Los buenos serbios #pasajesbalcánicos

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La bondad local se esconde en los silencios, porque en los Balcanes el que mucho habla parece decir menos que el que nada dice. Sin recompensas, muchos hacen buenas acciones sin esperar nada a cambio, sin ni siquiera esperar los aplausos de una sociedad que muchas veces desconfía de la bondad, porque la bondad durante dos décadas fue un político con revolver en horario infantil.

La bondad local se encuentra en los puestos de carne a la brasa, entre los vendedores de girasoles y en las bibliotecas municipales. En pequeños gestos: en una ración extra de kajmak, en un paso de peatones en la calle Sarajevska, o en unas piernas que se encogen entre las butacas del Jugoslovensko dramsko pozorište, dejando pasar al último espectador en llegar. Hay que decirlo entre susurros, no vaya a ser que las garras de la suspicacia manchen de barro la blancura de estas buenas personas.

Desde hace una década una media de más de 1000 personas se suicidan cada año en Serbia. En cualquier caso muchas menos que durante los años 90, cuando la crisis secuestró las esperanzas de muchos. Esa cifra sería algo mayor de no ser por Renato Grbić, que, con su bote, mientras pesca, salva la vida de todos aquellos que se arrojan desde el puente Pančevački most al Danubio. Las aguas de este río tienen más corriente que las del Sava, y por eso son lugar de peregrinación obligado para muchos suicidas. Renato cuenta muchas cosas: que es gente desesperada, que no le dan las gracias, que siempre mira hacia el puente desde el restaurante del que es propietario, y que mantiene el trato con una sola de las personas a las que ha salvado, una de esas que celebra cada año haber vuelto a nacer. Las paredes de su local están repletas de reconocimientos, pero sus ojos no engañan cuando sabe que tantos ha salvado, 27 personas, como otros tantos no llegaron a ser salvados por sus brazos tatuados.

Porque la otra cara de la vida no es siempre la muerte, sino que es otra vida. La de Jelena Trikić, que decidió no someterse a una tratamiento de quimioterapia contra un tumor cerebral para no poner en riesgo su embarazo. Tal como dice el padre: «Estoy inmensamente agradecido a todas las personas que nos ayudaron en los momentos más difíciles, que vinieron a ayudar y prestar apoyo». La “madre coraje”, tal como se la conoce por los Balcanes, tiene un hijo que se llama Nikola, que nació mes y medio antes de que ella falleciera. Con sonrisa desinhibida y ojos sorprendidos, el pequeño Nikola mira a su alrededor como si el mundo fuera un espectáculo de fuegos artificiales, donde cada una de las detonaciones no permitiera ni siquiera un leve pestañeo.

«¿Sabe lo que es salvar la vida de alguien?… ¿Eh?… pues es lo que hizo Srđan». Así se siente de agradecido Alen Glavović desde que un grupo de policías militares, ebrios de alcohol y odio, una noche de invierno de 1993, en Trebinje, le hicieron salir arrestado de un bar simplemente por ser musulmán. Srđan Aleksić dio un paso al frente en favor de su amigo, con el que había compartido complicidades como socorrista, para evitar que Alen fuera agredido y confinado en una de esas cárceles de largos pasillos oscuros y cadenas adheridas a las muñecas y tobillos. El cuerpo de Srđan cayó al suelo a golpe de culatazos, para terminar muriendo entre las sábanas de un hospital después de 6 días en coma. En su esquela el padre escribió: «Murió cumpliendo con su deber humano».

¿Qué deber humano es ese? El deber humano que recorre las fibras nerviosas de cada sujeto, en alerta a partir de una conciencia construida a base de abrazos y cartas de amor. Una conciencia como la de Duško Krsmanović, que yendo por la carretera vio como un tejado arrojaba llamaradas de humo. Duško retrocedió después de 1 km, y decidió indagar qué ocurría en esa casa. Tras sacar a Radenko Delić de la cama donde dormía, dos minutos después el tejado caía sobre el interior de la vivienda, como el final anunciado de una película de acción. El verso final del poema fue que Duško fotografió el incidente con el móvil, pero lo hizo una vez ya había salvado la vida de Radenko. Porque el orden de prioridades entre las buenas personas no se negocia, como no se negocia la temperatura a la que se infla el plan en los hornos de una pekara.

Será por eso que desde Pirot surgió una iniciativa que le sabrá a cualquiera a hojaldres recién hechos. Los clientes podían comprar bollos para aquellos que no podían proveerse alimentos, de tal manera manera que en torno a 10 personas diariamente tiene acceso a alimento en una ciudad donde el desempleo sale a la calle a pasear por la mañana y no vuelve hasta que anochece. De este mismo modo, porque en las pekara pueden ocurrir cosas maravillosas, Zoran Fotić, dueño de las pekara “Fofa” en Belgrado, reparte panes de forma gratuita a aquellas mujeres embarazas que se acerquen a sus establecimientos. ¿A cambio de qué? Pues de que le den una fotografía de sus recién nacidos. Ya tiene más de 100 en la pared de uno de sus locales. Zoran dice que: «este es el mayor reconocimiento a mi trabajo». Y así ya van 6 años.

En Serbia hay en torno a 100.000 personas que viven por debajo del umbral de la pobreza. De las cuales algo menos de 35.000 acuden a las 75 cocinas populares (Narodne kuhinje) donde pueden comer una vez al día. En esos lugares explosiona la calidez de una sociedad que no le pone firma a las buenas acciones, porque para eso ya estamos algunos que admiramos como la bondad se reparte, como se reparten los papelitos de propaganda para las academias de inglés en la curva de Terazije. No tenía razón el gran Duško Radović cuando decía: «Amor hay tan poco en este mundo, que quien sabe amar no necesita hacer otra cosa». Entre los serbios, hay mucho amor, lo que pasa es que su bondad es silenciosa, como lo es la sonrisa de un vecino que queda impresa en el reflejo de su televisor recién apagado ¿Qué sonrisa es esa? La sonrisa de los buenos serbios.

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Imagen: Ljubar

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Acerca de Miguel Rodríguez Andreu

Editor de Balkania y autor de Anatomía serbia. Twitter: @miguelroan1

3 comentarios para “Los buenos serbios #pasajesbalcánicos

    • Miguel Rodríguez Andreu

      Gracias por tu mensaje. Hay mucha bondad, desinteresada y sin focos. A veces la discreción o reservas de los más bondadosos hace que no se conozcan más historias como estas. Forma parte del encanto local descubrirlas o intuirlas. También creo que publicitarlas contribuye a que se conviertan en referencias para otras personas, o por lo menos en este texto he querido tener ese espíritu.

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  1. Anahí

    Es muy loco cómo llegué acá.., pero te quería agradecer y felicitar por tan hermosa y sensible nota:).
    Y consultarte si hay alguna manera de contactarte, que no sea vía Twitter, ya que no tengo.
    Muchas gracias:), Anahí

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