nos viene en herencia desde el seno materno. En esos viajes del pueblo a la capital no hay persona más cauta y prudente hacia el viajero que una madre serbia. Porque no hay viaje que se haga sin ropa, pero tampoco sin bolsas de plástico llenas de encurtidos, dulces de ciruelas y cerdo asado en fiambre, rebosantes de amor y preocupación de madre. Bolsas y más bolsas que protejan al hijo y estudiante en su travesía a Belgrado, Novi Sad y Niš. Bolsas sobre bolsas que impiden que nada se vierta y que no traspasen los olores. Bolsas dentro de otras bolsas para los cristales y cartones, envueltos concienzudamente, como un abrazo familiar en la estación de autobuses de Vranje, Kikinda y Valjevo.

No es extraño que la cajera ofrezca con convicción una bolsa de plástico por la sola compra de unos saquitos de azúcar de vainilla para hacer šnenokle (isla flotante), o de pimentón rojo para la sopa de pescado. Si se renuncia a la bolsa el ambiente se enrarecerá, como quien dice que no le gusta el café, el chocolate o el pan delante de un público intolerante. ¿Qué pasa? ¿No te gustan mis bolsas? ¿Te crees diferente al resto? ¿Acaso eres especial y no lo sabíamos? Es la dictadura de las bolsas de plástico ¡Llévesela, o verá sus carnes hechas jirones, como se quedan las carnes del cerdo en la barbacoa familiar del Primero de Mayo! ¿O es que la prefieres de papel? Ja, ja, ja, ja… (risa malvada de película)

Te recordarán por no cogerla cuando te la ofrecieron, por trasgredir las normas de la convivencia que rigen los supermercados más ilustres: desde el Maxi al C-market, desde el Matijević al Lilly… ¡Coja usted una bolsa y olvídese de los comeflores ecologistas! ¡Aparte a un lado sus buenas intenciones, que ya sabemos en los Balcanes a dónde nos llevan las buenas intenciones!

Las botellas de plástico acarrean contrastes: muchas veces protegen lo más preciado con lo que aparentemente menos importa; quedan tan aisladas en un compartimiento, como también se hacen imprescindibles. En torno a ellas se respira contradicción. De ahí su significado: las bolsas de plástico, por no tener valor, al final son para los serbios uno de esos asideros a un tipo de vida en la que no todo tiene un precio. Las bolsas de plástico son una metáfora de la gratuidad, de lo que es dado, de lo que es invariable y esperable. Como esa seguridad de aquel que utiliza varias bolsa de plástico para cargar con la botella de rakija; aquella que antes era una botella de agua con gas exactamente igual al resto.

Sin las bolsas de plástico, uno terminaría por no saber cómo llevar la compra, qué tipo de bolsa escoger, de qué color, mimbre o tela, si habrá bolsas en el supermercado o no… un mar de interrogantes e incertidumbres que resolver. La mera acción de comprar, dejaría de ser un cálculo de equilibrios y apariencias por todos conocido, en el que llevar más bolsas parece que significa tener más para comer.

Efectivamente, como dice la niña, es de pobres lavar bolsas de plástico. Pero también es cierto que hay muchos que derrochan bolsas de plástico porque creen sentirse así menos pobres de lo que son, cuando tener más bolsas de plástico no le hace a uno ser más rico, pero sí tal vez le hace a uno sentirse más fuerte y seguro con el acopio. Puede que muchos vivan con miedo, y no solo en Serbia, pensando que los tiempos están cambiando y, que, igual que desaparecerán las bolsas de plástico, desaparecerán otras muchas cosas. Es entonces cuando para muchos serbios las bolsas de plástico, y su existencia, tienen un significado; un significado mucho mayor que lo que aparentemente representa un trozo de plástico impulsado por una brizna de aire, que cae contaminante sobre las corrientes del río Velika Morava.

Imagen: Tim Parkinson

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Acerca de Miguel Rodríguez Andreu

Editor de Balkania y autor de Anatomía serbia. Twitter: @miguelroan1

6 comentarios para “Las bolsas de plástico y los serbios #pasajesbalcánicos

  1. Jose

    Que bueno, lastima que no lo sabia ese día que no echaron del parque en Belgrado, les podría haber ofrecido algunas bolsas de plastico a esos tíos que no les gustan las pelis…jejejeje

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  2. Enrique

    Me encantan tus artículos Miguel, como puedes ver más allá de la bolsa de plástico y encontrar ese origen enigmático que muchos que nos encontramos por aquí más de una ocasión nos preguntamos. En ocasiones sientes que son delirios de extranjero obsesionado sobre la cultura balcánica, y no sabes a quien explicarle esas pequeñas diferencias que tanto nos entusiasman. El volver a casa de compras y tener 3 o 4 bolsas de colores diferentes y ver a tu compañero de piso entusiasmado llenando el tercer cajón de bolsas…. Hace mucho tiempo que dí por imposible hablar con él sobre la necesidad de atesorar tales cantidades de bolsas.

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    • Miguel Rodríguez Andreu

      Gracias por tu mensaje Enrique. Sí, yo también me identifico, porque también tengo ese cajón en casa, como en las otras donde viví. Creo que de un tiempo a esta parte lo vamos reduciendo. Solo que no sé si las bolsas que se encuentran al fondo terminarán por fusionarse en una masa compacta :-)

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  3. Andrews

    Esto también es propio de Rusia, durante los años de la perestroika las abuelas iban siempre con bolsas de plástico en los bolsos y a día de hoy todavía encuentras en la mayoría de supermercados de barrio moscovita gente que va a hacer la compra con su propia bolsa. En mi caso tengo en mi casa una colección de lo más varipinta, suerte que me sirven como bolsas para la basura. En cualquier caso en más de una ocasión me hubiera dado un coscorrón por no hacer tenido la sabiduría de haber cogido una antes de salir de casa

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  4. Miguel Rodríguez Andreu

    Gracias Andrews… Sí, me imagino que es común en todo el este europeo. A mi me llamó la atención que terminara por ser en los comercios cerca de mi casa: “el que no quiere bolsas de plástico”. A partir de ahí surgió la curiosidad por las bolsas de plástico y los serbios. Es una metáfora en cualquier cosa de muchas otras cosas. Un saludo.

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