Zelenkovac, el sueño de un pueblo ecológico

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Corría el año 2006, acababa un verano en el que las preparaciones para el rodaje de mi proyecto de final de carrera me habían llevado a recorrer gran parte de Bosnia y Herzegovina. A lo largo del trabajo había conocido la realidad cotidiana de distintos jóvenes bosnios que habitaban en los principales núcleos urbanos del país. Fue gracias a algunos de ellos que escuché hablar por primera vez de Zelenkovac, “un pueblo ecológico no muy lejos de Banja Luka”.

A principios de septiembre, tras pasar varios días en Banja Luka, me disponía a volver a Sarajevo con tal de iniciar el inminente rodaje. Mis compañeros venidos de Barcelona y Suiza me esperaban en la capital. Las últimas semanas habían sido especialmente difíciles, me encontraba debilitado, debido al cansancio y al estrés, hasta el punto de plantearme renunciar al proyecto en el que llevaba alrededor de un año trabajando.

Salí en dirección a Sarajevo. Conducía el coche que mis compañeros habían traído de Barcelona y en lugar de dirigirme directamente hacia la capital decidí desviarme y tratar de encontrar Zelenkovac. La carretera serpentea al borde del río Vrbas y pocos kilómetros antes de llegar a Jajce, la ciudad donde se fundó Yugoslavia tras la Segunda Guerra Mundial, se toma un desvío hacia Mrkonjic Grad. El paisaje es el típico de Bosnia central, colinas constantes y bosques frondosos que en esa época del año dejaban entrever el ocaso del verano y el temprano otoño a través de amarillos y ocres, aún tímidos, asomando en las laderas y las riberas de los ríos.

Las indicaciones que había recibido de mis amigos no eran demasiado detalladas, debía pasar Mrkonjic Grad, el lago Balkana y luego preguntar. Una vez allí debía dirigirme a Boro, el responsable y fundador del lugar. Tuve suerte ya que cogí a dos chavales que hacían autoestop y me indicaron perfectamente como llegar, según sus palabras todo el mundo en la región sabe donde está Zelenkovac.

La primera persona que encontré al llegar era Boro, estaba subido a una escalera reparando una parte del techo de madera que se había desprendido en una tormenta. Borislav Jankovic es el fundador de Zelenkovac. A principios de los años ochenta, al acabar sus estudios de Bellas Artes, se fijó en un viejo molino propiedad de sus padres ubicado sobre un pequeño curso de agua en medio del bosque. Buscaba un lugar tranquilo donde pintar y se instaló en el pequeño habitáculo utilizándolo a modo de estudio, hasta acabar instalándose a vivir allí. A lo largo de los años ochenta, varios amigos de distintos lugares de Yugoslavia le visitaron con el fin de ayudarle a construir su sueño, un lugar habitable en medio del bosque donde poder concentrarse, trabajar y recibir a amigos. Muchos de ellos, entusiasmados por el lugar y por el magnetismo del proyecto de Boro, se acabaron quedando allí. Se creó  una comuna de amigos dedicados a la pintura, la escritura y la poesía. Su iniciativa topó con la mentalidad cerrada de los lugareños, que veían en ellos una panda de jóvenes lunáticos que habían decidido vivir en medio del bosque siguiendo al  “loco Boro”, como no tardaron en apodarle los habitantes de la región.

Tan pronto conocí a Boro me dijo: “Quédate y sé nuestro invitado”. Como mi intención era únicamente la de pasar un rato para ver el lugar y seguir mi camino a Sarajevo, no tomé demasiado en serio la invitación. Boro se caracteriza por una mirada de ojos bondadosos, ligeramente ebria y brillante al mismo tiempo, remachada por una inconfundible barba de tonos grisáceos. A Boro le acompañaba Batan, un hombre algo mayor que él, con una larga melena blanca. Entre los dos reparaban una parte del edificio central. Sin apenas darme cuenta la tarde pasó, les ayudé tímidamente en la reparación del techo, conversamos y bebimos algo al anochecer. Lo que debía ser en una breve visita se convirtió en varios días de vivencia en Zelenkovac.

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Un aglomerado arquitectónico de madera es el núcleo principal de Zelenkovac, una construcción difícil de catalogar con distintas escaleras y una torre central que se va estrechando de forma desigual dando una falsa apariencia de fragilidad. En su base está la sala principal, un bar hecho casi en su totalidad de madera, con numerosos detalles que revelan la historia del lugar y de los que por allí han pasado compartiendo cervezas, partidas de ajedrez y noches en vela a base de conversaciones, humo y rakija. Diseminadas en el bosque de alrededor se encuentran las demás construcciones, el taller de Boro y otras viviendas para los que pasan allí temporadas en busca de tranquilidad, inspiración o simplemente el contacto directo con la naturaleza.

Boro trabaja de sol a sol, principalmente en la reparación o construcción de las viviendas hechas todas por él y sus colaboradores. Además de Batan, había un pintor serbio que decía venir a menudo en busca de tranquilidad, algún viajero de paso  y Zoran, un joven de Sarajevo que había llegado hasta allí en bicicleta.

Varios días bastaron para comprobar en primera persona el buen ambiente y la atmósfera que reina en Zelenkovac. Paseos por un bosque majestuoso, milenario, de abetos y hayas donde abundan setas, riachuelos, y colinas. Algunos aullidos de lobos por las noches, e historias de osos en las cercanías, son frecuentes en un paraje que nos remite a la Europa antigua, poblada de bosques inmensos, ya prácticamente desaparecida.

El trato con la naturaleza es de tú a tú, las estaciones del año se sienten en la propia carne, el paisaje muta y los días avanzan de forma dócil e imperturbable modulando un modo de experimentar el paso del tiempo, difícil de vivir en los ambientes urbanos. Las relaciones humanas se viven de otro modo, existe un compañerismo intrínseco, debido probablemente a que aquellos seres son los únicos que te separan de la soledad absoluta. Pese a no saber gran cosa de ellos existió durante aquellos días un vínculo inexplicable con Boro y sus compañeros, como si estuviera con amigos de toda la vida. El contacto con la naturaleza y la buena compañía son capaces de curarle a uno casi todo. Tanto fue así que cuando salí de Zelenkovac rumbo a Sarajevo, me sentí pletórico de fuerzas y finalmente a punto para iniciar los dos meses de intenso rodaje que me esperaban.

Cuando estalló el conflicto armado en Bosnia, Boro se encontraba en Rusia donde había seguido a una mujer que amaba. Volvió tan pronto como pudo con la idea de intentar preservar el antiguo molino. Debió quedarse en Banja Luka, donde trabajó como reportero hasta el final del conflicto. Para su sorpresa, cuando pudo volver a Zelenkovac vio que, a diferencia de los pueblos de alrededor que estaban prácticamente destruidos, los militares de los distintos bandos que habían pasado no se habían cebado con el lugar, lo habían dejado intacto, sin rastros de destrucción. Tras la firma de los tratados de Dayton (noviembre, 1995) decidió reorientar Zelenkovac declarando la zona eco-sostenible y transformando la antigua comuna de artistas de los años ochenta en el “pueblo ecológico” que es a día de hoy.

Zelenkovac es un lugar de encuentro que bulle de actividad en los meses de verano, cuando acoge numerosos talleres para jóvenes, grupos de colonias veraniegas y actividades para los habitantes de las cercanías, entre las que destaca un entrañable festival de Jazz que se organiza en agosto.

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Boro sigue acogiendo a artistas y viajeros venidos de distintas partes del mundo, que pueden hospedarse a cambio de trabajo voluntario en la construcción de nuevos habitáculos, o en la conservación del lugar o del bosque. También dispone de tarifas muy razonables para aquellos que deciden ir solo a descansar, pudiendo alquilar un bungaló entero, una habitación o una simple cama. Así Zelenkovac es además de un modo de vida, un humilde negocio que permite a Boro seguir adelante con su sueño. Un sueño que cuenta ahora con el apoyo de los pueblos vecinos, que ven llegar a su remota ubicación gentes de todo el mundo, dinamizando así una zona del país al margen de las principales vías de comunicación.

Siete años después de mi primera visita, volví a Zelenkovac hace menos de un mes. En otoño la actividad del verano ha llegado a su fin y el lugar se convierte en un enclave con varios “supervivientes”. Srdjan, un joven de Belgrado es el encargado del bar y de casi todas las tareas que Boro no puede llegar a asumir. Una joven pareja de Toulouse ayudan como voluntarios y están acabando la construcción de su propio habitáculo. Y un joven francés que ha decido vivir allí un año para escribir su primer libro. En un ambiente algo desangelado, que otorga la época del año en que la belleza del otoño ha llegado a su fin y el paisaje espera pronto las primeras nieves, el curso del lugar discurría entre un trabajo intenso en la construcción de nuevas viviendas, la preparación del invierno, y las noches de charlas y risas en el bar, cobijados por el calor de la lumbre. Los fines de semana algunos jóvenes de Mrkonjic Grad acuden al bar, y se asoma algún curioso que aprovecha para comprar rakija casera de trufa.

Tras esta breve visita, me alegró especialmente ver de nuevo a Boro y comprobar que de algún modo u otro siempre hay alguien que le acompaña en su aventura, un sueño hecho realidad que se basa en la gestión de un espacio privilegiado donde poder compartir experiencias, trabajar con un objetivo común, y poder mirar la vida con la perspectiva que da el estar rodeados de un bosque infinito, donde solo los gnomos parecen llevar más tiempo que Boro.

Imágenes: Facebook de Zelenkovac

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Acerca de Guillermo Carreras-Candi

Productor y director independiente. Profesor de cine documental en Bosnia-Herzegovina y Kosovo. Twitter: @GuillemCCS

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