Pula, la ciudad imperfecta de la costa croata

Pula

Si buscas información sobre Pula (Pola en italiano) en la web o en cualquier guía, probablemente encontrarás recomendaciones sobre su precioso anfiteatro romano, los parajes naturales de sus alrededores o su buena ubicación para viajar a enclaves turísticos cercanos. Pero ninguna de estas reseñas se hace eco del aire nostálgico de esta ciudad ni de su intensa vida cultural, del hierro gris que convive con la piedra de los monumentos romanos, del encuentro entre la Croacia turística y la industrial. Porque Pula, además de ser la capital de la península de Istria, al norte de Croacia, es el lugar donde el este se encuentra con el mar.

En nuestro viaje, fue la penúltima ciudad croata que visitamos tras atravesar el país de  sur a norte en furgoneta. Empezando por una Dubrovnik que nos aterrorizó por la cantidad de turistas, por regla general, las ciudades de la costa croata están plagadas de turismo que brilla y huele a cosmética, sea por el oro que lleva encima o por su pieles ultrabronceadas, y del que sólo se puede escapar en las zonas rurales. Tras ingentes dosis de glam (unas veces hortera y otras inaccesible) y de lugares atestados que nos invitaban a huir, en Pula encontramos cuatro ingredientes que nos marcaron y nos hicieron desear conocer más a fondo la ciudad: el Ulijanik, la extraña permanencia de Tito, los astilleros y el Festival de Cine de Pula. 

El Ulijanik 

Llegamos a Pula un viernes bien entrada la noche, tras más de siete horas de coche y con el único propósito de tomarnos una cerveza fresquita y acostarnos. Con la Lonely Planet de Croacia en mano (nada recomendable, por cierto), nos aventuramos a intentar encontrar un local con el que nos fue imposible dar. Por el camino pasamos al lado de una especie de terraza de verano donde algunos jóvenes bebían relajadamente y que nos pareció un estupendo plan b. Fue así como encontramos el club Uljanik, el lugar donde comprendimos que estábamos en una ciudad distinta.

El Uljanik Club no tiene nada de brillante. Es un antro que anima las noches de la capital de Istria desde 1959 y su apariencia confirma esta solera. La terraza exterior por la que se accede al local cuenta con una pista de baile rodeada de asientos (antaño allí esperarían las chicas  a que las sacaran a bailar) y un par de barras pequeñas, mientras que el interior se divide en varias salas con distintos ambientes, todo en una misma planta con pequeñas “naves”. Cerveza barata y gente variopinta.

Nos apoyamos en la barra de una de las salas y nos dedicamos a observar. Conforme la noche avanzaba, el local se iba llenando y cada vez había más personajes curiosos: un chico en silla de ruedas con dos coletas que giraba solo como un loco en la pista de baile, grupos de adolescentes de distintos estilos que se arremolinaban y mezclaban desde las diferentes esquinas, una mujer de unos cuarenta años que se movía sin descanso sobre un pequeño escenario mediante pasos de danza contemporánea y que ignoraba a todo el que intentaba interactuar con ella… No recuerdo siquiera la música, tan sólo a un DJ pinchando bajo un gran cartel que anunciaba un festival de rock (Viva la Pola!) con la figura del Ché, mientras nosotros seguíamos bebiendo y mirando en la barra olvidando nuestro propósito de acostarnos temprano.

El Uljanik Club no tenía nada de brillante, podía ser cualquier pub/sala de conciertos añejo, y eso era justo lo que lo hacía memorable para nosotros.

Los astilleros

Al día siguiente despertamos en la furgoneta, acalorados y arrepintiéndonos de haber bebido más cervezas de las planeadas y nos lanzamos al encuentro de la ciudad que habíamos intuido la noche anterior. Efectivamente, Pula era un lugar sucio, en el mejor sentido de la palabra. Más allá del centro histórico y los restos de su esplendor romano, la capital de Istria tenía más que ver con otros enclaves postindustriales europeos que con sus ciudades vecinas. Y esa imperfección era la que le daba carácter, estaba viva y era demasiado grande como para meterla en una decena de fotos.

astilleros de pula

En el skyline de la ciudad el gran anfiteatro convivía con los no menos imponentes astilleros, creados por el imperio austrohúngaro y unos de los más antiguos de Europa. Unos astilleros activos que, en la actualidad, dan trabajo a más de 4.000 personas  y que se son casi una reliquia en un país donde la industria tiene cada vez menos peso. Mientras paseábamos por sus calles, percibíamos la influencia de esa industria, el polvo, el aire de ciudad que vivía más allá del turismo y que añoraba tiempos mejores para ese sector.

La extraña permanencia de Tito

No, no se nos apareció Tito, pero sí nos extrañó encontrar pintadas de “Tito héroe” en las calles de Pula, incluso un parque con su nombre (algo muy poco usual en un país que apenas cumplía dos décadas desde su independencia de Yugoslavia), lo que afianzaba el aire nostálgico que respiraba la ciudad.

Sin embargo, para comprender la extraña permanencia de Tito en esta ciudad hay que tener en cuenta que Pula tuvo una estrecha relación con él, entre otros motivos, porque  el dictador pasaba seis meses al año en su refugio de las islas Brijuni, un archipiélago al noroeste de Pula declarado Parque Nacional en 1983. En estas islas, el dirigente comunista recibió a numerosos jefes de estado y a estrellas de cine como Josephine Baker, Sofia Loren o Elizabeth Taylor, situando a la pequeña ciudad en el mapa mundial.

tito

A lo largo e los años Tito fue introduciendo animales y plantas exóticas en las islas, muchas veces mediante ejemplares que le regalaban otros jefes de Estado, creando su paraíso personal y dando rienda suelta a su extravagancia. Hoy, el parque-safari es uno de los puntos de interés turístico de las islas y en él se pueden observar al antílope azul (regalo del ministro indio Nerhu) y otras especies que tuvieron origen similar.

El Festival de Cine de Pula

Mientras paseábamos por las calles de Pula, alternando las vistas grises del puerto con momentos de relax a la sombra de los monumentos romanos, nos llamó la atención una serie de pantallas y sillas colocadas en distintos rincones de la ciudad: era el Festival de Cine de Pula. Se trata de un festival que en 2013 ha cumplido su 60 edición y que se autodefine como el “festival nacional más viejo del mundo” y el que mayor número de asistentes por proyección recibe, esto debido a las películas que se proyectan dentro del anfiteatro romano, más conocido como Arena, con cabida para miles de personas.

festival de cine de pula

El festival nació en 1953 como festival de cine de Yugoslavia y sirvió para afianzar la pertenencia de la región al joven país, en un momento de disputas territoriales con Italia que afectaban directamente a la península de Istria. El apoyo personal de Tito al evento y la apuesta gubernamental por el cine, como arte mimado del comunismo y medio para la propaganda política, junto a las cada vez más famosas proyecciones en el Arena, convirtieron la cita en una de las más importantes de la antigua Yugoslavia y le dieron cierto nombre fuera de sus fronteras.

Con la escisión de Croacia, el festival pasó a centrarse sólo en producciones croatas, lo cual supuso un problema para su celebración en los primeros años de independencia, llegando a no tener lugar en 1995, debido a la escasa producción cinematográfica nacional. Con el tiempo, el cine croata ha crecido y el festival se ha abierto a las producciones europeas, lo que le ha permitido recuperar gran parte del peso perdido y llegar a celebrar su 60 cumpleaños con proyecciones en un Arena a rebosar.

Estos cuatro elementos no son más que cuatro pinceladas sobre una ciudad que promete grandes sorpresas. El club Uljanik es una pequeña muestra de la activa y variopinta noche de Pula. Los astilleros y la huella de Tito nos hablan de la historia contemporánea de la ciudad, pasado y presente, complementando a la Croacia que lo apuesta todo al euro mientras se pone al servicio del visitante. Por último, el Festival de Cine de Pula representa la intensísima vida cultural de esta ciudad donde se puede pasar un verano de cita en cita, alternando las películas con la música electrónica, el reggae, el hardcore punk, el teatro, el bridge, la psicodelia o el rock, por mencionar sólo algunos de los eventos que acoge la ciudad.

Tras menos de 24 horas allí, arrancamos la furgoneta camino a Rovinj, también en Istria, llenos de referencias sobre las que investigar y maldiciendo por haber apurado tanto en el resto del viaje y no disponer de más días para prolongar nuestra parada. Pero volveremos, excusas no nos faltan.

Imágenes, por orden: Michael Nyica; Martin Burrow; John W. Schulze; y Cvitko Belas

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Acerca de Ámina Pallarès Calvi

Periodista y artista gráfica. Twitter: @aminapallares Tumblr: La Pallarès

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