Nuevo Belgrado: amor de hormigonera

Podría buscarte todas las noches entre los edificios de hormigón. Pero sé que no te encontraría jamás, porque sería Nuevo Belgrado quien lo hiciera. Entre semáforos en rojo y avenidas desangeladas, seguiría la línea del 83, mirando en cada una de las paradas sin éxito. Obsesivo. Iría a paso enérgico, ocultando mi desesperación, ante la mirada sombría de la gente. Pidiendo auxilio y, sin embargo, incomprendido, tanto como es el balanceo de un columpio en un jardín infantil cuando cae la madrugada.

bel2Toda esa morfología mastodóntica, kilómetros de soledad para ti y para mí, entre aceras, rotondas y galerías. Estaríamos mejor en completa y profunda oscuridad, dentro del sótano de algún edificio: qué luz tan desagradable la del neón de Gazprom en un valle de contemplación como es la calle Mihajla Pupina. Entre el cristal y el aluminio, qué heladas deberían ser todas las pasiones. La nuestra, frente a los cajeros automáticos, era un beso caliente y, sin embargo, nuestras narices, siempre frías.

¿No recuerdas cómo nos conocimos? Comiendo ćevapi en el Cica, discutiendo si el kétchup y la cebolla debían servirse juntos o no. Como si quisiéramos encontrar nuestro amor masticando carne. Antes nos habíamos sentado el uno frente al otro debajo del Hotel Yugoslavia, en el Sugar & Spice, mirándonos con indiferencia, mientras unas camareras en patines y pantalón corto se desplazaban por el piso. ¡Mira!: así empezó la relación entre Dragan y Nina en la película “Días“, ignorándose y, luego, ambos, frenéticos, terminaron haciendo cochinadas en una atalaya de piedra junto a la pista de aterrizaje de un aeropuerto abandonado.

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A la gente en Nuevo Belgrado se la ve a lo lejos, desnuda frente al brutalismo de sus edificios y, tal vez por eso, sus miradas, se vuelven huidizas, como nosotros, como las ventanas de Televizorke; edificios tan misteriosos en su vastedad como los pasillos del Palata Srbije o como una noche en un parking del Delta después de ir al cine en 3D. Tú saliendo de esa Universidad con reputación de discoteca, y yo, con desdén, disimulando delante de la puerta en zapatillas blancas para irnos a comer palačinke. No había hecho otra cosa durante el día que especular en Facebook si tu culo estaba sentado donde decías que estaba.

Nuevo Belgrado se convirtió lentamente en melancolía, con nuestros paseos junto al Sava, y se convirtió en meditación oriental, tú sobre mis piernas y yo en un banco de Ušće. El desierto de aceros, grúas y excavadoras fue un muro inexpugnable, y comencé a cavilar sobre escaleras mecánicas, bicicletas y ascensores, todo aquello que me condujera hacia ti, como los tranvías cuando despiden estelas eléctricas sobre el pavimento de Milentija Popovića. Aquel concierto de Gibonni en el Sava Centar. Yo escuchándote, y tu cantando. Yo mirándote, y tú bailando.

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Jugábamos a ser felices. Las tardes de los viernes bromas con la cajera del Maxi, ¿y la mañana de los domingos? Café recién hecho. El cuentakilómetros de nuestra historia no paraba se sumar, como marcan los contadores de los camioneros turcos, los que veían tu nombre en grandes letras sobre las vigas horizontales de un puente bajo la torre Genex. Tú y yo frente al televisor, patatillas y palitos de cacahuetes, y cervezas con sabor a fruta. Los dos en un rincón: protegidos del invernadero de farolas que veíamos desde el noveno piso, mientras llegaba el invierno y la nieve se precipitaba sobre el adoquinado.

Pero hubo épocas en las que te alejabas. Y yo me disipaba como el vaho entre los bloques de Bežanija, entre la comida rápida del McDonald y los paseos en pijama a la trafika a comprar coca cola y cigarrillos. Te soñé incluso saliendo del Arena, entre banderas y bufandas. De entre una masa de hombres serios de mirada lacerante, que te escoltaban por el bulevar Zorana Đinđića. Tu sonrisa permanecía rígida como el asfalto, mientras unos brazos firmes en chándal de deporte te rodeaban la espalda.

Y con esa desconfianza nos hicimos dos competidores extraños, dos aspirantes al ansiado trono, al mismo puesto de trabajo mal pagado en el call center de alguna multinacional. Las distancias ya no fueron paseos con helados, ni los carriles bicis una escapada hasta el puente de Branko. Ni siquiera levantar pesas aplacaba mi eterna frustración. Tu ausencia se hizo material. Mis celos fueron una ráfaga de metralla al cielo, entre remolinos de viento y ruido de hojas secas, sin más compañía que escarceos puntuales la noche de los lunes con alguna vieja amiga, mientras escuchábamos videos de Pink Floyd y Sigur Ros en una lista de YouTube.

De repente un día, el gran grafiti de nuestras vidas se fue borrando, como cuando la niebla oculta los barcos flotantes. Las diagonales trazaron perpendiculares, y las rectas se convirtieron en líneas ondulantes y la fórmula química, que éramos nosotros dos, se convirtió en una ecuación de suma cero. Todo se esfumó, como cuando se apagan los focos en el Duško Radović después de la función. Fue entonces cuando sentí el vértigo, siempre asustado como estaba frente a la geometría de la calle Jurija Gargarina y el bulevar Nikola Tesla. La inmensa belleza de las matemáticas, cuando el infinito se solucionaba con solo meterse en tu cama.

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Llegó la primavera y algunos radiadores se impulsaban solos por el viento, y las antenas parabólicas seguían afeando las fachadas cuarteadas caóticamente de persianas y toldos de colores. Sumidos en la monotonía, nos perdonamos, porque no había parque donde no nos encontráramos, como si los bloques no fueran más que una prensa hidráulica que se abriera y cerrara sobre nosotros dos desde Zemun a Ada Ciganlija. Una morfología automática, mecánica, que terminaba por abrazarnos una vez sufríamos nuestro particular cortocircuito.

Necesité comprender como el carboncillo de un lapicero puede ensuciar la cuadrícula impoluta de cualquier arquitecto. Contemplé el cableado eléctrico por el aire, plataformas de cemento cubiertas de hierbajos, hectáreas de solares en construcción, metros cuadrados de oficinas en alquiler y una triste fábrica en ruinas. Demostraciones de una aparente imperfección, de errores de cálculo y perspectiva.

Habíamos creído ser una fotografía en blanco y negro, la de los tiempos en los que el suelo de Nuevo Belgrado eran las arenas movedizas de dos ríos que habían luchado por encontrarse, el Sava y el Danubio. Sin embargo, en realidad, nuestra historia más bien era una edificación en blanco y negro, elevada sobre hierros y alquitrán. Tan sólida, como grisácea. No, para nosotros. Nuestra historia de amor, amor de hormigonera.

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 Fotos: © Jelena Ješić

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Acerca de Miguel Rodríguez Andreu

Editor de Balkania y autor de Anatomía serbia. Twitter: @miguelroan1

6 comentarios para “Nuevo Belgrado: amor de hormigonera

  1. Alvaro Ballesteros

    Qué gozada de escrito, querido amigo. Tan bello como la puesta de sol a la altura del Merkator en el bulevar de Zoran Djindjic. Casi tan agradable como darte un abrazo y compartir una cerveza entre risas en la última recepción diplomática en el indescriptible hotel Vila Jelena…

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    • Miguel Rodríguez Andreu Autor del artículo

      Eso, eso, en fiestas diplomáticas. Como dos salvajes dándonos palmadas en la espalda tal que monos en la selva :-). Quien nos vea. Gracias por tu comentario querido compadre.

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