Y de repente… una competición de caballos

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Somos dos amigos con la misión ociosa de recorrer la costa de Croacia en un viaje con poca planificación y poca pretensión. Vamos a golpe de ‘sobe’, esos apartamentos que se alquilan por habitaciones -o en su totalidad- y que son una grata opción para el bolsillo. Los rótulos azules con el dibujo minimalista del perfil de una cama los delatan.

Abundan en localidades todavía no masificadas por el turismo hotelero. En nuestro día dos, amaneciendo en Rijeka y con un desayuno continental aposentándose en el estómago, afrontamos nuestra etapa reina particular: llegar a Dubrovnik antes de la noche. Factible, 600 km de coche, pero duro y más en vacaciones. Una vez en destino, la idea será reposar y subir lo recorrido, sin fechas ni ataduras, con paradas técnicas en localidades varias como la isla de Hvar, Split o Zadar.

En el coche y a un tercio del recorrido, la autopista A1 nos brinda unas vistas panorámicas espectaculares en las que luce un paisaje frondoso que es la antesala al Parque Nacional de los Lagos de Plitvice. De repente, percibimos algo así como un bullicio de gente y una humareda de polvo que se extiende a lo alto. Tiene pinta de escenario lúdico festivo. La curiosidad hace que tomemos el desvío para ver qué traman los lugareños.

Entramos en la localidad croata de Otocac, en la región de Lika. La zona es algo lúgubre. Descartamos entrar en un café con el retrato de un soldado en la entrada. Meros prejuicios. Más allá, la carretera acumula coches aparcados a ambos lados. Echamos el freno de mano y el gentío nos lleva a una entrada al campo flanqueada por un rótulo de madera con inscripciones croatas indescifrables. El dibujo de dos caballos da alguna pista.

Ya de pleno en la humareda de polvo, aparecen al fondo del campo dos caballos atados en paralelo. Tratan de avanzar pero algo les retiene… como si tirasen de una carga imposible. Tras ellos aparece una cadena ligada a un enorme tronco de madera de media tonelada mínimo. A su lado, los paisanos sueltan todo tipo de voces. Son ánimos o improperios, en función de su apuesta. Pujan a ver qué caballos llevarán más lejos ese tronco de proporciones bíblicas.

La práctica responde al nombre de straparijada, y tiene su apogeo en verano, período en el que se concentran los campeonatos. Hay distintas modalidades: los caballos pueden competir solos o en pareja y el tronco oscila entre los 500 a 1.200 kilos, según la categoría. El objetivo es arrastrar la carga por una pista enfangada de 100 metros. Las citas de más calado cuestan unas 20 ‘kunas’ (2,61 euros). Para esta, más amateur, la entrada era libre.

A ojos de turista, la competición parece un poco cruel. Ciertamente, los dueños de los caballos pueden arremeter contra los animales a latigazos para que arranquen -o no cesen- la marcha. Eso sí, en caso de cebarse, un árbitro improvisado descalifica al participante. Así pasó, al menos en una ocasión. Estos excesos han motivado la oposición de asociaciones animalistas croatas que han denunciado el caso ante el Ministerio de Agricultura del país.

Me acerco a la barrera de madera que me separa de la pista recta donde compiten los caballos. A mi lado, un espectador veterano observa la competición. Es un hombre canoso, de piel tostada y que rondará los cincuenta. Un aspaviento delata que no ve claro el empeño de los animales. Al momento, los equinos agotados paran de empujar.

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Más allá de la competición, varios tenderetes venden fruta de temporada y género -de los más vintage- relacionado con caballos: fotos, postales, dibujos y hasta DVDs de otras competiciones. No hacen el agosto, parece. Unos metros más allá, los caballos pastan las horas entre hierbajos y ajenos a la competición. Sorprende su tranquilidad. Se dejan acariciar el hocico por manos extrañas y de criaturas. En nada, estarán en la pista vaciándose por un puñado de ‘kunas’.

El sol aprieta y son pocas las fieras que se mueven unos metros. Pero a la que algunas avanzan varios pasos seguidos, el público lo celebra con aplausos y griterío. Y con los caballos ganadores es el desmadre. En un lance de fuerza bruta, completan la pista para sorpresa de los presentes, que ponen freno a los equinos en una meta apenas marcada. Aplausos.

La fiesta sigue al margen de los caballos. El público se refresca cerveza en mano. Y por si aprieta el hambre, un tenderete a la sombra hace las veces de terraza de restaurante. El menú no da opción: cordero o cordero con patatas. Sobre la brasa, el animal se tuesta empalado y de una sola pieza hasta que el carnicero lo descuartiza a cuchillazo limpio y con una sonrisa intimidatoria. Ya en el plato, degustamos un par de raciones como si no hubiera mañana.

El menú tiene su colofón con la presencia musical de una banda que arranca el contorneo de caderas de los más veteranos. Con el son del acordeón todavía retumbando, vamos con la música a otra a parte y volvemos al coche. A unos metros, dos críos juegan con un látigo. El chasquido contra el suelo va secundado de sus risas y nuestro asombro. Apuntan maneras para una straparijada futura. Hay cantera.

“Aquí la gente ama a los caballos”

Para entender mejor esta práctica, hemos contactado con Stanislav Jakica, el locutor oficial de las competiciones que tienen lugar en Bosnia y Croacia. Evidentemente, es un ferviente defensor de la ‘strapararijada’ y declara que “no existe deporte popular alguno que una tanto a la gente como este”.

Según cuenta Jakica, la primera competición tuvo lugar en 1990 en Bosanski Petrograd (Bosnia) y, tras el parón de la guerra, la práctica se reanudó hace ocho años. Desde entonces, el fenómeno ha ido creciendo y cuenta con una veintena de competiciones anuales concentradas en verano. La práctica es muy popular en Bosnia. Sin embargo, también se dan straparijadas en Serbia o Croacia -aquí, con el nombre de slajs (rebanada) o vuca klade (remolque de madera)-. La cita anual más concurrida tiene lugar en Drinica (Bosnia) y llega a congregar a 10.000 visitantes, según la misma fuente. Este vídeo es de la edición de 2013:

La popularidad de estos eventos, dice Jakica, se debe a que “aquí la gente ama a los caballos, muchos de ellos se utilizan para las actividades laborales en campos y bosques (…) De ahí surgió una rivalidad que se materializó en una competición para saber quién tiene los caballos más fuertes”.

El deporte tiene su negocio y más allá de las apuestas a pie de pista, Jakica explica que el ganador recibe ofertas de hasta 7.000 euros por uno de los caballos. “Por lo general, el dueño se niega venderlo en pro de la fama que le da poseer un caballo ganador”.

En cuanto a la oposición por parte de las asociaciones animalistas, Jakica recuerda que el reglamento prohíbe cualquier forma de maltrato o exceso con los animales: “En caso de ocurrir, se descalifica inmediatamente al participante”.

Con las palabras de Stanislav volvería a cualquier straparijada. Más ahora sabiendo sobre su historia, reglas y entorno festivo. Me quedé con las ganas de apostar alguna kuna al caballo ganador. La recompensa en forma de otra ración de cordero hubiera sido un regalo para el estómago. Así es un día de felicidad lugareña.

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Acerca de Carlos Betriu

Periodista freelance en Cambridge (MA - USA) que cubre ciencia y tecnología a partir de freaks, nerds y gente maja. Twitter: @nikotchan

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