¿Sería posible que alguien fuera corriendo de Belgrado a Zagreb? (I)

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«Cuanto más lejana sea la meta, mayor será su posibilidad de perdurar»
Elias Canetti

Masa y poder

Primera parte

Estamos de camino y, una vez cogemos la autopista, parece que la carretera succiona a la furgoneta hacia el norte. El conductor vuela con su camisa blanca, su móvil de última generación y su pelo abrillantado. Los conductores de Gea Tours son hombres circunspectos, pero con la informalidad tan suya de marca balcánica. Esa informalidad que dicen los croatas que tanto echan de menos de sus vecinos serbios. Eso sí, cuando hay que pagar no hay bromas. No dicen que hay que pagar, sino que dicen hay que regularizar (regulisati). De hecho, en serbio, hay un verbo más simpático para saldar las deudas, que tal vez si lo dijéramos en castellano las relaciones entre acreedores y deudores nos serían más amables: pacificar (izmiriti). Mir en serbio significa paz. De ahí el verbo.

Si uno puede viajar con unos buenos sándwiches, el viaje resulta más agradable. En especial si son unas kifle salpicadas de sésamo, y rellenas de pavo y ajvar. Cuando llega el otoño los viajes por la región se llenan de todo tipo de productos caseros y de temporada, como los encurtidos, confituras y pasteles. Las kifle me las preparó Beba: mi amiga y, en esta ocasión, mi compañera de viaje de Belgrado a Zagreb. Paramos en una gasolinera antes de llegar a la frontera. Mientras Beba compraba el Politikin Zabavnik, yo me quedé mirando la estepa de la Vojvodina a través de los ventanales que mostraban un horizonte llano que se extendía invariablemente a lo lejos. Los croatas dicen con sorna que los Balcanes empiezan en Nuevo Zagreb. Si dijeran que empieza en Nuevo Belgrado no habría mucha diferencia. La orografía es la misma.

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Cuando pienso en un viaje de Belgrado a Zagreb no puedo evitar imaginarme un hombre corriendo por una planicie sin final. Me preguntaba durante el viaje: «¿Sería posible que alguien fuera corriendo de Belgrado a Zagreb?». Esa llanura infinita puede ser un desafío para cualquier intrépido corredor. En los Balcanes no se llevan este tipo de hazañas, aunque luego sería, sin lugar a dudas, de las noticias más seguidas en Facebook a nivel regional. Cualquiera le diría al insensato: «Pero para que te complicas la vida… vamos a tomar algo». Por eso creo que ir a correr una maratón a Zagreb es una insolencia, entre pueblos donde el fútbol, el baloncesto o el waterpolo lo son todo. Como dice Natalija, mi novia: «para los balcánicos correr no es un deporte».

En apenas una hora llegamos a la frontera con Croacia. Uno espera que pasen grandes acontecimientos cuando se cruza una frontera, pero no es así. No pasa nada. Simplemente, el pasaporte llevará un sello más, la notificación en el móvil del cambio de roaming y la sensación de que la autopista croata está mejor asfaltada. Y, efectivamente, luego lo comprobé cuando me contaron que los croatas se negaron a privatizar sus autopistas, porque, según muchos, ahí residía gran parte de su orgullo nacional. Unas naciones se sienten orgullosas de su carne de cerdo, otras de su fonética, otras de la antigüedad de su estirpe, otras de haber inventado el tenedor y otras de su asfalto.

Hasta Zagreb quedaban 3 horas y media, y se pasaron volando; primero hablando y, segundo, tarareando cada una de las canciones que se suceden en los auriculares. Me gustó la selección musical que disfrutamos en el viaje, porque combinaba música local con música internacional. Los que vivimos en los Balcanes echamos de menos que ambas geografías no estén divididas por una cortina identitaria. Darko Rundek y Lenny Kravitz no son cantantes tan distintos. Al fin y al cabo el rock no suena igual en todas partes pero sigue siendo rock, como los maratones no cambian su distancia por cambiar de ciudad y siguen siendo maratones.

La paradoja de los maratones precisamente es que se corren dentro de las ciudades, pero, en realidad, solo deberían correrse entre ciudades, tal como fue su origen: de Atenas a Maratón; y no dando vueltas a una ciudad en una especie de onanismo deportivo. Viajar para correr un maratón tiene esa contradicción existencial, cuando lo que se hace es simplemente introducirse en otra ciudad para correr los mismos kilómetros que se harían en cualquier parte. Pero también el maratón tiene su lado afanoso. Tiene esa pulsión exploradora de los que llegan a una ciudad por primera vez sin saber qué hacer ni a dónde ir. Los maratones permiten hacerle a uno con la ciudad, invadirla tal que conquistador. La ciudad durante 5 horas no solo se expone a los intrusos, si no que además les da la bienvenida. La urbe se abre como una boca para que los corredores trasteen en sus entrañas, y sean descubiertas todas sus intimidades.

La primera vez que visité Zagreb, en el año 2005, no tenía claro qué ciudad era. Entre la memoria austro-húngara y su vocación anti-balcánica, parecía que la ciudad, en su evidente indeterminación, estaba demasiado preocupada por esconder los trapos sucios a los ojos de los curiosos mediante tejados dorados y paredes en color pastel. Luego descubrí que todas las ciudades balcánicas lo hacen a su manera, y que solo la falta de dinero se lo impide hacer a los que no lo hacen. La calle Tkalciceva,  donde pasé la tarde del sábado con Ana, Beba y Dragana, pese a su innegable estilo centro-europeo, recuerda más a los korzo balcánicos en los hábitos y rituales de tomar café entre amigos que a una transitada calle vienesa.

Natalija, Dragana y Beba

Natalija, Dragana y Beba. © Jasmina Kuka

La novedad en Zagreb es que tienen en perspectiva reanimar los barrios periféricos, a base de rascacielos y músculo inversor. Sin embargo, ninguna ciudad ex-yugoslava puede disimular los grandes bloques de edificios socialistas o las casas aisladas de tres pisos de los antiguos trabajadores (gastarbaiter) croatas en Austria, Suiza o Alemania. Por muy impolutas que ondeen las banderas de la UE en los edificios ministeriales, y muy fuerte que sea la germanofilia local, un salario medio de 500 euros limita las posibilidades de cualquier ciudad. Correr un maratón permite ver todos estos contrastes.

Aunque sea una actividad individual, la maratón también es una experiencia colectiva. Al final, acabamos en Zagreb un grupo de españoles, serbios y croatas, cuyo interés común era pasarlo bien, animar y, los que corríamos, terminar nuestra particular carrera; es decir, luchar contra nosotros mismos en un baile donde cuerpo y mente muchas veces no llevan los mismos ritmos. En mi caso, los dos días anteriores había llovido intensamente, y notaba que un virus estaba alojado en mi garganta. Sin embargo, mi cuerpo se resistía a liberarlo. Me había sido fiel durante más de 40 km semanales de entrenamiento los últimos 3 meses, y no iba a ser diferente horas antes de la gran velada. ¿Qué iba a ocurrir en la carrera? Todo iba a depender de los difíciles equilibrios donde motivación, determinación, estímulos y dudas coexisten en un completo desbarajuste mental.

Leer segunda parte

Imagen de portada: 1010uk (flickr)

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Acerca de Miguel Rodríguez Andreu

Editor de Balkania y autor de Anatomía serbia. Twitter: @miguelroan1

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