Las inundaciones: los cinco sentidos en Serbia y en Bosnia y Herzegovina

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Con los cinco sentidos puestos en observación, los que llenan un libro en blanco, el de una zona que ha recibido en 4 días una cantidad de agua equivalente a una media de 4 meses:

La vista

Un miércoles de mayo el cielo se llenó de barro. Se cubrió de gris, como las acuarelas que pintan los hombres tristes. Las mismas ciudades se volvían río: Doboj, Bijeljina, Šamac, Svilajnac, Obrenovac, Smederevska Palanka… se convertían lentamente en balsas de agua sin reflejo, porque en el agua que anega no se refleja nada, solo el rastro anhelante de lanchas motoras que se desplazan por las avenidas. Inmundicias, despojos y demás restos comenzaban a hacer cabriolas sobre el agua, y los ojos de los vecinos cubiertos de lágrimas.

Los plásticos de los chubasqueros aleteaban al ritmo de la brisa sobre los paseos de Banja Luka, Šabac y Sremska Mitrovica, y las filas de autobuses con voluntarios se ponían en marcha por las autopistas (varios miles solo en Belgrado la noche del jueves). Las caras inquietas sobre las ventanas cubiertas de lluvia, y la población encima del televisor. Sin tiempo para salir al supermercado para comprar garrafas de agua —fatal ironía comprar agua cuando cae más lluvia—, porque la veteranía balcánica se pesa en kilos de víveres, porque la experiencia balcánica se cuenta en horas de apagones.

El tacto

Las manos se agitaban mientras el lodo se eleva al ritmo de las agujas del reloj. Con sus olas nocturnas el río Sava se convertía en una amenaza en forma de película bíblica. El enemigo no es cómo cae la lluvia, sino cómo fluyen los ríos y torrentes sepultando las orillas donde se emplazan las casas y sus alrededores de intenso verde primaveral.

Se percibe la angustia en las prisiones del agua. Las manos firmes sobre las espaldas de una anciana y, mientras todo eso pasa, el frío oxidado de las palas sobre el limo y la determinación de los brazos sobre los animales de granja. No hay tacto que alivie la tristeza de un hogar sin vida, ni siquiera el consuelo de vivirlo junto a otros. Todas las víctimas se sienten tan vacías como sus casas abandonadas a lo lejos. El pulso en las manos, y los corazones de los primeros cuerpos ya sin pulso (hasta el momento más de 40), más los que aparecerán cuando las aguas vuelvan a su cauce, que nunca más volverá a ser el mismo cauce.

Desde ahí el tacto inicial de la recogida de mantas, productos de higiene y alimentos que dejan marcas de plástico en los dedos. Son los dedos generosos de los polideportivos, que abrazan por igual a niños desorientados y madres asustadas. Los dedos sobre el móvil para mandar mensajes de cuatro dígitos y también sobre el teclado (#SerbiaNeedsHelp #SerbiaFloods #BosniaFloods), los dedos sobre las mejillas, sin llegar a entender que de un manotazo se puedan arruinar tantas existencias.

El olfato

El humo del cigarrillo recorre los pulmones. Las volutas de humo se mezclan con el hedor a hierbajos de las corriente revueltas. Las casas ya han sido tragada por la riada. Nunca el olor a tierra mojada resultó tan doloroso para serbios y bosnios.

Nunca llovió tanto, nunca el silencio olió tanto a humedad, nunca se emitieron tantas imágenes desactualizadas de unas inundaciones, nunca las autoridades y los medios tuvieron tan poco olfato para la política que importa: la de prever que miles de personas tuvieran que dejar sus vidas bajo un océano de agua. Ya surgen las primeras críticas por el abandono y la ineficacia de la administración: las que no entienden de ideologías, naciones y escaños, las que solo entienden de vidas.

Pero sí el olfato de policías, militares e ingenieros entregados a los demás, como el olfato sin reservas del bombero serbio Dejan Lazarević, de Topola, ahogado en las aguas del río Jasenica salvando vidas; o de celebridades deseosas de ayudar, como el olfato del cantante bosnio Halid Bešlić, habilitando su hotel para los afectados de la zona; o del tenista Đoković, dedicando su victoria en Roma a Bosnia y Herzegovina y Serbia, y criticando a los medios por dar la espalda a la catástrofe.

El oído

Cuando llueve solo se oyen los parabrisas. Se escuchan los semáforos ponerse en intermitente. El miedo se extiende en ondas, pero de agua, de agua en forma de cataclismo. El deslizamiento del terreno se percibe como un grito hondo, y las casas crujen como un pisotón sobre el cristal. Son los pueblos ubicados en los valles, como Rečica y Krupanj. De fondo se oye el aullido de un perro y los gritos de auxilio de una familia por las redes sociales. Pero también el sentido del humor. Ese humor tan ácido que algunos evacuados (de momento van más de 5.000) en lancha liberan a su manera: “bienvenidos al paseo acuático por la ciudad de Obrenovac”.

Cuando Bosnia y Serbia se inundan no hay tambores de frontera, porque la naturaleza no entiende de visados ni aduanas, ya lo sabemos, solo un paisaje sonoro de fango hasta los hombros. Poco oído tienen algunos, el de los que no escuchan los ruegos de la región en plena campaña europea, porque Europa, aunque muchos no lo crean, se construye cuando en Montenegro, Macedonia, Croacia o Kosovo se recolectan latas de conservas para Bosnia y Herzegovina y Serbia, cuando desde los países vecinos se toca la música que debe sonar: la de los equipos y los equipamientos de rescate.

El gusto

Los sentidos se encharcaron de tormento. La preocupación se atraganta en el estómago, y la boca queda seca. Se digiere mal la falta de moral: la venta de agua o alimentos a precios excesivos para las primeras víctimas. El sabor del dinero fácil de unos pocos muertos de hambre. Pero también el mal gusto de los programas de variedades a horas intempestivas, en este caso, las horas en las que los afectados tragan saliva y los voluntarios vomitan esfuerzo.

Hoy que el sol ha vuelto al lugar que le corresponde en la primavera balcánica, no hay más deleite que un último café humeante antes de colocar colchones, y no hay más deleite que unos sorbos de agua antes de volver a poner sacos. Nunca se vertió tanta bondad en tan poco tiempo. Nunca el agua se desbordó de tal manera, nunca hubo tantas personas dispuestas a achicarla con los dientes. Pero es que de este tragedia ha florecido también la mejor humanidad que en esta tierra se puede cosechar. Esto es, ahora mismo, lo que puede compensar tanto dolor, lo único que puede tener realmente algún sentido entre tanto dolor.

A todas las víctimas de las inundaciones y a los que se preocuparon por ellas.

Imagen: Obrenovac, Serbia (Stefano Giantin)
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Acerca de Miguel Rodríguez Andreu

Editor de Balkania y autor de Anatomía serbia. Twitter: @miguelroan1

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