Miles Davis y las trompetas de Guca

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Todo artículo sobre el festival de trompetas de Guca que se precie hace referencia a la famosa visita que Miles Davis hizo en un año indeterminado de los 70. “No sabía que se podía tocar la trompeta de esta manera”, dijo la leyenda del jazz según la mitología aceptada. Un momento de estupefacción que, sin importar el sazonado o incluso su veracidad, dejó un eslogan que complace tanto a los orgullosos serbios como al periodista de turno. Sin embargo, cualquiera que haya vivido la inefable realidad de Guca sabe que el chascarrillo se queda corto.

Reducir el Festival de Dragacevo al sonido de un instrumento es embobarse con el dedo y olvidarse de la luna. Las trompetas marcan el tempo de un vals alocado que se alarga durante una semana por las calles de Guca y en el que participan unas 300.000 personas –el pueblo tiene 2.000 habitantes-. En este contexto, el concurso de bandas no pasa de ser una relevante anécdota.

La primera impresión al llegar a Guca es la de un gran mercadillo a medio camino entre la exaltación nacional –imprescindibles los gorros militares- y un concurso de asados domingueros. Todo cambia al sentarse a comer. Sin tiempo a llevarse a la boca una cucharada de un guiso hecho con patatas, cebolla y un animal descuartizado, aparece la primera banda con el solista flotando sobre la nota de arranque. Y de este primer conjunto se reproduce el milagro de los panes y los peces. De repente, centenares de grupos se lanzan a las calles y a los bares y arrancan los bailes más multitudinarios que se puedan imaginar. Ríos de billetes sobre la boca de las trompetas y el playlist con Mesecina, Ederlezi y Kalasnjikov en bucle. De 7 a.m. a 2 a.m.

brassAnte tal panorama son esenciales dos requisitos: adorar el sonido de la trompeta y acertar en la elección del alojamiento. Dormir en el patio de una de las viviendas céntricas al lado de un grupo de macedonios llenará el anecdotario, pero es una condena a unirse al rastrillo de cuerpos inertes que se acumulan en Guca a partir del día 2. Los únicos capaces de llegar a la última jornada sin pisarse las ojeras al andar son los precavidos que se agencian una cama en una de las casitas apartadas en la montaña. A medio quilómetro de distancia las siete trompetas del apocalipsis son un agradable acompañamiento a una charla de sobremesa con un huésped serbio bonachón.

Caos controlado

El de Guca no es uno de esos festivales a los que uno puede ir con el programa estudiado. Es decir, existen trípticos con información detallada, e incluso una página web, pero son poco más que orientativos. Pocos días antes de iniciar la edición de 2013, la organización anunció la caída del cartel de Emir Kusturica. Lo que en otros festivales hubiera acabado con la toma de La Bastilla, aquí se resolvió con la convocatoria de Dejan Petrovic y del grupo de rock Hypnotized, que jugó con la paciencia de los más puristas. Y del simulacro de boda tradicional previsto para la matinal del domingo no tuvo noticias ni el novio, que aún debe preguntarse qué estará haciendo mal para no casarse ni de mentirijilla.

Todo esto forma parte del inexplicable caos controlado que es Guca. En el que una veintena de borrachos se abalanzan sobre la endeble estatua de un trompetista. La patrulla de dos policías que debería velar por la seguridad se toma un botellín de cerveza sin el más mínimo disimulo. Las bandas callejeras reciben los bailes y los billetes de los bolsillos de los espectadores como maná caído del cielo. Y en el que los esforzados grupos locales que participan en el concurso actúan ante decenas de miles de personas y son tratados como héroes por tocar la trompeta como un Jimi Hendrix desbocado.

Y esta bomba siempre a punto de estallar acaba con una simple nube de vapor. Con el desmantelamiento ordenado de las tiendas de campaña en el último día. Con la oportunidad de sentarse al pie de la montaña con un Drina en la punta de los labios para formar parte, aunque sea por un instante, del ritmo anodino en el que reposa Guca 358 días al año. Si alguien le hubiera preguntado a Miles Davis qué le parecía todo aquello, lo más probable es que se hubiera quedado boquiabierto, incapaz de articular palabra.

Imágen de portada: Fraser Lewry

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Acerca de Víctor Solvas

Periodista. De vuelta tras más de dos meses dedicados a descubrir los Balcanes. Twitter: @vsolvas

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