Liudmila Zhivkova, princesa malograda de la Bulgaria comunista

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“En esta vida sólo hay dos cosas a las que no puedo oponerme: a las decisiones del Politburó y a mi hija” (Todor Zhivkov, secretario general del Partido Comunista Búlgaro 1954-1989).

Liudmila Zhivkova es uno de los personajes más controvertidos y fascinantes de la historia de Bulgaria durante la época comunista. Hija del presidente Todor Zhivkov, poderosa jerarca cultural del régimen, impulsora del renacimiento del nacionalismo búlgaro, mística interesada por la medicina alternativa y el ocultismo y fallecida en circunstancias jamás aclaradas, más de tres décadas después de su muerte la denominada “princesa roja” sigue siendo un enigma casi imposible de desentrañar. Pasó como un torbellino por la sociedad búlgara de la época y su recuerdo sigue presente a día de hoy. Quizás examinando su vida y su final consigamos arrojar un poco de luz sobre el persistente misterio que la rodea.

Zhivkova, nacida en 1942, recibió el nombre de Liudmila en homenaje a Liudmila Pavlichenko, legendaria francotiradora del Ejército Rojo considerada la más letal de la Historia (309 enemigos abatidos en la Segunda Guerra Mundial). Por aquel entonces su padre, Todor, formaba parte de la resistencia búlgara contra los nazis, presentes en el país desde 1941. Durante la infancia y la juventud de Liudmila, Todor Zhivkov fue ascendiendo los peldaños del poder en el Partido Comunista Búlgaro gracias a su astucia, a su habilidad para la intriga política y al apoyo de Nikita Jrushchov. Entretanto, Liudmila crece bajo la tutela de su madre, la Dra. Mara Maleeva, en el ambiente aislado y solitario en el que vivían los hijos de los altos cargos del Partido.

Acomplejado por su origen rural y su falta de cultura, Zhivkov decide ofrecerle a su hija una educación de élite: estudia Historia en Sofía, luego Historia del Arte en Moscú y completa su formación con una tesis doctoral en Oxford. Por aquel entonces, la arqueología y el arte ya se han convertido en sus grandes pasiones y, durante sus estancias de vuelta en Bulgaria, organiza en su casa los denominados “Viernes blancos”, unas veladas de periodicidad semanal en las que reúne en su mansión a toda una corte de intelectuales y artistas que, con el tiempo, se convertirán en colaboradores en sus proyectos culturales.

Aunque ya desde pequeña Liudmila fue la niña de los ojos de su padre, la Dra. Maleeva siempre se opuso rotundamente a que los miembros de la familia ejerciesen cargos de responsabilidad en el régimen para evitar acusaciones de nepotismo. Es por ello que la trayectoria pública de Zhivkova no se inicia hasta el año 1971, cuando Maleeva muere y Liudmila se convierte de facto en primera dama. A partir de ese momento y pese a la oposición de los sectores más tradicionales del Partido, Zhivkova empieza su meteórico ascenso por los distintos órganos de la jerarquía comunista hasta auparse como miembro del Politburó y ministra de Cultura.

Mecenas del régimen
A medida que va ascendiendo, Liudmila empieza a promocionar a artistas y corrientes estéticas que se alejan del paradigma del realismo socialista, aplicado férreamente como dogma hasta su llegada. Asimismo, impulsa el estudio y la difusión del legado de la civilización tracia, que jamás había recibido una atención tan exhaustiva en Bulgaria: bajo su amparo se realizan numerosas excavaciones y se organiza una exposición que recorre más de 25 países mostrando los tesoros encontrados en las tumbas de Kazanlak y Panagiurishte, entre otros artefactos.

El respaldo del poder también permitió a Zhivkova organizar iniciativas cargadas de megalomanía como Zname na mira (Estandarte de la paz), una gran asamblea infantil que reunió a niños de 79 países, cuatro razas y cinco continentes distintos. Además de contar con la presencia ‒inaudita en un país con poco peso internacional como Bulgaria‒ de personalidades como el director de orquesta Herbert von Karajan o el escritor infantil Gianni Rodari, con motivo de la asamblea en las afueras de Sofía se construyó Kambanite (Las campanas), un monumental complejo de hormigón con 68 campanas que los niños asistentes hicieron sonar para manifestar su deseo de vivir según el lema del encuentro: “Unidad, Creación, Belleza” –el cual la propia Liudmila, en una muestra de su particular concepción del comunismo, adoptaría como divisa personal.

10592992_707043496010205_4215359969760428240_n Liudmila Zhivkova, rodeada de niños durante la celebración de la asamblea infantil “Estandarte de la paz”.

Pero cualquier proyecto anterior palidece ante la celebración del 1300º aniversario de la creación del estado búlgaro. Zhivkova decidió convertir la conmemoración en una apoteosis de la cultura búlgara y el Partido le ofreció todos los medios a su alcance. Para la ocasión se puso en marcha un gigantesco programa que incluía numerosas actividades culturales y la construcción de monumentos por todo el país. El objetivo era poner de manifiesto la grandeza y la antigüedad de la cultura búlgara, pero también dejar claro que su apogeo era, de forma previsible, la época socialista y, más en concreto, el periodo que llevaba Todor Zhivkov en el poder. Hoy, la mayoría de monumentos –enormes acumulaciones de hormigón que han quedado como perfectas muestras de brutalismo– llevan décadas descomponiéndose lentamente, restos del naufragio no sólo de un orden estético, sino también de toda una cosmovisión, y permanecen esparcidos por todo el país como una advertencia muda sobre las convulsiones de la Historia.

shumen-monument-communism-bulgariaDetalle del monumento conmemorativo del 1300º aniversario del Estado búlgaro en Shumen, una muestra paradigmática del gigantismo de la época. Para llegar a él hay que subir exactamente 1.300 escalones y se puede ver desde 30 km de distancia.

Por los caminos de lo oculto
Unos años antes, en 1973, mientras regresaba del aeropuerto de Sofía Zhivkova había sufrido un accidente de tráfico que le causó graves lesiones en la cabeza. Liudmila agotó todos los recursos de la medicina convencional, incluida la colocación de una placa metálica en el cráneo, sin conseguir librarse de los vómitos, los desmayos y las terribles jaquecas que padecía. Frustrada, abjuró de los tratamientos establecidos y se volvió vegetariana: las fiestas mundanas, los cigarrillos y el alcohol dejaron paso a los remedios tradicionales búlgaros y a una alimentación espartana, basada casi exclusivamente en el zumo de perejil.

La adopción de las terapias alternativas y el vegetarianismo intensificó en Liudmila el interés que siempre había sentido por el hinduismo, el budismo y otras filosofías orientales. Para profundizar en estas doctrinas, Zhivkova aprovechó sus viajes oficiales a países como Nepal o la India, donde entre otras personalidades conoció a Indira Gandhi y, según algunas versiones, al gurú y hacedor de milagros Sai Baba.

En su sed por alcanzar una realidad trascendente, Zhivkova se adentró en el mundo de lo sobrenatural: empezó a ir acompañada por parapsicólogos y desarrolló una estrechísima relación con la legendaria Baba Vanga (abuela Vanga), una vidente anciana y ciega de enorme popularidad en Bulgaria. Baba Vanga vivía cerca de la frontera con Grecia, en un pueblo de casas desvencijadas y calles a medio asfaltar. Periódicamente, un coche de cristales tintados aparecía de improviso delante de su casa, la recogía y la llevaba a la mansión de Zhivkova en Sofía, donde solían tener lugar las sesiones de adivinación. Cada vez más inmersa en el mundo de lo oculto, Liudmila llegó a confesar a sus íntimos que era capaz de levitar y que, en sus sesiones de espiritismo, había entrado en contacto con los grandes personajes de la Historia –entre ellos Alejandro Magno, Napoleón Bonaparte e incluso Jesucristo– para preguntarles sobre el camino que debían seguir Bulgaria y el mundo.

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Liudmila Zhivkova, con Indira Gandhi en la India.

La afición de Zhivkova por la filosofía oriental y el esoterismo fue impregnando sus discursos en público, donde pasaba sin solución de continuidad de la retórica marxista al uso de conceptos como el Cosmos, la Unidad o el Fuego, para desesperación de la vieja guardia del régimen. Tampoco gustaban los contactos cada vez más estrechos de Liudmila con Occidente y con otros países ajenos al bloque del Este. Asimismo, empezaron a circular rumores sobre el saqueo masivo, por parte de su entorno, de obras de arte y fondos del presupuesto de la celebración del 1300º aniversario del Estado búlgaro, que además los sectores más ortodoxos habían interpretado como un despliegue de nacionalismo. Todo esto, sumado a la sospecha de que su padre albergaba la intención de nombrarla como sucesora, terminó convirtiendo a Zhivkova en un personaje tremendamente incómodo para muchos, incluida la URSS.

Una muerte jamás aclarada
A principios del verano de 1981, Liudmila empieza a sentirse extrañamente agotada. Pasa un tiempo en la montaña acompañada de un equipo médico que vela por su recuperación, pero su cansancio no remite y decide regresar a Sofía. De repente, a finales de julio los medios anuncian que ha sido encontrada muerta en el baño de su mansión, en el lujoso barrio de Boyana. La causa declarada de su fallecimiento –a la edad de 39 años– es una hemorragia cerebral.

A partir de ese momento, ante el vacío dejado por el secretismo oficial surgen mil teorías sobre su muerte. Aparte del fallecimiento natural, se ha apuntado que Zhivkova podría haberse suicidado con somníferos a consecuencia de la depresión que arrastraba por la corrupción en torno al 1300º aniversario del Estado búlgaro y la conciencia de que la URSS jamás le permitiría llegar a liderar el país. Según las versiones más suspicaces, Liudmila habría sido envenenada por orden del Kremlin, aterrorizado ante la posibilidad de que sucediese a su padre y alejase definitivamente a Bulgaria de la órbita soviética. Finalmente, algunas teorías de trasfondo ocultista relacionan su fallecimiento con una maldición por el supuesto hallazgo de la tumba de la diosa egipcia Bastet en el parque natural de Strandzha, cerca de la frontera con Turquía. Dejando de lado las explicaciones sobrenaturales, lo cierto es que el propio Todor Zhivkov escribió en sus memorias: “Me resulta difícil decir esto, pero no puedo afirmar si su muerte fue el resultado natural del agotamiento de su fuerza vital o hubo alguna ‘intervención’ externa”. Así las cosas, no resulta extraño que los rumores y las elucubraciones sobre la muerte de Liudmila continúen proliferando a día de hoy.

Más allá de la enorme popularidad de Zhivkova –su funeral fue el más concurrido de la historia de Bulgaria: 100.000 asistentes, según las cifras oficiales–, resulta difícil valorar su legado. Por un lado impulsó la cultura búlgara desbordando los parámetros del régimen y consiguió arrastrar, con la ayuda de la propaganda, a las masas detrás de su persona; por otro, fue la cara amable de un orden represivo y aprovechó su posición de privilegio para dar rienda suelta a sus ínfulas y su megalomanía. ¿Cuál es la verdadera Liudmila Zhivkova: la líder carismática que insufló sensibilidad y humanismo al dogma comunista o la diletante niña mimada de un dictador totalitario? Su ambigüedad, su complejidad y su muerte enigmática han hecho que la figura de Zhivkova quede envuelta para siempre en un halo de misterio. En cualquier caso, la suya fue una vida intensa, vivida rápidamente. “Pensad en mí como un fuego”, les decía a sus allegados en su última época. Treinta y cuatro años después de su muerte, los rescoldos de su memoria siguen ardiendo.

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Acerca de Marc Casals

Traductor e intérprete residente en los Balcanes. Twitter: @MarcCasalsIg

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