Nikola Tesla, o cómo quedar en la sombra alumbrando al mundo

Reconozco que era muy joven e inocente la primera vez que llegué a Belgrado, pero no deja de sorprenderme el hecho de no tener en ese momento la más remota idea de quién podía ser el personaje que da nombre al principal aeropuerto de Serbia. Tampoco le di mayor importancia, pues muchas veces los ídolos nacionales no traspasan fronteras y además, el limitado tiempo del que disponía para conocer la ciudad no me hubiera permitido entrar en grandes reflexiones.

Pasaron semanas hasta que conseguí volver a coger la dinámica habitual en Barcelona, cuando en medio de una de esas clases tan densas de electromagnetismo oí la palabra “tesla”. Aquello dio la sesión por acabada para mí, ya daba igual si estaba sentado en un incómodo taburete rodeado de un centenar de estudiantes en mi facultad de la Diagonal, porque en mi cabeza se hizo la luz. Me vi paseando por Knez Mihailova al son de acordeonistas callejeros y con mis ojos puestos en la verde fortaleza de Kalemegdan. Aquello activó mi interés para conocer al científico más reconocido de los Balcanes.

Nikola Tesla nació el 10 de julio de 1856 en Smiljan, antiguo imperio austrohúngaro y actual Croacia, de padre sacerdote ortodoxo serbio y madre sin educación formal, pero de la cual provenían su memoria fotográfica y su capacidad imaginativa. Superando las adversidades (sufrió tuberculosis y la muerte de su hermano mayor) y las imposiciones de la época (su padre quería que ingresara en el sacerdocio), entró en la Universidad de Graz (Austria) y destacó como un genio nunca antes visto, aunque acabó sin graduarse por sus conflictos con profesores y su adicción al juego. No tener un título oficial nunca le supuso un problema, ni siquiera en sus años de juventud. Su talento le llevó a liderar el departamento de electricistas de la central telefónica de Budapest. Pero no era feliz:

“En Budapest podía oír el tictac de un reloj aún con tres habitaciones entremedio. Una mosca aterrizando sobre una mesa en la habitación me causaba un ruido sordo en la oreja. Un carruaje pasando a una distancia de algunas millas sacudía todo mi cuerpo. El silbido de una locomotora a unas veinte o treinta millas hacía vibrar el banco o la silla donde estaba sentado de manera tan violenta que el dolor era insoportable”.  Yo y la energía (Turner)

Todo cambió cuando, en uno de los habituales paseos por el parque urbano de la ciudad húngara en 1882, y mientras recitaba Fausto de Goethe, le vino a la cabeza “como un destello de un relámpago” la idea del motor de inducción, nítida y clara. Rápidamente plasmó sobre la arena, con un bastón de madera, el mismo diagrama que pocos años después presentaría al Instituto Americano de Ingenieros Eléctricos. Para hacernos una idea, un motor de inducción es un motor eléctrico de corriente alterna en el que interaccionan imanes y bobinas que mediante fuerzas electromagnéticas inducen tensión en el rotor. Se utilizan en la mayoría de aparatos domésticos e industriales incluso hoy en día, por su fiabilidad y precio.

Tras una corta estancia en París trabajando para la compañía de Thomas Edison (su futuro gran enemigo). Se trasladó a Nueva York, donde llegó con cuatro céntimos, una carta de recomendación y vivo de milagro. Primero le robaron, y luego estuvo a punto de ser tirado por la borda durante un motín en el barco en el que viajaba.

La carta, escrita por un socio europeo de Edison, se la entregó a éste al presentarse en su oficina para pedirle trabajo. Según cuenta la leyenda, decía: “Querido Edison: Conozco a dos grandes hombres y usted es uno de ellos. ¡El otro es este joven!”. Dudando de su capacidad, el jefe americano le ofreció 50.000 dólares si mejoraba los rendimientos de motores y generadores de la compañía y el ingeniero se lo creyó. Al ir a recoger su cheque tras meses de trabajo, Edison le respondió: “¡Tesla, aún no has entendido el humor americano!”. Ese mismo día dimitió y nunca más trabajó para él.

A partir de ahí, alternó pena y gloria hasta que en 1887 consiguió hacer realidad su motor de inducción, tras remodelar la corriente alterna tal como nos llega hoy en día a nuestras casas, siguiendo las indicaciones de aquella visión que tuvo mientras paseaba.

Fue contratado por la compañía de George Westinghouse, que buscaba una alternativa al sistema patentado por Edison, utilizado hasta la fecha. Este conflicto provocó la denominada “Guerra de las corrientes”, cuando Edison, víctima del miedo, intentaba demostrar la peligrosidad del método: difundió casos falsos de accidentes, electrocutó públicamente a perros y gatos callejeros, y dirigió a algunos de sus técnicos hacia el diseño de la silla eléctrica. Hasta cambiaba la palabra “electrocutado” por “Westinghoused”. Pese a su determinación, no pudo evitar que el método de Tesla, mucho mejor, saliera vencedor de la batalla.

Hace diez años, cuando nos conectábamos a internet con el módem de telefónica, ¿a cuántos se nos ocurrió que podríamos hacerlo sin cables mediante Wi-Fi? Pues Nikola Tesla desarrolló en 1891 la transmisión inalámbrica de energía, nombrada más tarde efecto Tesla en su honor. Incluso hizo demostraciones sujetando fosforescentes que se iluminaban sin tener ninguna fuente de energía conectada, provocando la incredulidad de muchos de los presentes. Creó también la bobina de Tesla, mejorándola en 1902. Un instrumento muy útil que utilizaba para transmitir energía sin cables y, entre muchas otras aplicaciones, la comercializó para mandar telegramas hasta los años veinte.

Después de experimentar con los rayos X, Tesla sorprendió a todos en una exposición en el Madison Square Garden de Nueva York con un barco controlado por radio. Los testigos hablaron de magia, telepatía, y hasta de un mono entrenado para pilotar escondido dentro de la carcasa. ¿Quién no hubiera pensado lo mismo?

Nikola Tesla en Colorado

Tesla se trasladó a Colorado (en la imagen su laboratorio) para evolucionar en sus teorías de transmisión de energía a gran escala, lo que le permitió empezar su último proyecto, el que más controversia ha generado: La torre de Wardenclyffe, en Long Island (Nueva York).

La idea era que sirviera para la transmisión de energía sin redes, llamadas telefónicas transatlánticas, radiodifusión e incluso envío de imágenes. ¡En 1901! El hecho que Marconi hubiera inventado ya la radio (utilizando patentes de Tesla), y la falta de resultados económicos a corto o largo plazo provocaron que se le retirara la inversión. La torre no se acabó, dejando para el misterio lo que pudiera haber sido. El balcánico nunca lo entendió:

“No es un sueño, es una sencilla tarea de ingeniería eléctrica científica, solo cara – ¡ciego, pusilánime, dudoso mundo!”

En sus últimos años de vida, Tesla siguió imaginando y patentando algunos diseños, aunque al no sentirse presionado tenía tiempo para historias románticas y no precisamente con mujeres, con las que nunca se relacionó por temor a que le desconcentraran de sus planes. Acostumbraba a dar de comer a las palomas de Nueva York, hasta que encontró al amor de su vida, una preciosa paloma blanca:

“Sí, amaba a esa paloma, la amaba como un hombre ama a una mujer, y ella me amaba a mí”.

La muerte de su paloma significó el final de la inspiración y el principio del decaimiento. A los 86 años, murió tranquilo y solo en la habitación de su hotel. Siempre se había alojado en ellos por la comodidad de disponer de sirvientes. Todos sus documentos, algunos inéditos, fueron incautados por el FBI por miedo a que cayeran en las manos equivocadas, pues Tesla aseguraba haber inventado un “rayo de la muerte” capaz de acabar con todo un ejército. La mayoría de aquellos documentos nunca han salido a la luz.

Hoy en día, en los círculos más técnicos, su reconocimiento es merecido, por su contribución al estudio del electromagnetismo y sus inventos revolucionarios. Pero se me hace difícil entender la poca atención popular que ha recibido del mundo el científico balcánico más internacional de la historia. Al llegar ese día a Belgrado yo conocía a Edison, Marconi, Newton, Planck y a otros muchos científicos importantes, pero no a él. Quedó relegado a un segundo nivel, a servir de combustible para teorías de la conspiración, entre ellas la comunicación interestelar, ovnis y el suministro de energía gratuita para todos.

Sus múltiples aptitudes llegaban hasta la filosofía y la poesía, como los grandes y célebres filósofos matemáticos de la antigua Grecia o de la Francia del siglo XVII.  Un hombre pacífico, reflexivo y honrado, que antepuso el progreso humano al éxito personal, como demostró no patentando muchas de sus hazañas. Lejos de pelear por su lugar en la historia, nos dejó a los actuales y futuros habitantes del planeta la responsabilidad de hacerlo por él:

“Dejemos que el futuro diga la verdad, y evalúe a cada uno de acorde a su trabajo y sus logros. El presente es suyo; el futuro, para el que realmente he trabajado, es mío”.

Imagen de portada: Nikola Tesla, ilustración de Matthew Ridway

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Acerca de Marc Casanovas

Estudiante de Ingeniería Industrial en la UPC (ETSEIB).

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