¿Sería posible que alguien fuera corriendo de Belgrado a Zagreb? (II)

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Segunda parte 

Fueron unas Navidades, las de 2011, junto a Ana, Maja y Nikolina, entre vasos de vino caliente, conciertos en las calles, paseos por las plazuelas, y bares con música de un apátrida balcánico como Djordje Balasevic, las que me reconciliaron con Zagreb. Y, efectivamente, el maratón no solo permite recorrer sus calles, hasta aquellos lugares a los que no llegarías nunca como turista, sino también recorrer las caras de sus habitantes una mañana de domingo cuando salen a comprar el pan o a tomar un café. Es probablemente la mayor de las travesuras para el corredor aficionado. Correr por las arterias de la ciudad libremente, llevado por el entusiasmo de otros corredores, por lugares que en un día normal están repletos de anónimos o coches. Los corredores dejan de ser desconocidos desde que se ponen las zapatillas y el dorsal y, como una pandilla de chiquillos desvergonzados, avanzan eufóricos.

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Esta es la reflexión principal que me hacía al llegar a Zagreb: penetrar en la ciudad para descubrirla más allá de la plaza de Ban Jelacic, una plaza donde se rinde tributo a los héroes nacionales y a todas aquellas gestas locales que son solo eso: locales. Sin embargo, el maratón atraviesa, como un cuchillo atraviesa la carne, cualquier chovinismo. Los vencedores son africanos, los que animan aplauden a cualquiera y todos se llevan su medalla. El propio animador de la maratón en la salida se hace un lío entre el inglés y el croata; pero da un poco igual: cada uno de los media-maratonianos y maratonianos sabe a lo que van, y las piernas no entienden de nacionalidades.

Haber corrido la maratón de Belgrado un año antes, me ayudó a anticipar sensaciones. Sabía que sufriría, y dudaba si acabaría. Y eso es lo que me mantenía ansioso. Si la calle Jurija Gargarina fue una tortura en la capital serbia, la calle Maksimirska y, su continuación en Dubrava, lo fue en Zagreb. Son esas calles anchas y largas, diseñadas a partir de los planes urbanísticos del socialismo impaciente, sin referencias que le permitan al corredor sentir que avanza. Son avenidas con gasolineras, centros comerciales y edificios de cristal insulsos que se precipitan a derecha e izquierda haciendo de estos trayectos una huida hacia delante que parece que nunca termina.

La primera vuelta al recorrido la hice animado por los corredores —mayoría chicas— de la escuela de atletismo de Zagreb, entre las que estaba Ana, mi amiga croata, que seguía al corredor con globo donde ponía el tiempo en el que pretendía terminar la media maratón (menos de 2 horas). Mi objetivo era terminar la maratón en 4 horas, pero tuve que renunciar a ello en la segunda vuelta. Aunque el jolgorio de la primera vuelta con los media-maratonianos me alentó al pasar cerca de la meta, una vez entré de nuevo en Maksimirska y estaba en el km 27, entré en crisis. Ahí surgen las preguntas derrotistas: «¿Qué hago yo aquí» «¿Hay alguien vigilando los tranvías para que no se suban los tramposos?» «¿Dónde estaba el siguiente avituallamiento?».

Las cuestas y subidas que no percibí en la primera vuelta, sí se volvieron perceptibles la segunda vuelta. Cuando mis fuerzas flaquearon completamente en el km 32, y, después de beber agua, anduve unos 50 metros, el cuerpo se regeneró por sí solo, o, más bien, gracias a los designios inexplicables de la mente. Ahora parece un plan premeditado ante el ahogo inevitable, pero surgió por sí mismo. Empecé a pensar que esas sensaciones las conocía de los entrenamientos, que el siguiente corredor lo tenía a la vista, que no estaba realmente derrotado, sino que me había desmotivado, que tenía que evadirme de la falta de público en las calles —apenas pude contar con mis manos las personas que aplaudían durante el recorrido— y de las malas sensaciones que emiten los primeros corredores que, desfondados, empezaban ya a andar.

Fue justo en ese preciso instante cuando mi cuerpo reaccionó a la sugestión. Sentía dolor y un agotamiento extremo en las piernas, pero me di cuenta que no era un dolor muy diferente al del km. 27, y que había recorrido esa distancia en unos tiempos para mí conocidos por los entrenamientos que había realizado con Javier junto al río Sava durante semanas. Me había desmotivado saber que no terminaría la maratón en menos de 4 horas, pero me motivó saber que podía terminarla igualmente. Por otro lado, durante la carrera había visto en la media maratón a Andrés recuperarse de una lesión y conseguir llegar al final; a Raúl llevar un ritmo bastante enérgico en los metros finales; o a Javier ver que iba a rebajar en 40 minutos su tiempo respecto a la misma carrera en Belgrado. Comencé, como había hecho un año antes, a pensar que podía llegar a la meta si yo mismo me alimentaba de espíritu positivo. Creo que ese punto de abstracción es el que le hace renacer al corredor cuando las fuerzas se desvanecen. Pero había otros estímulos más importantes: saber que mi novia y mis amigos me esperaban en la meta y, además, poder imaginarme que iba a ser de determinada manera hizo que el sufrimiento se transformara en confianza.

Los últimos 10 km fueron un esfuerzo de convicción, más que de ejercicio físico. Siempre diré que me cansé más mentalmente que físicamente. Al contrario que en Belgrado, que era mi ciudad y donde me sentía fuerte, en Zagreb exprimí mi motivación al máximo y descubrí cuántas eran mis debilidades. Escarbé en lo más profundo para encontrar asideros emocionales que me impulsaran a seguir corriendo, pero sin haber tenido nunca controlada la carrera. Cuando finalmente llegué a la meta, y mi novia estaba esperándome con girasoles y chocolates, junto con el resto de los amigos, mi alegría y alivio fue inmenso.

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Miguel y Javier; Ana y Miguel; Miguel.

Mejoré mi tiempo respecto a Belgrado, de 4 horas y 37 minutos, a 4 horas y 30 minutos, pero era muy consciente que no había sido una buena carrera para mí y que mi mente había sido superada por el esfuerzo durante muchos kilómetros. Había quedado en el puesto 249 de los 282 corredores que habían finalizado. Eso sí, habíamos invadido la ciudad de oeste a este, y Zagreb había dejado de ser para mí una desconocida. Terminar la carrera con tal esfuerzo hizo que Zagreb se hubiera convertido en un confidente más de muchas de mis inseguridades.

Con una sonrisa en la cara y la satisfacción del trabajo cumplido Natalija, Dragana, Beba, y yo —andando como un vaquero—, fuimos por la calle Ilica hasta el restaurante Stari Fijaker, a la velocidad que mis músculos podían ir, y disfrutamos de una sopa de ternera con pasta casera y de todo tipo de carnes y verduras. Sobre la mesa slavonski gnocchi, pero también zagrebacki odrezak —lo que en Serbia se llama karadordeva—, un empanado relleno de carne, queso y jamón; y, también, nuestros vasos respectivos de cerveza Ozujsko. Todo en una atmosfera muy relajada. Después fuimos a Cvjetni trg a tomar un café, pero para entonces yo ya estaba ausente. Seguía en mi cabeza rememorando la carrera km. a km., y me preguntaba, al mismo tiempo, por qué no había corrido más, o cómo había sido posible que lograra terminar la carrera. Ambas preguntas sin respuesta.

Tal como fui a Zagreb, volví a Belgrado en Gea Tours, pacificando mi billete con 25 euros al conductor. Esta vez con Natalija y Dragana como acompañantes, y con un inmenso dolor de piernas que derivó en serios problemas para salir de la furgoneta. Ahora el virus se ha liberado, me pica la garganta y me encuentro enfermo sin poder parar de toser y estornudar. Mi cuerpo merece un descanso. Sin embargo, sigo pensando en esa gran llanura y sigo viendo de lejos a un hombre marchando hacia la Vojvodina: «¿Sería posible que alguien fuera corriendo de Belgrado a Zagreb?»

Dedicado a Natalija Bogdanovic

Imágenes: © Dragana Štrbac y © Jasmina Kuka

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Acerca de Miguel Rodríguez Andreu

Editor de Balkania y autor de Anatomía serbia. Twitter: @miguelroan1

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