Navidad en los Balcanes

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Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y Reyes. Esta sería la hoja de ruta de nuestras fiestas navideñas, un calendario que se reparte entre familias para cumplir la tradición de sentar a cuantos más mejor alrededor de la mesa. Salvo el fin de año, aunque determinado por los calendarios gregoriano y juliano, el resto de celebraciones tienen un origen religioso. ¿Qué ocurre entonces donde conviven católicos, ortodoxos, judíos y musulmanes, entre otras religiones? ¿Qué se celebra, qué comen, qué se regala y por qué brindan en los Balcanes?

Albania

Isabel Leal

Las fiestas de invierno giran en torno al fin de año, cuando todos, musulmanes, bektashies, ortodoxos, católicos o adoradores del monstruo volador de espaguetis, visten sus mesas de fiesta. Es una fiesta laica que les une a todos y que se celebraba también cuando Albania era un estado oficialmente ateo y los regalos a los niños los traía el Viejo del Año Nuevo (Plaku i vitit te ri).

En estas fechas en las mesas de casi todas las casas, sean de la religión que sean, suelen aparecer esas viandas que tienen atareadas a las mujeres en la cocina todo el día: dollma (rollitos de la hoja de alguna verdura- col, hoja de parra…- rellenos de carne y arroz), byrek, bakllava y shendetli (un dulce algo gelatinoso hecho con harina, mantequilla, mucho azúcar y nueces). Y se brinda con raki.

El 31 de diciembre a las doce de la noche se tiran miles de petardos que retumban como tiros de kalashnikov en una boda y los jóvenes salen de marcha con los amigos. Pero las celebraciones de los albaneses son en las casas y o estás dentro o no te enteras. El primer diciembre que pasé allí, en 2007, llegó sin hacer ruido, sin apenas luces o decoraciones especiales preparando nuestro espíritu navideño, ni villancicos melosos en los hilos musicales de los supermercados. Y yo, que en Madrid vivo a un tiro de piedra del epicentro navideño “Puerta del sol – Cortilandia – Plaza mayor”, era tan feliz…

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Fin de año en Saranda 

Sin embargo, desde hace unos inviernos la capital albanesa se viste de Navidad, como todo hijo de vecino. En 2011 terminaron las obras de remodelación en la plaza de Skanderbeg y plantaron un enorme árbol de navidad que la gente visitaba para hacerse fotos y colgarlas en Facebook. Y me recuerdo por las mismas fechas recorriendo un mercadillo de casetas de madera en la entonces recién inaugurada calle peatonal, la Rruga Murat Toptani. Porque ¿qué es una capital europea sin su mercado navideño? Lo divertido es que en una caseta vendían tabaco, en otra alquilaban coches, en otra una asociación de mujeres exhibía sus tapetes bordados y sus patucos de lana y en otra se podían comprar chanclas, toallas y otros productos made in china. También se podían comer unos qofte, tomar una cerveza y beber vino caliente, costumbre que tiene sentido si estás en una plaza de Budapest a cinco bajo cero pero que no termina de pegar mucho en un día de diciembre en Tirana, donde el termómetro no baja de los diez grados y el abrigo, al sol, casi estorba. Y es que el ambiente navideño al más puro estilo anuncio de coca-cola se ha instaurado en Albania, como en todas partes (y como ha pasado con Halloween o San Valentín). Eso sí, los albaneses son pragmáticos y reutilizan las casetas de madera y las luces de colores para otros eventos a lo largo del año (bajram, fiesta del verano -nevruz-, pascua, 1 de mayo…)

Tal vez (ojalá) perviva en alguna parte del país alguna costumbre más auténtica o más ancestral que se me escape. Me cuenta una amiga que el 1 de enero hay que tener en cuenta quién es el que primero pisa la casa, la primera visita. A lo mejor está relacionada con esa tradicional hospitalidad de la que los albaneses hacen gala.

Bosnia

Vanessa Ruiz

En Sarajevo, entre los meses de diciembre y enero se suceden tres de las principales fiestas religiosas que anuncian la llegada del nuevo año: la festividad judía de Hanuka, la Navidad católica y la Navidad ortodoxa. El centro de Sarajevo se corona de luces y en la plaza Oslobodjenje desaparecen los habituales jugadores de ajedrez, y en su lugar, se construye un pequeño mercado de Navidad que poco tendría de especial si no fuera porque incorpora un elemento que lo hace único: la kafana. Cuando cierran las casetas donde se venden artesanía local y souvenirs navideños empiezan los conciertos en vivo, que hacen gala de una ecléctica selección musical: desde la sevdalinka más exquisita (hace dos años cantó Amira Medunjanin) hasta la música característica de cualquier kafana, pasando por los tamburaši, el rock yugoslavo y algún tema de turbofolk que siempre acaba colándose por los altavoces. El eco de la música de esta kafana navideña retumba de madrugada en el centro de la ciudad y nos recuerda, desde mediados de diciembre, que se acerca el fin de año. Pero vayamos por partes.

La comunidad sefardí celebra el Hanuka, la festividad judía de las luces, en la que se conmemora el milagro según el cual el candelabro del templo de Jerusalén se mantuvo encendido durante 8 días con tan solo unas gotas de aceite. En homenaje a esta historia talmúdica, los judíos encienden cada día una vela en su candelabro, al que llaman menorah. Si uno da un paseo por los barrios próximos al centro de la ciudad, podrá observar que, en algunas casas, la pequeña comunidad sefardí de Sarajevo mantiene esta tradición exhibiendo su candelabro encendido en la ventana. En la sinagoga, la comunidad se reúne para encender las kandelikas, los jóvenes cantan canciones en judeoespañol y se comen unas pastas especiales preparadas para la ocasión. Pasear junto al río Miljacka por la noche y ver la menorah gigante en el patio de la sinagoga con sus kandelikas prendidas forma parte de la estampa de la ciudad en estos días de invierno.

La Navidad católica coincide en gran medida con las tradiciones y rituales de nuestra Navidad, y en la ciudad se hace notar por las campanadas de la catedral, la afluencia de público en las iglesias durante la Misa del Gallo o polnoćka, como aquí la llaman, y sobre todo por la vuelta a casa de los seres queridos. La única diferencia notable es que la víspera de Navidad no se come carne sino huevos y pescado. Es costumbre, además, plantar una semilla de trigo en señal de prosperidad e ir regando la planta hasta el día de Navidad, por eso estos días en los supermercados se venden unos tiestos con semillas plantadas ya preparados para cumplir con esta tradición en versión urbanita.

La Navidad ortodoxa sigue el calendario juliano, de modo que se celebra el 7 de enero. En la víspera de Navidad se prepara una copiosa comida para el día siguiente que consiste en cordero empalado y dulces. Esa noche es tranquila, no se sale y en teoría, no se debe comer carne ni productos lácteos. El 7 amanece con la visita de un familiar o amigo querido que, al pasar el umbral de la puerta, traerá suerte a la familia y dejará algún que otro regalo para los más pequeños. Después se come en familia y se acompañan de un pan en cuyo interior hay una moneda y un trozo de madera: al igual que con nuestro roscón de reyes, la moneda es signo de buena suerte, y el que se encuentra con el trozo de madera es el hazmerreír de la mesa.

Pero lo que verdaderamente une a todos los sarajevitas es la celebración del fin de año el día 31 de diciembre, noche en la que toda la ciudad se viste de gala y cualquier local nocturno, bar o restaurante ofrece una gran fiesta y/o espectáculo que se alargará hasta altas horas de la madrugada. Las celebraciones en Sarajevo continuarán hasta mediados de enero, pues los ortodoxos celebran su fin de año el día 14, en el hacen exactamente lo mismo que hacemos todos en el año nuevo, pero en su caso por partida doble. Ser extranjero, vivir en Sarajevo y no viajar durante estas fechas nos asegura vivir de primera mano todas y cada una de estas celebraciones: así es la hospitalidad bosnia. Eso sí, el 15 de enero está uno agotado.

Kosovo

Ginés Alarcón

Como no he pasado ninguna Navidad en Kosovo, documentarme para este artículo ha sido complicado porque no he escuchado dos versiones iguales. Mi conclusión es que dependiendo del barrio, de la familia, o de la clase social, que para los albaneses de Kosovo se divide básicamente entre los que vivían en la ciudad y los que vinieron del campo, las costumbres varían. Mi suegro Nexhmedin recuerda en los sesenta juntarse con amigos, cenar pollo al horno y brindar con Yupi, bebida instantánea de limón, mientras escuchaban el cambio de año en una radio Kosmos. En cambio mi suegra, Nazmie, que vivía a 500 metros, dice que hasta los setenta no había celebración especial, cuando convirtió en tradición preparar una tarta Katerina, con nueces y crema pastelera.

Curiosamente, a partir de mediados de los 80, era costumbre salir a celebrar la Nochebuena. Y todavía hoy se mantiene. La noche del 24 hay fiesta en Pristina, incluso -y esto me produjo un cortocircuito-, durante un tiempo era tradición para los jóvenes ir a la Misa del Gallo, aún viniendo de entornos y familias musulmanas, para después empezar la ruta de bares. Hoy en Kosovo, la Navidad católica y la ortodoxa son fiesta oficial.

Fin de año es el despiporre, porque también celebran la noche del 1. Pero en familia la celebración más importante es el 31, y además de la gastronomía albanesa, la ensaladilla rusa es habitual en muchas mesas. En año nuevo mis amigos recuerdan ir a comprar chocolate a la tienda de la croata Kras que había en el paseo Madre Teresa, era un producto de lujo reservado para ocasiones especiales. Por cierto, y que los confirmen mis vecinos balcánicos, con los fuegos artificiales son bastante brutos. Pensaríamos que en el lanzamiento de petardos en general hay poco margen para la delicadeza pero lo hay. Yo lo he descubierto en Pristina.

En casa de mi amigo Adnan, Babadimri (papá invierno) vendrá este año por primera vez el 31. Nunca ha habido un día concreto para intercambiar regalos, pero era tradición que la versión albanesa de Papá Noel pasara por oficinas y fábricas para traer chocolate y juguetes los hijos de los trabajadores. Los pequeños, por norma, escribían decenas de felicitaciones, con pareado incluido, en postales con motivos invernales. Todo muy neutro, muy socialista.

Capítulo aparte merecen los expatriados. Para Andrés Moreno, veterano en la región, esta será su segunda Nochebuena en Kosovo, y se juntarán la media docena de españoles que quedan alrededor de chuletones made in USA, pescado de la costa albanesa y cava. La primera fue en 2005, recién llegado. Después de cenar con media comunidad internacional fueron a la parroquia católica de Ulpiana, y el día de Navidad compartieron rancho en la base española de Istok, donde tomó esta foto de un Belén con soldados Geyperman:

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Montenegro

Marc Casanovas

Al igual que sucede en muchos otros países balcánicos, el 25 de diciembre es en Montenegro un día como cualquier otro. Es cierto que existe una minoría católica distribuida por la costa desde Boka Kotorska hasta Sveti Stefan, despatarrada esa tarde en el sofá tras una abundante comida de Navidad, indecisa entre el televisor o la almohada, pero pasa prácticamente desapercibida al lado de la mayoría ortodoxa.

Esta espera hasta el primer alba del nuevo año para abrir los regalos traídos por Papá Noel, que divierten a los niños toda la semana mientras sus padres se las arreglan para conseguir días de fiesta (oficialmente solo 1, 2, 6 y 7 de enero). El 6 de enero, víspera de Navidad, los varones de cada familia suben temprano al monte para escoger troncos jóvenes y rectos de roble, llamados badnjak, que situarán delante de la puerta su casa hasta el anochecer. Las mujeres se quedan en casa cocinando. Por la mañana, priganice (buñuelos) con miel o azúcar. Para comer es habitual el pescado, pues es día de post (sin carne). Antes de cenar, el padre de familia enciende el badnjak, creando así una pequeña hoguera donde se tostará pan que acompañarán con vino.

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De vuelta con el badnjak

Existe también la opción más moderna de quemar el tronco ante la iglesia de cada pueblo, y entre estas la fiesta de Cetinje es la más multitudinaria ya que incluye tanto a ortodoxos serbios (reunidos delante del monasterio) como montenegrinos (reunidos en la plaza mayor), una división resultante de la desconcertante mezcla entre religión y nacionalismo.

El siguiente amanecer aguarda la llegada de un vecino o familiar, necesariamente hombre, que trae consigo regalos y es invitado a desayunar. El banquete de verdad, traca final de las fiestas, se deja para la hora de comer; después de un día sin carne lo que más apetece es un buen pečenje (asado) secundado por embutidos autóctonos, hortalizas al horno y ensaladas. La comilona más mediterránea que se cocinará ese día en los Balcanes.

Serbia

Miguel Rodríguez Andreu

La Navidad serbia es un verano, no por el tiempo que hace sino por lo que dura. Los ortodoxos, son un poco como los ingleses, tienen sus propias medidas y lo hacen más tarde, según el calendario juliano, el día 6 y 7 de enero. Además, son supersticiosos, así que aunque no celebran nada el 24 y el 25, sí que miran de reojo el calendario, colocan sus felicitaciones en Facebook para las otras minorías requete-étnicas. Lo hacen con el Bajram… y lo hacen con Halloween. Celebran el fin de año all around the world el día 31, pero también el día 13 de enero, según su calendario, pero ya en plan petardos, chandals, tubos de escape y hooligans, aunque compute como jornada laboral. Los gitanos roma se toman el fin de año serbio (más en serio-serbio) y celebran la Vasuljica comiendo ganso a lo grande.

Un verano, porque entre noviembre, diciembre y enero se celebran varias slavas, fiestas del santo familiar, con lo que van de casa en casa con la boca llena de granos de trigo (žito). El rendimiento en el trabajo desciende, las ciudades se vacían porque casi todo el mundo tiene pueblo, y se entra en un estado contemplativo frente al televisor con almíbares, delicatessen turcas y bebidas de colores… hasta que el estómago acaba pidiendo socorro. Pero para eso están las largas horas de sofá frente a Jennifer Aniston y Macaulay Culkin. El que no, estará en una cena de ministerio, presentaciones de libros de las Guerras balcánicas o kafanas atestadas de fumadores hablando de si Serbia debe de alinearse con la UE, Rusia, China o Azerbaiyán o si deberían de comerse un trozo más de pihtije. Se comen un trozo más de pihtije.

El 6, por la mañana, el macho alfa va a recoger ramas de roble al bosque para quemarlas (¡ssssshhh!.. las compra en el quiosco de abajo), y si el serbio en cuestión se toma las festividades muy en serio, debería ir a al templo ortodoxo para que el pope de turno rompa el ayuno. Pero los serbios, sin embargo, son unos cachondos. Justo la nochebuena, ese día, no comen carne. Mira tú, se pasan el año comiendo carne y, justo, el día que toca, se alimentan a base de truchas, frutos secos, judías y repollo (Badnje veče). Este es el día de las ventosidades patrias (dobar pasulj daleko se čuje – las buenas judías se oyen lejos). Luego, siendo tan de aparentar durante todo el año (foliranje), llegan las Navidades y convierten las casas en establos: todo lleno de ramitas, papelillos y tierra seca. Son así.

En el desayuno del día de Navidad se ofrece la česnica, un pan gigante con una moneda escondida que se rompe con las manos y la suerte para quien escoja el trozo adecuado. Sin embargo, el afortunado es el položajnik, el niño que traerá la suerte a la casa y que recibirá las mejores atenciones. Para comer: un pedazo de asado que huele toda la casa a carnicería en llamas.

Las buenas judías se oyen a lo lejos… señores y señoras… una Navidad veraniega, entre muchos regalos y entre muchos gases. Eso sí, en familia, cada una con sus tradiciones locales, pero siempre a gusto, como se merecen los más ortodoxos y los no tanto.

¿Conoces más tradiciones de otras regiones de los Balcanes? ¡Cuéntanos en los comentarios!

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Acerca de Ginés Alarcón

Periodista. Editor de Revista Balcanes. Twitter: @ginesalarcon

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