Perdidos en Ohrid

Lago Ohrid

Cuando estudié el antiguo BUP tuve un profesor de historia universal que nos contaba las batallas antiguas como si estuviéramos ocupando el puesto de primera línea de una infantería suicida. Entre los contenidos me fascinó la historia de Alejandro Magno, un joven que antes de cumplir la edad de un licenciado actual había conquistado el mundo conocido y se dejaba llevar por el tedio. De Macedonia y de Grecia no volví a escuchar nunca más, como si después de los dorados años de la cultura clásica ambos países hubieran caído en un insomnio irresoluble. La crisis devolvió a Grecia a las noticias, pero Macedonia se mantiene como un paréntesis geográfico, sparring futbolístico en las previas de la Eurocopa.

Años después, tomando una copa con la que sería mi futura esposa, volví a oír hablar de Macedonia. “Sueño con visitarla”. Dicho y hecho, vuelo con escalas desde la todavía más antigua Armenia para convertir una intuición sentimental en realidad. Tras trece horas de escala aterricé en Skopje, la capital, con once horas por delante antes de tener que volver al aeropuerto a recoger a una casi desconocida. “¿Qué demonios pinto yo aquí?”, me pregunté en el aeropuerto, mirando la cabeza gigante de Alejandro Magno y regresando por momentos a mi adolescencia escolar.

Yo de Macedonia tenía los mismos conocimientos que de Urano, motivo por el cual investigué a través de internet qué lugares valía la pena visitar. Visto que de Skopje no se hablaba con pasión, opté por Ohrid, lugar de veraneo de los macedonios y destino poco probable de occidentales perdidos. Estábamos a finales de septiembre y mi dominio de la climatología macedonia era más que limitado.

Durante once horas deambulé por Skopje bastante desalentado. Intenté forzarme y me acerqué al río, con la intención de que algo hermoso me acercara, aunque lejanamente, a lo que Stendhal debió sentir en Florencia. Me encontré más cerca de la depresión y callejeando llegué a una calle llena de terrazas donde me tomé un par de cervezas mirando a la nada. Tras mucho deambular regresé al hostal, donde jóvenes quinceañeros estaban de convivencia. Acomodé cojines en el balcón mirando los árboles y fumé hasta que el tiempo pasó y me las ingenié para llegar al aeropuerto buscando taxis sin saber ni una palabra del idioma.

Ya acompañado, regresamos a Skopje sin muchas ganas por mi parte de visitarla. Dudé mucho ante la posibilidad de que la noche convirtiera en hermoso un lugar gris y tristón. Al día siguiente fuimos a la estación de autobuses y nos marchamos en furgoneta, por unos nueve euros, hacia Ohrid. Allí nos esperaba una reserva y el caos, mea culpa, de no saber ni dónde estábamos ni cómo llegar. La furgoneta nos dejó en una parada en medio de cualquier lugar y al final, preguntando un poco a la deriva, conseguimos que un coche nos acercara a la ciudad. Pagamos y empezamos a subir una pendiente de adoquines en calles pequeñas y totalmente vacías. El clima era fresco. Finalmente llegamos al Hostal Grebnos. Por internet habíamos contactado con Pavel, el dueño, que nos había tratado con una amabilidad fuera de lo común y que ya nos había advertido por mail que si teníamos problemas para llegar podíamos llamarle.

La puerta se abrió y, clavado a Fernando Savater, apareció Pavel sonriente. Nos invitó a un café y nos llevó a nuestra habitación. Paredes de piedra, todo estaba hecho con paciencia y amor. Se notaba el buen gusto, fruto del trabajo y no de una adinerada inversión. En pocos sitios desconocidos me he sentido tan acogido. Tras dejarnos en nuestra habitación regresó con una bandeja de pimientos asados que probamos en la terraza. Mientras Pavel y mi compañera charlaban, yo miraba al lago y me costaba entender que un sitio tan bonito fuera tan desconocido. Pavel puso la cocina a nuestra disposición y le pedí para aquella noche un ramo de flores y una botella de vino. No sólo no hubo problema, sino que las flores las buscaría personalmente y el vino lo elegiría con esmero. El trato era tan personal que me resultaba incluso extraño. Maldita sospecha occidental.

Me avisó de que a finales de septiembre Ohrid ya estaba vacío, que era posible que lloviera y que las excursiones eran más limitadas. Una hora después me bañaba solo, con vistas a Albania, y patos dubitativos a pocos metros. Un paraíso cercano y creíble. Como no suelen ser los paraísos.

Ohrid es una ciudad, o pueblo, según los ojos del viajero, llena de construcciones que miran al lago. Pero derrocha tan buen gusto que no puedes evitar sentirte solo, contigo mismo, frente a un lago que bien podría ser el mar Mediterráneo. Hace poco visité Menorca y no exagero si digo que el lugar más parecido que había visto hasta entonces era en Macedonia. Y eso descartando el Caribe. Y es que desde aquel balcón, viendo un cielo que se encapotaba, tuve la sensación de que me gustaría ver aquel paisaje en cualquier época del año, rico en matices, aunque tiritara en pleno enero.

Tras callejear un rato, placer que no encontraba en el extranjero desde mi huida de Barcelona y su Raval, llegamos al restaurante Antico. Sin saber muy bien qué pedir, y con ganas de picar algo, nos decantamos por la rakja, licor local, aceitunas y ajvar, paté tradicional hecho con pimiento asado, y pan casero. Lo que era un aperitivo se convirtió en el mayor de los manjares. Devoramos aquel pimiento triturado, que luego encontramos en su versión natural en casas anónimas, mientras paseábamos, sobre mesas al aire libre mientras se secaban al sol. Una de las sorpresas gastronómicas más gratas, y sencillas, de mi vida.

Por la tarde subimos a la iglesia de Santa Sofía, desde la cual es posible ver el anochecer sobre el lago. Allí fumamos en silencio ante una belleza que sería injusto tratar de explicar.

Durante dos días nos empapamos de Ohrid, patrimonio de la Unesco, y las nubes no impidieron que la belleza del lugar me hiciera pensar en Stendhal. Son muchas las visitas que se pueden hacer, preferiblemente en verano. Desde el festival de música balcánica en julio, pasando por la mayor colección de iconos bizantinos después de la galería Tretiakov de Moscú, incluyendo restos prehistóricos de la edad de bronce, hasta el monasterio de Sveti Naum, con más de mil años de antigüedad. Ohrid, ciudad que presume de haber tenido 365 iglesias y ser el Jerusalén de los Balcanes, es una maravilla por descubrir. Es posible visitar monasterios, recorrer el parque natural de Galicica o aventurarse en el centro de buceo Ánfora y olvidar la vida cotidiana bajo el silencio del agua. También se pueden alquilar moto o coche y recorrer las carreteras sin querer llegar a ningún lugar. Porque Ohrid no es un lugar al que llegar, sino el sitio ideal para perderse.

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Un comentario para “Perdidos en Ohrid

  1. Olga R.

    Macedonia es uno de mis lugares favoritos en el mundo. De Ohrid estoy enamorada, y eso que lo vi atestado de turistas, en agosto. Y me encantaría ver en qué se ha transformado Bitola, uno de los sitios más melancólicos que he visto nunca.

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